«En el cine esculpimos el tiempo, el comportamiento y la luz». El director David Fincher describe así su estilo cinematográfico, una descripción que podría haber acuñado Édouard Manet hace más de 150 años por su afán de transmitir emoción y sensación. Fue entonces cuando florecieron algunos de los creadores más célebres de la historia del arte, entre ellos Manet y Berthe Morisot. Ambos impulsaron el impresionismo mientras eran testigos directos de una de las etapas más inestables de la historia de París: lo que el novelista Victor Hugo apodó como el «Año Terrible», 1871, cuando surgió la Comuna de París.. En esta escena artística se enmarca París en ruinas (Taurus, 2026), una obra del crítico de arte australiano Sebastian Smee. La novela hace las veces de un ensayo sobre el impresionismo, aunque realmente es mucho más que eso. «Quería contar una historia emocionante y verídica sobre dos pintores a los que amo», explica el autor del libro. Se trata de una narrativa ágil y prosaica que explora la relación entre Manet y Morisot, así como las complejas situaciones que tuvieron que soportar y cómo estas rompieron con todo lo que ellos conocían.. Édouard era un hombre de contradicciones. Smee lo describe como inseguro a la vez que independiente. Urbanita, irónico y propenso a una extrema vulnerabilidad que lo hacía único. En aquel entonces el padre del impresionismo era conocido por su vivacidad y entusiasmo, lo que lo convertía en el epítome de la atracción. Berthe también despertaba interés en la sociedad parisina de la época, ya no solo por sus lienzos, sino por su personalidad: «Inteligente, romántica, madura, llena de anhelo y picardía; ambiciosa, vulnerable y propensa a la melancolía», la define el autor. Ambos se convirtieron en las piezas centrales de un rompecabezas pictórico que aún estaba por definir, mientras buscaban discernir sus sentimientos por el otro.. Así descrito, todo evoca un ferviente romance digno de una película de Woody Allen. Y, spoiler, Berthe y Édouard nunca hicieron sonar las campanas de boda. Es más, la mujer terminó comprometida con el hermano de Manet, Eugène, con quien compartió 18 años de matrimonio hasta el fallecimiento de este último, en 1892. Quizá fue Édouard quien dio un paso atrás al estar ya casado, o quizá fue la pintora quien ignoró la conexión entre ambos en una época convulsa llena de incertidumbre política y social. De cualquier modo, sus sentimientos a día de hoy siguen siendo un misterio, uno que ni siquiera el propio Smee ha logrado resolver: «Si pudiera, les pediría que se explayaran sobre lo que sentían el uno por el otro».. París en ruinas es una radiografía de estos sentimientos, pero sobre todo de la profunda admiración que sentían entre sí los pintores tanto profesionalmente -«Las pruebas demuestran que Morisot influyó en sus compañeros impresionistas tanto como ellos influyeron en ella»-, como personalmente. A la ecuación se suma Edgar Degas, también mencionado en la obra por su influencia en el nacimiento de esa nueva corriente artística. «Los elegí porque, de todos los impresionistas, solo Manet, Morisot y Edgar Degas vivieron el Sitio de París, lo que les dio una perspectiva única», recuerda el escritor.. Smee confirma de este modo la profunda influencia que el contexto histórico tuvo en la sociedad parisina y en el arte del momento. «El impresionismo fue sin duda una respuesta a la violencia política y al caos social», recuerda Smee, haciendo mención al episodio que tuvo lugar entre 1870 y 1871; ese Año Terrible. Todo comenzó cuando Napoleón III, dirigente del Segundo Imperio, le declaró la guerra a Prusia. El ambiente era muy tenso y en las calles se respiraba un aire de patriotismo e indignación colectiva, que también llegó a los estudios de los pintores. Hasta el propio Manet se mostró a favor del inminente conflicto. En pocas palabras, el país estaba unificado bajo una misma causa, y nada hacía presagiar la estrepitosa derrota que viviría tan