Una pequeña ciudadde Prusia Oriental atesoraba en el siglo XIX un problema matemático que los lugareños conocían bien: siete puentes cruzan los tres brazos del río Pregel en Königsberg y el matemático Leonhard Euler demostró en 1735 que resulta imposible recorrer la ciudad cruzando cada puente exactamente una vez. La «ciudad del casi», la llamó alguien en el siglo XIX.. Casi una gran ciudad. Casi una capital digna. Casi un paradigma de la razón ilustrada. No en vano Kant no salió de allí durante 80 años y su estricta puntualidad servía a los vecinos para ajustar la hora de sus relojes cuando le veían pasar. El problema de los puentes de Königsberg prefiguraba algo sobre el carácter del lugar: la imposibilidad de cerrar el círculo, el camino que siempre deja un puente sin cruzar, la sensación de que algo no termina de cuadrar.. Christopher Clark (Sídney, 1960) lleva pensando en Königsberg (que hoy llamamos Kaliningrado y forma parte de Rusia tras los avatares de la Segunda Guerra Mundial) desde que se topó con ciertos expedientes judiciales a principios de los años 90 y ha tardado 30 años en escribir este libro. El resultado, Un escándalo en Königsberg. Noticias falsas en el siglo XIX (Galaxia Gutenberg), brinda la concisión de un relato y la densidad de un tratado. Y plantea la pregunta más incómoda de la temporada: ¿y si la posverdad, el linchamiento mediático y la opinión pública fabricada no fueran patologías del siglo XXI, sino instrumentos de siempre, simplemente acelerados?. «Llevo pensando en aquel vórtice de turbulencias», explica Clark, «desde que me topé por casualidad con los expedientes hace unos años. La campaña de denuncias y de rumores que tumbó a los predicadores luteranos Johann Ebel y Heinrich Diestel pertenece a una era anterior a la aparición de los paparazzi, de la radio, la televisión y los medios sociales digitales, pero eso es precisamente lo que confiere a su historia la fuerza de una fábula».. A estas alturas, Clark necesita pocas presentaciones en España. Sonámbulos (2013) lo consagró como una de las inteligencias más incómodas de la historiografía europea: su tesis de que ninguna potencia fue exclusivamente responsable del estallido de la Primera Guerra Mundial, de que los estadistas de 1914 avanzaron hacia el abismo con los ojos entornados y la voluntad anestesiada, recibió simultáneamente el aplauso de los lectores y la irritación de quienes preferían el consuelo de los culpables únicos.. Después llegó Primavera revolucionaria (2023), una reconstrucción de las revoluciones de 1848 que Clark aborda no como el fracaso que los manuales registran, sino como el primer gran laboratorio de la política moderna: partidos, prensa de masas, movimientos sociales, naciones que se inventan a sí mismas con bastante más fe que datos. En ambos libros opera la misma metodología: la escala continental, la multiplicidad de perspectivas, la negativa a domesticar la complejidad histórica en una causa única.. Un escándalo en Königsberg rompe con esa escala. Clark desciende aquí de la síntesis panorámica al microscopio. Apenas 200 páginas. Una ciudad de provincias. Dos clérigos luteranos. Siete años de calvario judicial entre 1835 y 1842. Pero la reducción del foco no implica reducción de la ambición: el libro funciona como un experimento de laboratorio que revela, en condiciones controladas, los mecanismos de algo que hoy llamamos desinformación y que en el siglo XIX carecía de nombre pero provocaba los mismos efectos.. Para entender el escándalo hay que entender antes el paisaje espiritual del Königsberg de la década de 1830. La ciudad universitaria de Kant había dejado de ser la metrópolis filosófica que atraía discípulos de toda Europa para convertirse, a ojos de los viajeros que llegaban en diligencia desde Berlín, en una decepción de arquitectura irregular y calles que olían a boñiga. La Ilustración seguía siendo la religión oficial de la élite culta, pero por debajo bullían los pietismos, los grupos de despertar evangélico, las comunidades que leían la Biblia al pie de la letra, los círculos de espiritualidad alternativa. En ese caldo vivía y predicaba Johann Wilhelm Ebel, pastor de la iglesia de la Ciudad