“La escuela no existe al margen de quienes la habitan y la encarnan cotidianamente”, escribe Miguel Rivera Alvarado (Viña del Mar, 59 años). “Cada profesor es la escuela para un niño, una niña o un joven. No todos logran tocar la vida de todos sus estudiantes, pero todo estudiante, en su paso por la escuela, debiera ser influido o impactado por algún profesor”, asegura.. Seguir leyendo
El director del Liceo Bicentenario Víctor Jara de Peralillo, recientemente seleccionado entre los establecimientos educacionales más innovadores del mundo, publica ‘La escuela ha muerto. ¡Viva la escuela!’
“La escuela no existe al margen de quienes la habitan y la encarnan cotidianamente”, escribe Miguel Rivera Alvarado (Viña del Mar, 59 años). “Cada profesor es la escuela para un niño, una niña o un joven. No todos logran tocar la vida de todos sus estudiantes, pero todo estudiante, en su paso por la escuela, debiera ser influido o impactado por algún profesor”, asegura.. Eso sí, agrega, “la escuela es también, y quizás en primer lugar, un espacio de bienestar emocional, un espacio seguro, protector y protegido, donde niños y jóvenes se encuentran con sus iguales y donde, más que el sermón o la reprimenda, es la conversación estimulante la que nutre las vidas”.. Estas palabras, reveladoras de una mirada crítica a las prácticas tradicionales, figuran en el prefacio de La escuela ha muerto. ¡Viva la escuela! (Instinto ediciones, 2026) y bien podrían ser las de un estudioso que escribe desde la academia, pero Rivera escribe ante todo desde lo visto, lo vivido y lo aprendido.. Profesor de historia y geografía con maestrías en gestión escolar y en calidad educativa, dirige desde hace cuatro años el Liceo Bicentenario Víctor Jara en Peralillo, comuna urbano-rural de 11 mil habitantes en la región de O’Higgins, a unos 200 kilómetros al suroeste de Santiago de Chile. Ha sido su primera experiencia en un establecimiento público tras dirigir colegios totalmente privados y algunos privados con aporte estatal, y no ha pasado inadvertida: el liceo fue seleccionado entre los 50 finalistas del Global Schools Prize 2026, reconocimiento de la Fundación Varkey a los establecimientos que “están reinventando la educación para el futuro”. Separados en distintas categorías, ‘Ciudadanía global’ fue el del liceo peralillano.. Algo en esa línea parece haber entendido la rectora de la Universidad de Chile, Rosa Devés, que en abril dio la charla magistral con la que el liceo inauguró el año académico 2026 y que el lunes 18 de mayo entregó en la Casa Central de la “U” las primeras palabras durante la presentación del libro (de cuyo prólogo es autora): a su juicio, este “aborda con honestidad las preguntas sobre la validez y el sentido de la escuela”.. Miguel Rivera en Santiago.SOFIA YANJARI. Tras la rectora, habló Rivera, quien contó a los presentes que en marzo de 2023 le robaron la mochila donde estaba el computador que, a su vez, contenía la única copia de La escuela ha muerto, ya listo para ofrecerse a los lectores. La pérdida dolió, “pero creo que fue lo mejor que pudo ocurrir, porque en ese minuto llevaba solo seis meses en una escuela pública. Hoy son casi cuatro años, y este libro necesitaba ser madurado desde la experiencia de la dificultad, de la complejidad, de la incertidumbre, de la falta de recursos, de templar un poquito el carácter”.. En la educación escolar privada, con o sin aporte estatal, había ejercido en Quilpué, Viña del Mar, Antofagasta, Iquique y Santa Cruz, donde tuvo experiencias enriquecedoras, lo que no le impide ver en esos proyectos educativos “una concepción más bien empresarial de resultados académicos y de matrícula”, así como una “lógica de eficiencia, eficacia y efectividad”.. La escuela pública, que el régimen de Augusto Pinochet (1973-1990) dejó en manos municipales y que viene pasando de modo parcelado a los Servicios Locales de Educación Pública (SLEP, dependientes del ministerio de Educación), tiene sus propios bemoles, concede Rivera en su libro: pueden, por ejemplo, ser un “botín político” y hacer crecer su planta al punto de comprometer el presupuesto destinados a otros requerimientos, o bien objeto de “una excesiva autocomplacencia y un gremialismo mal entendido”.. Pero puede ser otra cosa, planteaba el profesor-director-autor a EL PAÍS desde un helado y húmedo Peralillo, la mañana del pasado