Sonó la alarma, y con la alarma el día. Te costó despertarte, apuraste en dos o tres sorbos el café, la rutina y el transporte público te arrastraron hasta la misma mesa -ojalá- de todas las jornadas de tu vida: la de entonces la quebró el teléfono sonando, el nombre familiar en la pantalla, al otro lado un diagnóstico con mala pinta. Esto -la mala pinta- cobra toda la relevancia para ti y para quienes te rodean; se tuerce el momento hasta la noche última. Cambia la vida de quien llama, cambia también tu vida, mientras en las antípodas alguien se calienta la sopa de la cena, y con el bol orbitando dentro del microondas se plantea la grisura: en cuanto se desvista y se vista, de chándal a pijama, olvidará todo cuanto haya sucedido hoy, la vecina con la que coincide en los buzones, las tareas repetidas y repetidas y repetidas, el caldo quemándole la lengua.. Una mujer o un hombre -Congo, Gaza, Irán, Ucrania- se despierta sin saber si alcanzará la noche, se prepara para dormir sin conocer acaso la mañana siguiente, y las de después, y si lo logrará en soledad o le acompañarán quienes siempre le acompañan. En el mundo pasan cosas todo el rato. Ligeras o graves, unas veces con una trascendencia de la que no se duda, otras en las que depende de la sensibilidad de quien las protagonice; algo -una misma cosa- trastoca a alguien, y a otra persona ni la inmuta. En el mundo llevan pasando cosas todo el rato: retrocederíamos en el tiempo -decenas, cientos, miles de años- y en las frases anteriores intercambiaríamos lugares, situaciones, y nos responderían con el mismo dolor, y alguien siempre en otra parte preparándose algo de comer. Muchas de estas cosas no nos señalan, no nos afectan -nadie nos llama desde el hospital, no buscamos el número en la agenda; tampoco nos protegemos en otro idioma-, pero sentimos que nos interpelan: lo ignoramos todo sobre las personas a las que daña, ocurren a distancia suficiente como para sentirlas ajenas, y sin embargo nos conmovemos, reaccionamos.. Alguien comparte en sus redes sociales un paisaje desde el interior de un tren, y añade música tristísima de piano sugerida por la aplicación -su esfuerzo le cuesta transmitir melancolía-, y un texto sobreimpreso donde explica que en una ocasión viajó en ese recorrido, o en un tren que compartía un tramo, o en ese medio de transporte en general, cuando tocara -dos horas antes o después, la semana previa, etcétera en la memoria-, y esa conexión le remueve y entiende que su testimonio importa. Alguien pergeña un texto sobre el mismo asunto en el salón de su casa -la calefacción encendida, la tacita con una infusión humeante: todo en calma-, yo viajé o yo viajo, blablablá, subrayando la primera persona -no existen más en su gramática-, y como olvidó la fotografía de los campos y el filtro de la ventanilla o sabe que el algoritmo prioriza el rostro humano recurre a un selfi: el puñito sujetando las ideas, los ojos entrecerrados. Me los han sugerido las redes o me han enviado pantallazos y enlaces. He leído artículos, he escuchado conexiones en tertulias.. He pensado mucho en el silencio.. Resulta inevitable que una tragedia te conmueva, y que la emoción se intensifique cuando la padece gente como tú, en una geografía cercana, con circunstancias parecidas; resulta inevitable esa identificación bienintencionada, aunque torpe. Pero también merece la pena recordar que toda palabra dicha que no la evite, que no la remedie, provoca ruido, y que el ruido distorsiona; ensucia. Ese vídeo que te exige pensar qué imágenes seleccionas, qué melodía para el fondo, qué palabras conmueven más o menos, ¿para qué? Esos párrafos que se inician con la excusa de los demás, y mueven el foco hacia quien los escribe, ¿para qué? Late algo perverso en esa necesidad de desviar -de reclamar- la atención; en la utilización -consciente o no- de algo terrible que corresponde a otras personas, porque les marcará, y que con esa intromisión se mercantiliza, en cierto modo: el podría-haber-sido-yo como marca personal.. «La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba». De esta idea germinó El año del pensamiento mágico, de Joan Didion: se ha repetido tanto para explicar cómo pasan cosas todo el rato en el mundo, y estas cosas arruinan y te vencen cuando las sufres tú o alguien a quien quieres, que casi se ha gastado; pero la cuestión es que Joan Didion y su marido habían regresado del hospital, donde habían visitado a su hija, ingresada en la UCI, y mientras Didion preparaba la ensalada él sufrió un infarto, y murió. La vida cambia deprisa, en un instante, y mientras alguien en cualquier sitio remueve las verduras, la pizca de sal, el chorrito de aceite. Otra cita: nada de lo humano te es ajeno -Terencio-, por fortuna, pero no todo necesita tu opinión o tus anécdotas, el vídeo que demuestra que la realidad avanza más rápido que tu sentido común, el retrato en el que te sitúas de perfil ante la empatía, y de frente ante tu propio ombligo.
La Lectura // elmundo
Late algo perverso en esa necesidad de desviar -de reclamar- la atención, en convertir el podría-haber-sido-yo en una marca personal Leer
Late algo perverso en esa necesidad de desviar -de reclamar- la atención, en convertir el podría-haber-sido-yo en una marca personal Leer