solo unos meses después. «¡A Berlín, a Berlín!», gritaban los soldados aquel famoso 19 de julio de 1870, un espíritu muy diferente al del escueto telegrama que el propio Napoleón mandaría a su consorte el 3 de septiembre de ese mismo año: «El Ejército ha sido derrotado y se ha rendido. Yo mismo soy prisionero».. Smee relata con veracidad y pulso firme la consternación rápidamente transformada en ira que tiñó los rostros de todos los parisinos tras la humillante capitulación del conflicto. Mientras los prusianos seguían ganando territorio, Francia se preparaba para declarar la Tercera República, y en la capital se formaba un Gobierno de Defensa Nacional. Dos semanas después, el Ejército prusiano consiguió lo impensable: cortaron la última línea telegráfica en París y con ello dieron por comenzado el famoso Sitio, en el que la hambruna y el terror se convirtieron en el día a día de miles de personas. «He tenido pesadillas durante varias noches», escribió Morisot durante aquella época. «Ya no leo los periódicos, uno al día me basta, pues las atrocidades prusianas me perturban y quiero mantener la compostura… ¿Se pueden creer que me estoy acostumbrando al sonido de los cañones? Me parece que estoy completamente habituada a la guerra y soy capaz de soportarlo todo».. ‘El Blacón’, de Édouard ManetMusée d’Orsay. Al Año Terrible le quedaba aún un episodio más antes de concluir formalmente. La sinopsis de este nuevo entramado se plantea después de haber perdido la guerra. Con la atmósfera más que electrizada, comienza en París un breve pero intenso periodo donde el gobierno popular autogestionado toma el poder. Comienza la Comuna. «Era un gobierno urbano improvisado, paralizado desde el principio por unos recursos limitados y una seguridad muy precaria, pero con grandes ambiciones reformistas», relata Smee entre las páginas de su novela. Grosso modo, fue una época llena de tensión y violencia que desembocó en la Semana Sangrienta y el fusilamiento, exilio y detención de sus promotores en mayo de 1871.. París en ruinas retrata perfectamente en su título la situación que vivían los pintores del momento. La que era la ciudad de la luz y el amor mostraba su cara más oscura, algo a lo que los artistas no fueron inmunes. «Creo que el Año Terrible reveló los impulsos antiautoritarios de los impresionistas, pero la violencia fue tan chocante que también fomentó sus tendencias pacifistas: París quedó tan gravemente afectada, y la retórica política de ambos bandos se volvió tan extrema, que se sintieron atraídos a pintar de un modo que resultara reparador, apacible, auténtico, sincero», analiza Smee.. El impresionismo fue el primer movimiento de vanguardia de la era moderna. Fue oposicional. Así nació el impresionismo, una corriente que hoy en día se definiría, según el autor, como kitsch, y que él mismo señala como «un clásico de la programación museística» actual. Lo cierto es que no existe una correcta acepción del término, pues la mayoría de precursores mostraban rasgos muy diferentes entre sí. Para Smee, el impresionismo es un puente hacia el presente, donde la luz transitoria y el color de alta intensidad se convierten en los protagonistas del lienzo en blanco. «A veces jugaban con composiciones inusuales, como la asimetría y los encuadres arbitrarios, al estilo de los grabados japoneses. El impresionismo fue el primer movimiento de vanguardia de la era moderna. Fue oposicional, y aquello a lo que se oponía era a la cultura utilizada como herramienta del Estado o de los grandes ricos y poderosos», describe Smee.. ‘Eugène Manet en la isla de Wight’, de Berthe Morisot.Musée Marmottan. El padre de la corriente artística, por su parte, resume todo su conocimiento en una única frase: «Uno no pinta un paisaje, un mar, una figura. Se pinta la impresión de una hora del día». Manet tenía una forma audaz de pintar y demostraba cierto interés por los temas contemporáneos, mientras que Morisot creó algunas de las obras más radicales