jueves. No ignora -ni valida- las alertas sobre posibles recortes del ministerio de Educación a los Liceos Bicentenario para acomodarse a los ajustes reclamados por Hacienda y que pesarían en la ya desafiada red de establecimientos secundarios reconocidos por sus altos estándares académicos. No la ignora, pero de momento propone hacer con lo que se tiene, en el entendido de que se tiene más de lo que se cree, sobre todo cuando hay otras ideas acerca de lo que la escuela, el colegio y el liceo pueden y deben ser.. Hacer con lo que se tiene y hacerlo con una comunidad educativa, expresión que figura inagotable en discursos, proyectos y programas que parecen despojarla de sentido, concede. Sin embargo, diluida y todo, se hace carne en el día a día.. Rivera observa que un “modelo subjetivista” en el que “lo que importa soy yo, mi bienestar, lo que me hace feliz, lo que me da paz o tranquilidad”, trae incorporada “la lógica de lo quiero todo ahora, satisfaga mi inquietud ¡ya!”, donde además puede ocurrir y ocurre que cada quien defiende su hijuela (la asignatura, el aula, la propia escuela) de los apoderados o del resto de la localidad.. Provisto de ejemplos incontestables de estableciemientos chilenos de sectores deprivados, que con muy poco lograron un montón, sostiene que la escuela “le pertenece a la comunidad”, que “no puede estar encerrada en sí misma”. Y fue encontrando en su actual camino “una serie de experiencias, de escuelas lideradas por sus directores que, no contentos con el estatus quo, con la burocracia que obliga a llenar una serie de papeles, y a tener la escuela tranquilita y ordenada, empiezan a mover la frontera y a vincular la escuela con la comunidad”.. Miguel Rivera, profesor y escritor. SOFIA YANJARI. Lo anterior significó en su caso, prosigue, “entender que la educación pública no solamente cumple un propósito noble, necesario y urgente, sino que tiene la obligación de construir su proyecto de acuerdo a las características de su territorio, de su entorno, de su identidad local”. Y esa identidad “se hace con la buena tribu: con los clubes deportivos, las escuelas básicas, los jardines infantiles, las juntas de vecinos, los clubes de adultos mayores, las autoridades locales, las empresas, la cama de comercio”. También, advertir que el liceo al que llegó ya llevaba seis años sin dirección titular, que había eliminado su polivalencia (distintas modalidades de enseñanza) y donde el ausentismo alcanzaba niveles muy significativos. Y que había que hacer algo al respecto. Ahí, se detiene en una redefinición de roles, partiendo por del profesor.. Parte de su tarea, cuenta, fue redefinir la profesión docente “como una profesión no individual, sino colectiva. El sistema en el que estamos, que ha enfatizado la competencia, el trabajo individual, el aula como caja negra, lo impide, pero hay escuelas que lo están haciendo a lo largo de Chile, que fortalecen el trabajo departamental. Hay escuelas que, una vez al mes, le piden al centro de alumnos que vaya al consejo de profesores a retroalimentarlos respecto de las clases. Y hay profesores que están haciendo un proyecto y quisieran que ese proyecto se diera en todo el nivel, no solo en su asignatura. O evaluaciones de semestre donde concurre el centro de padres a decirle a los profesores que hay algo no está funcionando”.. La escuela, “que durante mucho tiempo fue propiedad de los profesores -y los papás afuerita, que no entren- está cambiando”, añade, “porque vivimos en una sociedad mucho más horizontal”. Por lo mismo, “cuando se dice que se ha perdido la autoridad del profesor, lo que probablemente se ha perdido es el autoritarismo”.. Faltan, por cierto, los alumnos, esos niños y adolescentes alguna vez objetos de la educación y hoy, en la mirada de Rivera, estudiantes-protagonistas. ¿Cómo así? De distintas formas. Por ejemplo, quien es electo por su curso como mejor compañero tiene la responsabilidad de mediar en eventuales conflictos o acoger a los alumnos nuevos. Y aunque no le agrada la vieja práctica de que los estudiantes de peores notas aplaudan a quienes tienen las mejores, le saca partido: en el Liceo Bicentenario Víctor Jara de Peralillo, los estudiantes destacados “también tienen una responsabilidad: la de ser tutores académicos, ‘ayudantes’ de los maestros”.. Porque organización también es comunidad, piensa el director.
EL PAÍS
