Una de las confesiones más desoladoras de los Diarios de Cansinos es esa en la que se ve a sí mismo «como un vaso saltado». La imagen ha caído en desuso. Un vaso saltado no es un vaso roto («somos cántaros rotos», había dicho Van Gogh). Puede contener aún agua, pero esa herida que lo señala como un ser frágil, jamás podrá ser restañada. Lo escribió Cansinos en los años cuarenta del siglo pasado. La carestía entonces no era privativa de las clases pobres, alcanzaba también a todas las demás, y la gente, a falta de suministros y de moneda, estaba acostumbrada a darle vuelta a los gabanes, teñir de negro las ropas, remendar los zapatos, apurar la vida de los enseres… El Rastro, paraíso de todo lo saltado, se convirtió en el gran bazar que necesitaba una ciudad como Madrid, exhausta y descacharrada tras la guerra.. Hace ya años que España se ha convertido en otra más de las sociedades del despilfarro, pero el Rastro nunca ha perdido su condición de mercado de necesidad. A él siguen yendo quienes necesitan algo, material o inmaterial. Algo que no siempre se encuentra, en parte porque no resulta fácil buscarlo entre tantos despojos. El que no sepa qué va buscando, será difícil que lo encuentre. «Sólo vemos lo que nos mira». En el Rastro, y en la vida, más que encontrar, reconocemos lo que llevamos dentro. Somos platónicos.. Al Rastro todo el mundo ha ido alguna vez, los que nunca encuentran nada y aquellos que jamás han perdido la esperanza de encontrarlo todo. Después de cincuenta años frecuentándolo, sé que lo mejor del Rastro no son los hallazgos, ni siquiera la posesión frustrada, sino la ilusión de la búsqueda. Sabiéndolo, todo lo demás, por poco e insignificante que sea, será ganancia. Por eso resulta tan difícil hablar o escribir del Rastro y fotografiarlo. No hay muchos libros sobre ese mercado ni tampoco grandes trabajos fotográficos. Acaba de publicarse uno en verdad fuera de lo común: Tras el Rastro de Madrid, fotografías de Jorge Póo publicadas en Ediciones Doce Calles.. El Rastro está lleno de tentaciones y lo normal es acabar haciendo el surrealismo. El surrealismo es fotogénico. Y el Rastro es como un vivero de surrealismos. Hay que templarse mucho para no sucumbir a la orgía de imágenes, yuxtaposiciones disparatadas, objetos anacrónicos, trampantojos, tipos curiosos o maltratados, en fin, el Gran Teatro del Mundo, de la tragedia al sainete. El Rastro, que puede ser el lugar más poético del mundo, está siempre también a un paso de lo grotesco, y el fotógrafo, el escritor, el pintor que se ocupen de él habrán de sortear este peligro.. Un día de hace tres años contactaron conmigo para ponerle un prólogo al trabajo de un fotógrafo para mí desconocido, ya jubilado, vecino de Santander, este Jorge Póo. Había hecho sus fotos entre 1987 y 2010. No es improbable, pues, que nos hayamos cruzado alguna vez en aquellas calles extraviadas y campillos. Reconoce uno a muchos de los personajes que él ha retratado, sus tinglados y ambientes. Impresiona la finura con que ha recorrido aquel laberinto abigarrado e inextricable a menudo, sin olvidar ni uno solo de los asuntos que allí concurren: niños, gitanos y gitanas, género bizarro, libros, locos, buscópatas, muñecas rotas, relojes, pacotillas, basuras, cuadros de toda índole, militaria, ephemera… De pocos lugares se habrán hecho tantas fotografías, incluso buenas y muy buenas. Pero una solo no es suficiente.. El Rastro requiere de unas cuantas, como facetas un poliedro, para ser comprendido en su conjunto. «Perfecto e imperfecto, completo», decía JRJ. Y eso es el Rastro de Póo precisamente, la suma de lo perfecto y lo imperfecto, de lo intacto y lo saltado, del tiempo ido y por venir. Cien fotos («robadas» no pocas, instantáneas las más), que lo convierten en uno de los tres grandes libros del Rastro.. Ese lugar que nos recuerda, con suma delicadeza, de dónde venimos y adónde iremos a parar un día, nuestras postrimerías a la vista de todos: nada es eterno, cierto, pero tampoco incompatible con las resurrecciones que en el Rastro tienen lugar cada domingo, como bien testimonian tantas de estas memorables fotos.
La Lectura // elmundo
Lo mejor del Rastro no son los hallazgos, sino la ilusión. Por eso resulta tan difícil escribir del Rastro y fotografiarlo. Y más tan bien como lo hace Jorge Póo en ‘Tras el Rastro de Madrid’ (Ediciones Doce Calles) Leer
Lo mejor del Rastro no son los hallazgos, sino la ilusión. Por eso resulta tan difícil escribir del Rastro y fotografiarlo. Y más tan bien como lo hace Jorge Póo en ‘Tras el Rastro de Madrid’ (Ediciones Doce Calles) Leer
