Estos meses he tenido que reordenar mi estantería, lo que me ha llevado a revisitar de manera más o menos minuciosa todos los libros que tengo. Aunque ya he reorganizado lo fundamental, en ello sigo. Tengo algunos libros apilados en baldas en horizontal, señal de que todavía no están en el sitio adecuado. Ordenar es pensar, y a veces no me apetece.. Durante gran parte de mi vida, una gran parte de mi biblioteca estaba todavía en casa de mis padres. Mis muchas mudanzas y la provisionalidad de todos mis pisos, además de su tamaño, no me permitía llevar los libros a cuestas. La casa en la que vivo ahora es la primera a la que me traje todos mis libros, que empiezan en mi infancia (del Barco de Vapor, de Manolito Gafotas, de Harry Potter, de Roald Dahl) y terminan, a día de hoy, en el último libro que he adquirido: La separación, de Martín Kohan. Será el último por poco tiempo.. El caso es que reordenar una estantería se parece un poco a reordenar una vida, a ir pasando otra vez por diferentes momentos y decidir en qué lugar los colocas. ¿Accesibles o inaccesibles? ¿En balda alta o en balda a mano? ¿En el orden alfabético general o apartado en el despacho? ¿Escondido detrás de una foto? ¿Bien a la vista? Los libros infantiles están incompletos, y me encantaría tenerlos todos, pero una limpieza de mi madre o regalos a mis primas pequeñas se los llevaron; así, también, los recuerdos de la infancia, de los que me gustaría tenerlos todos pero solo tengo algunos. Los libros en francés me llevan al Erasmus, muchos tienen dedicatorias en francés de amigos no francófonos, yo me creía adultísima y era escandalosamente joven, si miraba al futuro todo estaba por ocurrir. Los libros de la universidad me llevan a mi amigo Mato, a las conversaciones camino de la facultad y en la cafetería. Descubríamos el mundo a través de Cortázar y Garcilaso, parapetados con un café con leche en vaso de caña (yo) y un cigarro (él), sentados sobre el poyete de la puerta de entrada, y aquello resultaba más fácil que descubrir el mundo de verdad. De aquella época van apareciendo El sí de las niñas, Belén Gopegui, La conjura de los necios, Cortázar, García Márquez, Las novelas ejemplares. Novelas, sí, ejemplares, que nos enseñaban cómo era el mundo antes de aprenderlo con nuestras propias manos.. Según los voy ordenando me encuentro con que no pocos de esos libros están dedicados, es decir, fueron un regalo. Hay dedicatorias de hace veinte, diez y cinco años, dedicatorias repartidas por mi biografía que releo con nostalgia, estupor, ternura, cariño, vergüenza o alegría. Muchas por mi cumpleaños. Muchas porque sí. Dedicatorias de gente que ya no está en mi vida y de gente que sigue estando. Y me detengo a pensar en lo que estamos diciendo cuando regalamos un libro. ¿Regalamos un libro para que nos conozcan o pensando en que al otro le gustará? ¿Regalamos el libro que queremos que el otro lea, que queremos que al otro le guste? ¿Regalamos un libro para decir ‘esto soy’ o ‘esto eres’? ¿Regalamos un libro ‘para que lo disfrutes’ o ‘para que aprendas’ o ‘para que entiendas’ o ‘porque sí’?. Los Reyes Magos siempre me traían los libros que ellos querían que yo leyera. Cuando era niña siempre acertaban, pero según me fui haciendo mayor empezaron a patinar, sobre todo en su olvido de un año para otro: llegué a recibir hasta tres eneros seguidos el mismo libro. Yo lo entiendo, son muchos niños y mucha magia para una sola noche.. Hace poco, un hombre me recomendó un libro porque pensaba que me iba a gustar, y ocurrió algo increíble: lo leí y me encantó. La perplejidad interior en la que estuve imbuida durante 24 horas terminó con un whatsapp a mi amiga Andrea: creo que es la primera vez que un hombre me recomienda un libro porque piensa que me va a gustar a mí, y no para impresionarme. No para que yo vea lo inteligentísimo que es. Hay hombres que me han regalado libros cuya dedicatoria era más larga que el libro mismo. Hay hombres que me han regalado libros que no me leería ni en mil vidas (no me malinterpretéis: los leí y para colmo dije «¡qué interesante!»). Hay hombres que me han regalado, por mi cumpleaños, su propio libro. Qué le vamos a hacer.. Mis amigas casi nunca me regalan libros, porque no nos da tiempo: nos pasamos pantallazos con subrayados a lápiz y entonces tenemos (yo, ella) que ir a la librería esa misma tarde a comprar ese libro que ha leído nuestra alma o que comprende nuestra situación vital mejor que nosotras. Porque antes de que nosotras tuviéramos hijos, novios, amantes, ex maridos, padres, madres, hermanas, trabajos, vocaciones, pasiones, envidias, tristezas, llantos, alegrías, la regla, la menopausia o la razón, ya tuvieron todo eso Anne Carson, Sharon Olds, Rachel Cusk, Virginia Woolf, Idea Vilariño, Clarice Lispector, Sylvia Plath, Leslie Jamison, Ida Vitale, Joan Didion, Miranda July y otras buenas amigas a las que invitamos a la fiesta. Así que recibo un whatsapp, una foto con el subrayado, un «tienes que leerlo», y miro la agenda para ver si en algún momento me podré escapar a la librería. Me veré reflejada porque ellas también lo hicieron, con las amigas los libros son un espejo de continuidad.. Reunir a muchas amigas en la fiesta, invitar a otras amigas a la fiesta: regalamos o recomendamos libros para pertenecer. Recuerdo