Vieja, cuya popularidad entre las familias más distinguidas de la ciudad rozaba lo que hoy llamaríamos un fenómeno de masas viral.. Ebel había bebido de las enseñanzas de un artesano místico llamado Johann Heinrich Schönherr, cuya cosmogonía combinaba interpretación literal de las Escrituras con especulaciones sobre dos «seres primordiales», una bola de fuego y una bola de agua, cuya conjunción originó el mundo. Clark lo anota sin inmutarse: ante las objeciones del obispo Borowski, que citó el versículo «Yo soy la vid» como argumento contra el literalismo extremo, Schönherr respondió plácidamente que Jesús debía de ser una vid de verdad. El círculo de Ebel atraía a eruditos, nobles y mujeres de las mejores familias; su colaborador Heinrich Diestel, párroco fornido que caminaba «como un comandante de húsares», completaba el dúo. Nada en el historial de ninguno de los dos sugería la más mínima irregularidad moral.. El ebelianismo era, concluía Schön, «tan repelente y horroroso, que es difícil encontrar palabras para describir el asco que provoca». El problema empezó cuando el conde Finck von Finckenstein, que había pertenecido al círculo de Ebel antes de dejarlo, se peleó con su hermana por una herencia. La hermana seguía siendo fiel a Ebel. El conde dedujo, sin pruebas, que el pastor había instigado la reclamación. Cuando en 1834 se enteró de que una prima suya se disponía a ingresar en el grupo, le envió una carta de advertencia cargada de insinuaciones: Ebel enseñaba obscenidades, dos muchachas habían muerto por sobreexcitación sexual, los iniciados practicaban ritos que un caballero decente no podía transcribir.. Diestel, que tenía la paciencia de un erizo, vio la carta y contestó con veintinueve folios de insultos y amenazas, en los que prometía «lisar la lengua calumniadora» del conde. Finckenstein llevó toda la correspondencia al Juzgado de lo Penal. El engranaje echó a andar.. El gobernador de la Provincia de Prusia Oriental era Theodor von Schön, reformista ilustrado, liberal de vocación, con un desprecio perfectamente documentado por toda expresión de entusiasmo religioso. Schön escribió al ministro de Asuntos Eclesiásticos en Berlín, el barón Altenstein, una carta que resumía los rumores sobre Ebel con el tono de quien ha olido algo raro en el edificio pero no puede señalar exactamente el foco. Ebel y sus seguidores, decía la carta, alentaban vicios sexuales tan estimulantes que habían provocado la muerte de dos muchachas. Los ebelianos creían que las relaciones entre miembros «santificados» estaban libres de pecado. Era, concluía Schön, «tan repelente, tan horroroso, que resulta difícil encontrar palabras adecuadas para expresar el asco que provoca».. Clark subraya que Schön reconoció no tener conocimiento directo de nada. Operaba con fuentes «más o menos anónimas», secundaba los testimonios de personas a las que él mismo había calificado antes de despreciables y construía el relato con esa técnica de la insinuación que no afirma pero carga las tintas. La maquinaria judicial se puso en marcha, el Consistorio abrió investigación, los periódicos recibieron el rumor como agua en el desierto.. Lo que vino después demuestra que los periódicos de 1836 no pedían pruebas con más insistencia que ciertos medios actuales. Clark cita con clínica ecuanimidad el catálogo de fantasías que circularon por la prensa alemana. El diario Unser Planet de Leipzig describía rituales de iniciación en los que una dama semidesnuda «estimulaba juguetonamente» a un neófito arrodillado. El Kritische Prediger-Bibliothek de un tal Dr. Röhr relataba cómo la santificada practicante le «acariciaba el pecho» al candidato mientras le ordenaba hacer lo mismo con ella. Otros periódicos añadían jerarquías de rangos, orgías de condesas y artesanos mezclados, coros femeninos en estado de excitación, besos tan obscenos que transcribirlos constituía de por sí una infracción legal. El Augsburger Postzeitung informaba de que los congregantes practicaban el conventiculum desnudos, «excitados hasta el punto de estallar de deseo, pero obligados a negarse el placer real».. «Resulta sumamente dudoso», señala Clark con ironía «que puedan tomarse en serio esas