Imagina que una noche un hombre común, casado, con hijos, se rompe. Algo no va bien en su interior. Ni es dolor físico ni una tristeza concreta ni un problema identificable. Es una sensación de falla, como si algo esencial estuviera mal ajustado dentro de él. Intenta describirlo a su esposa. Le dice que no se siente bien, que algo ocurre. Ella responde: ¿te duele algo?, ¿quieres un médico?, ¿es el estómago? Él no sabe contestar. No puede nombrarlo, la conversación se atasca. Ella se irrita ligeramente: necesita un diagnóstico concreto, bien sabe la frustración que genera un hombre buscando palabras y quedándose a medias. Él sólo puede repetir que “es algo” pero no sabe qué. El lenguaje falla. Y ese es el punto: las cosas que no se saben nombrar porque no se sabe lo que son. El relato podría ser de Raymond Carver. Carver trabaja muy bien la relación con el lenguaje y la comunicación en matrimonios erosionados, trabajos precarios, culpa, violencia sorda y personajes que apenas entienden lo que les está ocurriendo como para además poder explicarlo. La desolación que supone no encontrar palabras y el comprensible rechazo que genera alrededor: qué pasa contigo, por qué no hablas. Con la edad he aprendido a evitar ese rechazo no exponiéndome: darme de baja de un evento, anular un compromiso el día anterior, desaparecer unos días o unas horas, lo que haga falta, para encerrarme en casa yo solo con algo que no sé qué es, pero es claramente una falla, una ruptura del sistema, una sensación desconocida a la que voy poniendo nombres para no escandalizar (ansiedad, que es una palabra en auge) pero yo sé, y esa sensación mía también sabe, que no es ansiedad, que ni siquiera tiene por qué ser algo. Cuántas veces queremos cerrar una discusión con un amigo o un amor o un familiar y decimos: “¡Y una cosa más!”. Y no encuentras esa cosa. No hay nada que decir, te quedas en blanco. Cuánto tiempo se tarda en aprender que hay cosas que no se dicen ni por timidez ni por impotencia ni por cansancio. Cuántas veces nuestras vidas son intraducibles porque sus idiomas están aún por inventar.. Seguir leyendo
Imagina que una noche un hombre común, casado, con hijos, se rompe. Algo no va bien en su interior. Ni es dolor físico ni una tristeza concreta ni un problema identificable. Es una sensación de falla, como si algo esencial estuviera mal ajustado dentro de él. Intenta describirlo a su esposa. Le dice que no se siente bien, que algo ocurre. Ella responde: ¿te duele algo?, ¿quieres un médico?, ¿es el estómago? Él no sabe contestar. No puede nombrarlo, la conversación se atasca. Ella se irrita ligeramente: necesita un diagnóstico concreto, bien sabe la frustración que genera un hombre buscando palabras y quedándose a medias. Él sólo puede repetir que “es algo” pero no sabe qué. El lenguaje falla. Y ese es el punto: las cosas que no se saben nombrar porque no se sabe lo que son. El relato podría ser de Raymond Carver. Carver trabaja muy bien la relación con el lenguaje y la comunicación en matrimonios erosionados, trabajos precarios, culpa, violencia sorda y personajes que apenas entienden lo que les está ocurriendo como para además poder explicarlo. La desolación que supone no encontrar palabras y el comprensible rechazo que genera alrededor: qué pasa contigo, por qué no hablas. Con la edad he aprendido a evitar ese rechazo no exponiéndome: darme de baja de un evento, anular un compromiso el día anterior, desaparecer unos días o unas horas, lo que haga falta, para encerrarme en casa yo solo con algo que no sé qué es, pero es claramente una falla, una ruptura del sistema, una sensación desconocida a la que voy poniendo nombres para no escandalizar (ansiedad, que es una palabra en auge) pero yo sé, y esa sensación mía también sabe, que no es ansiedad, que ni siquiera tiene por qué ser algo. Cuántas veces queremos cerrar una discusión con un amigo o un amor o un familiar y decimos: “¡Y una cosa más!”. Y no encuentras esa cosa. No hay nada que decir, te quedas en blanco. Cuánto tiempo se tarda en aprender que hay cosas que no se dicen ni por timidez ni por impotencia ni por cansancio. Cuántas veces nuestras vidas son intraducibles porque sus idiomas están aún por inventar. Seguir leyendo
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