a mi ahijado Alejandro (cinco años) sentado en la mesa de su jardín («este es mi jardín», había aclarado, minutos antes), escuchando a su padre y a un amigo de este recomendarse libros. Uno hablaba de Knut Hamsun y el otro devolvía la pelota con las memorias de Albert Speer, uno hablaba de las memorias de Rudolf Hess y el otro contraatacaba con Goebbels. Entonces el niño levantó su dedo índice, se puso de rodillas en la silla y se esforzó por intervenir. Los adultos lo miraron y él preguntó con una timidez que no le caracteriza: «¿Y… y tú conoces un libro que se llama Peter Pan? Porque yo sí lo conozco». Recomendamos libros para ser mayores, para ponernos de rodillas en la silla, para formar parte de la conversación.. Por eso hay libros leídos antes de tiempo, porque queremos crecer rápido. Recuerdo el placer y el estupor con que leí Lolita, a una edad a la que mis padres me alejaban de las películas que, según ellos, tenían dos rombos. Ver una escena de sexo en la tele del salón era imposible, leerla en mi cuarto era muy sencillo. También leemos libros para ser más jóvenes de lo que somos: «Con tus libros he vuelto a mi infancia», «he entendido a mis hijas», «me he acordado de mi adolescencia». Cosas que me han dicho y que me constatan que leer es viajar en el tiempo, hacia adelante (ese polvo que aún no has echado) y hacia atrás (aquel primer polvo que ya jamás volverás a echar).. Regalamos y recomendamos libros para todo eso: para ser mayores y pequeños, para pertenecer y para diferenciarnos, para que el otro sepa quiénes somos, para intentar saber quién es el otro, para perseguir una ballena blanca, para ser adúlteras, para ser piratas, para ser otros, para ser nosotros.. Estoy, como digo, reordenando mi biblioteca, pero en mi casa con los libros pasa como con las tazas de café: siempre hay alguno en algún sitio, en algún taburete, en alguna mesita, en el escritorio, en la mesilla de noche. Casi todos tienen un lápiz dentro, mi marcapáginas favorito. Caigo entonces en la cuenta de que hay un rastreo que no puedo hacer gracias a mi propia biblioteca. ¿Qué libros he regalado yo? ¿Qué dedicatorias he escrito? ¿Cuál era la ocasión? ¿Con qué libros he dicho «te quiero» o «mírame» o «entiéndeme» o «te estoy viendo»? En otras estanterías de otras bibliotecas hay un montón de libros regalados por mí, dedicados por mí, cuya lista es imposible de elaborar. Pienso en qué libro regalaría hoy para decir «te quiero» y automáticamente pienso que depende de a quién. Pienso que me es más fácil decir «te veo» que mostrarme, decir «esto te va a gustar» que confesar «esto es lo que me gusta a mí». El lunes se lo cuento a mi psicólogo.. En realidad, la lista rigurosa de mi propia biblioteca también es imposible, porque en este recuento de los libros que tengo, pesan, de repente, las ausencias. Los libros que presté, muchos con mis subrayados específicos, y que no volvieron. No tengo mi ejemplar de Si te dicen que caí, de Marsé, y me duele como me duele perder una foto impresa, la radiografía de un momento que no volverá. ¿Qué subrayé, de aquel libro, con 19 años? Se lo presté a un amigo y lo perdió, y tardó meses en confesármelo. No encuentro mi ejemplar de Páradais, de Fernanda Melchor. Estoy convencida de que ni siquiera lo presté yo, sino mi ex novio, y nunca volvió (el ex novio tampoco). No está Romanticismo, de Manuel Longares, uno de esos libros que leí con Mato en la carrera, y al que mi mente ha vuelto últimamente, pero no puedo: no está, no tengo ni idea de dónde está. Hay algo más íntimo que regalar un libro, y es prestar uno: entregar algo de ti que quieres que vuelva, confiando en que vuelva. A veces, dicho queda, no vuelve.. A mediados de febrero me escribió por Instagram una lectora, Ana. Me contaba emocionada que, en su primera cita con un chico de Hinge, ella le había dicho que su libro favorito era mi novela Los nombres propios. Para la tercera cita, el muchacho ya se había comprado el libro y se lo había leído (muy bien, ahí). «Este chico no lee novelas, sólo lee cómics», me explicaba Ana. Ella le había dicho «yo soy esto» y él le estaba diciendo «me interesas tú». Le contesté a Ana que, por supuesto, quería saberlo todo acerca de cómo evolucionaba la historia. Ahí quedó.. Hace un par de días, Ana me volvió a escribir. Me explicó que, después de Los nombres propios (que ella recomendó y él compró), Ana le había prestado su propio ejemplar de Los días perfectos, de Jacobo Bergareche. Él lo leyó muy atento a las cosas que ella había subrayado. «Ya está esperando que le deje el siguiente libro», me dijo. También me contó que a él le gusta cocinar (un diez de diez, este chico), y que le venía regalando a Ana comida en tuppers. Siempre se los daba de plástico porque le daba igual que no volvieran.. Ayer se dijeron te quiero por primera vez y él le dio a ella por primera vez un tupper de cristal, el equivalente de prestar un libro subrayado: entregar algo de ti sabiendo que volverá. Feliz Sant Jordi.
La Lectura // elmundo
Reordenar una biblioteca se parece un poco a reordenar una vida. ¿Dónde colocas ciertos momentos? ¿Qué dicen los libros de nosotros? La escritora Marta Jiménez Serrano, autora de Oxígeno, celebra Sant Jordi en La Lectura Leer
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