En un momento dado le dije a Bu que andaba escribiendo algo, que había frenado ese algo en verano y que me costaba recuperar el ritmo. Sin darle tiempo a responder, le di mi móvil. “Lee el primer capítulo”. Empezó a leer y, de repente, me quedé dormido. Primero sobre unos cojines, y luego fui a poner la cabeza en su regazo. Ella, para no despertarme, leyó el primer capítulo y todos los demás. Lo que pasó después fue extraño. Bu tenía en casa La gente no existe, de Laura Ferrero. Lo abrió durante días sin leer más de dos páginas. Se rindió, víctima de tiempos modernos en los que la riqueza es la atención: quién la ofrece, quién la capta.. Seguir leyendo
En un momento dado le dije a Bu que andaba escribiendo algo, que había frenado ese algo en verano y que me costaba recuperar el ritmo. Sin darle tiempo a responder, le di mi móvil. “Lee el primer capítulo”. Empezó a leer y, de repente, me quedé dormido. Primero sobre unos cojines, y luego fui a poner la cabeza en su regazo. Ella, para no despertarme, leyó el primer capítulo y todos los demás. Lo que pasó después fue extraño. Bu tenía en casa La gente no existe, de Laura Ferrero. Lo abrió durante días sin leer más de dos páginas. Se rindió, víctima de tiempos modernos en los que la riqueza es la atención: quién la ofrece, quién la capta. Seguir leyendo
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Mi amiga, cuando compra un libro, primero se interesa por saber si los escritores están vivos, y luego por sus hábitos de sueño


En un momento dado le dije a Bu que andaba escribiendo algo, que había frenado ese algo en verano y que me costaba recuperar el ritmo. Sin darle tiempo a responder, le di mi móvil. “Lee el primer capítulo”. Empezó a leer y, de repente, me quedé dormido. Primero sobre unos cojines, y luego fui a poner la cabeza en su regazo. Ella, para no despertarme, leyó el primer capítulo y todos los demás. Lo que pasó después fue extraño. Bu tenía en casa La gente no existe, de Laura Ferrero. Lo abrió durante días sin leer más de dos páginas. Se rindió, víctima de tiempos modernos en los que la riqueza es la atención: quién la ofrece, quién la capta.
Coincidí con Laura Ferrero en una fiesta en Córdoba. También estaba Bu, que viajaba con el libro. Cuando ya anochecía, Laura estiró las piernas en un banco y le preguntó a Bu si no le importaba que apoyase la cabeza en su regazo. Lo hizo, y Bu me hizo señas: “Sube a mi cuarto y tráeme el libro”, me dijo al oído. Leyó sin parar 120 páginas.
Bu ahora solo puede leer libros de autores que duermen en su regazo. Lo ha hecho con tres o cuatro más, y una, a la que no conocía, la citó de noche para dormir ocho horas porque, también es cierto, su novela era de más de 600 páginas y Bu no podría leerla en dos turnos, ya que el marido de la autora sospecharía. Mi amiga, cuando compra un libro, primero se interesa por saber si los escritores están vivos, y luego por sus hábitos de sueño. Puede acariciarles el pelo si algo la enternece de golpe, tirárselo un poco si la escena es de mucho suspense. Siente en sus piernas el calor de la cabecita que ha escrito lo que ella lee ahora, y la corriente la atraviesa dándole una suave y dichosa concentración. Holden Caulfield decía que le encantaría tener el número de los autores para poder llamarlos al acabar el libro y contarles lo mucho que les había gustado. No sabía que los podía tener durmiendo sobre él mientras lee lo que ellos soñaron antes.
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