afirmaciones como descripciones de lo que ocurría realmente en el círculo de Ebel». Ningún personaje del libro resulta más fascinante, ni más inquietante, que el médico Ludwig Wilhelm Sachs, catedrático de la Universidad de Königsberg, que había pertenecido al círculo de Ebel antes de dejarlo en circunstancias poco claras.. Adolph Tidemand: ‘Reunión de pietistas’, 1852.Fine Art Images/Heritage Images. Clark dedica un capítulo a sus declaraciones ante el Consistorio y a un libro que Sachs publicó en 1826, Sobre el saber y la conciencia, donde el médico se retrata a sí mismo con una candidez que hiela: el héroe solitario que combate las criaturas de la oscuridad, el portador de la luz, el único capaz de «aferrar, partir y extirpar» el mal que se esconde en la sexualidad patológica de sus contemporáneos. Clark relata que el libro «estructurado conforme a polaridades morales» y el engreimiento «casi alucinatorio» de su autor revelan «los orígenes de la atracción inicial de Sachs por Ebel y su círculo, pero acaso también las raíces del odio que acabaría sintiendo Sachs por los ebelianos». Este declaró contra Ebel repetidamente y aunque las actas de sus declaraciones orales no sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial, su testimonio escrito del 15 de julio de 1836 sí.. Según Clark lo describe: «Lo que venía después era un retrato excepcionalmente hostil de los personajes principales del drama de Ebel, un retrato que tenía muy poco que ver con las categorías o la metodología de la psicología de su época». El propio Ebel, informaba Sachs, era nieto de un anciano fanático con inclinaciones místicas. La de Ebel era «originalmente una naturaleza de gran talento», pero incapaz de un desarrollo recto. Mentalmente, Ebel era muy nervioso y se excitaba con facilidad, animado por la sensación de su especial importancia».. Y al terminar sus declaraciones ante el Consistorio, Sachs remató con una metáfora que Clark enfatiza: «Cuando has pescado una anguila y quieres arrancarle la piel, es buena idea coger un martillo y atravesarle la cabeza con un clavo. Creo que ha quedado claro lo que quiero decir». La anguila, en caso de que no haya quedado claro, era Ebel.. «La opinión popular no fue la impulsora del escándalo, sino más bien una consecuencia de lo mal que se gestionó todo el proceso judicial». Uno de los hallazgos más perturbadores del libro concierne a esa entidad que Jürgen Habermas teorizó como la gran conquista del siglo XVIII: la esfera pública racional, el espacio de debate libre donde gana el mejor argumento. Schön, en sus informes a Berlín, invocaba constantemente la presión de la opinión pública para justificar la urgencia de la investigación. El pueblo estaba agitado. La ciudad entera clamaba contra los Mucker. Había que actuar.. Clark desmonta ese argumento: «Un examen más detallado de cómo se desarrollaron los acontecimientos revela que la opinión popular no fue la impulsora del escándalo en torno a Ebel y Diestel sino, en una medida considerable, fue más bien una consecuencia de lo mal que se gestionó». Los ebelianos eran plenamente conscientes de ello. «Desde antes que empezara el juicio’ escribía el ebeliano Eduard von Hahnenfeld,‘las personas que lo impulsaban ya se habían ganado el apoyo de esa dama llamada opinión pública’». «Las ‘burlas de la multitud’ que recibían los ebelianos dondequiera que fueran eran una invención, igual que el ‘resentimiento’ contra ellos que supuestamente iba filtrándose hacia arriba desde las clases más bajas», explica el historiador.. Schön, recuerda Clark, controlaba la censura de la prensa provincial con mano de hierro. La «espontánea» indignación popular tenía cuartel general y fecha de fundación. Y sin embargo funcionó: la «ficción de la indignación popular», en palabras del ebeliano Hahnenfeld, se convirtió en «carta de triunfo que se podía poner sobre la mesa» cuando los jueces vacilaban. El mismo mecanismo, con tecnología diferente, produce los mismos fenómenos casi doscientos años después.. Ebel y Diestel fueron suspendidos, encarcelados y desterrados de la vida pública. La absolución judicial de las acusaciones más graves llegó, tarde, en forma de segunda sentencia