del movimiento, en las que cada trazo del pincel es fugaz y evoca una sensación de inminente cambio. Y, aunque la historia casi ha idealizado el nacimiento y la evolución de esta corriente artística, sus integrantes encontraron pocos adeptos en sus inicios. El interés por el impresionismo, al contrario de lo que se pueda pensar, no nació entre los franceses. De hecho, la mayoría de artistas del movimiento encontró trabas a la hora de mostrar sus pinturas, y fueron los coleccionistas extranjeros quienes suplieron el vacío que había dejado el mercado local. «Tuvieron que sobrevivir a una reacción conservadora inmediata tras la Comuna. Pero su visión democrática del arte y de la sociedad francesa terminó imponiéndose».. Los impresionistas eran republicanos, pero más allá de eso también defendían «la sinceridad, la realidad y el igualitarismo», oponiéndose en el proceso al conflicto y a la retórica inflada. «Políticamente, Francia estaba extremadamente polarizada, igual que hoy. El movimiento fue, al menos en parte, una respuesta artística al trauma». Esa respuesta tiene que ver con el genio artístico: la capacidad de innovación revolucionaria que parece surgir de las épocas turbulentas, y que pudieron experimentar Berthe y Édouard. Se trata de un talento casi innato, presente en la gran mayoría de artistas a lo largo de la historia y también en los de hoy, aún cuando el ruido de fondo y las constantes distracciones apartan la mirada del lienzo. «Los extremos siempre provocan una reacción, y muchos jóvenes anhelan autenticidad, constantes y crueldad. Algunos de esos jóvenes serán artistas y todos nos asombraremos con lo que creen».. Cuando la gente comprenda el impresionismo, volverá a encontrarlo inspirador, radical y lleno de potencial. Los años fueron pasando mientras que la corriente seguía evolucionando y expandiendo su influencia. Si el impresionismo fuera una dirección, sería la del estudio de fotografía de Nadar, un local que tres años después acogería la primera muestra de la Société Anonyme. Aquel espacio fue un ‘País de las Maravillas’ para Morisot y Manet, que florecieron entre sus paredes, exponiendo año tras año su arte al público. La corriente nació en las calles de París, en los estudios que ahora han sido reemplazados por restaurantes y centros comerciales. Esta transformación urbana funciona como una poderosa analogía que explica la influencia del impresionismo en el siglo XXI. Ahora el movimiento pictórico ya no es una vanguardia insurgente, sino parte de un entramado de corrientes que conforman la historia del arte y se reúnen en museos de referencia y manuales. Los nombres de Manet y Morisot han pasado al imaginario colectivo, aunque muchos solo los conozcan por dar nombre a las calles de la capital francesa.. Smee, sin embargo, aún confía en que la sociedad actual podrá recordar la importancia y el valor del impresionismo, que cada vez parece más olvidado: «Cuando la gente comprenda mejor su verdadera naturaleza, su complejidad y las circunstancias históricas de las que surgió, volverá a encontrarlo inspirador, radical y lleno de potencial». Mientas tanto, Manet y Morisot permanecen expuestos en las galerías más famosas del mundo representando a todo un movimiento de creadores que demuestran que el arte -y el amor-pueden surgir hasta de las épocas más convulsas.
La Lectura // elmundo
La etapa más convulsa de París también fue un momento de explosión creativa. En los días de la Comuna, el hambre y la violencia, Berthe Morisot y Édouard Manet sacaron la pintura a las calles para crear el impresionismo. El crítico de arte Sebastian Smee narra ese instante decisivo en su nuevo libro Leer
La etapa más convulsa de París también fue un momento de explosión creativa. En los días de la Comuna, el hambre y la violencia, Berthe Morisot y Édouard Manet sacaron la pintura a las calles para crear el impresionismo. El crítico de arte Sebastian Smee narra ese instante decisivo en su nuevo libro Leer