que dejaba «meridianamente claro que no había sustancia en las acusaciones de carácter sexual». Para entonces, la vida de ambos hombres había quedado reducida a escombros. Diestel murió antes de que el proceso concluyera; Ebel sobrevivió el tiempo suficiente para ver la obra de teatro que lo parodiaba recorrer los escenarios de Alemania con enorme éxito de público.. Clark utiliza el célebre grabado de Goya, El sueño de la razón produce monstruos, como emblema del libro. Pero lo hace con un giro que merece atención: «El significado de la máxima es ambiguo, sobre todo en español, porque la palabra sueño tiene las dos acepciones de ‘dormir’ y de ‘soñar’. En el contexto del Muckerprozess de la década de 1830 en Königsberg, se puede interpretar el adagio de Goya exactamente de esa forma: a saber, que lo que sueña la razón también puede resultar monstruoso», reflexiona el historiador. «Los esperpentos que invocó la prensa no eran imágenes de lo que de verdad había ocurrido en el entorno de Ebel y Diestel sino las inversiones estrafalarias de los ideales liberales».. «Los esperpentos que invocó la prensa no eran imágenes de qué había ocurrido sino inversiones estrafalarias de los ideales liberales». Los acusadores eran ilustrados, reformistas, progresistas. Theodor von Schön pasó a la historia como uno de los grandes liberales del primer tercio del siglo XIX. Altenstein, el ministro, había nombrado a Hegel para la cátedra de Berlín. El doctor Sachs escribía manuales de farmacología. Y entre todos ellos construyeron una maquinaria de destrucción de reputaciones que funcionó con una eficiencia que hoy reconocemos perfectamente, aunque hayamos cambiado el Evangelische Kirchenzeitung por Twitter y las cartas de 29 folios por hilos de 280 caracteres. La luz, recuerda Clark al final, no estaba siempre de su parte. Sus adversarios no estaban siempre sumidos en las tinieblas.. El libro termina con una escena de una sobriedad que impresiona. Fanny Lewald, escritora berlinesa que conoció a Ebel de niña cuando él enseñaba en su colegio, y el filósofo Karl Rosenkranz, que redactó el informe pericial contra los acusados, se encuentran por casualidad en una librería de Königsberg en 1851. Hablan del proceso con la distancia de quienes recuerdan una tormenta ya pasada. Rosenkranz reconoce que entre los ebelianos había «buenas personas»; Lewald recuerda a su mejor amiga Mathilde, que eligió quedarse con el grupo de Ebel y perdió a su prometido por ello.. Y concluye: «Esa, señor Rosenkranz, es la verdadera moraleja del cuento. El fracaso de la comprensión. Al tiempo que estábamos charlando en el rincón habitual de mi habitación, mi amiga de la infancia y yo ya estábamos muertas y enterradas la una para la otra». Clark escoge ese epitafio con cuidado. No el de la injusticia ni el de la mentira, aunque ambas estén presentes. El de la comprensión que se rompe. El de dos personas que se conocen bien y se vuelven mutuamente ininteligibles porque entre ellas se ha interpuesto un escándalo. El proceso judicial duró siete años; la grieta entre Fanny y Mathilde, el resto de sus vidas.. Un escándalo en Königsberg llega a España en plena conversación sobre desinformación, algoritmos de amplificación y la arquitectura técnica del odio. Clark no menciona ninguna de estas palabras. No necesita hacerlo. Su Königsberg de 1836 habla sola, con esa claridad que solo adquieren los espejos bien pulidos. El problema de los puentes sigue sin resolverse. Hay siempre un puente sin cruzar, un argumento sin terminar, una absolución que llega tarde. La ciudad del casi, decían. Ahora sabemos por qué.
La Lectura // elmundo
¿Y si el linchamiento mediático y la opinión pública fabricada no son patologías originales del siglo XXI? Sobre esto reflexiona Christopher Clark en ‘Un escándalo en Königsberg’. «La prensa se inventó un resentimiento popular inexistente que terminó afectando al juicio» Leer
¿Y si el linchamiento mediático y la opinión pública fabricada no son patologías originales del siglo XXI? Sobre esto reflexiona Christopher Clark en ‘Un escándalo en Königsberg’. «La prensa se inventó un resentimiento popular inexistente que terminó afectando al juicio» Leer
