Antonio Raphael Mengs ha sido considerado un pintor para entendidos. Su padre, también del gremio, le puso Antonio por Correggio, y Raphael por Rafael Sanzio, prefigurando su clasicismo. Pero tuvo mala suerte. Doble. Murió relativamente joven, con cincuentaiún años, y nació relativamente pronto. Un siglo este del XVIII con mala suerte hoy. Cincuenta o sesenta años más tarde, y acaso la carrera de Mengs habría transcurrido de otro modo.. Se comprueba en la exposición del Prado. Figuran en ella, traídos algunos de museos remotos y otros de colecciones españolas, dos o tres de los mejores autorretratos que se hayan pintado nunca. Entre ellos el de la Galería de los Uffizi. Lo donó Mengs con una condición: que se colgara al lado del de Rafael. Creo que una de las mejores puertas para entrar en su neoclasicismo, gélido y nacarado a veces, son esos autorretratos, de buena temperatura cordial y hospitalaria.. Puede que Mengs en esa obra no sea superior a Rafael, pero tampoco inferior. Claro que esto de subir y bajar del podio a los artistas es una ilusión. Hasta mediados del siglo XIX Rafael dominaba. Llegó el impresionismo y Rafael desapareció del primer puesto en los cómputos (en los rankings actuales ni siquiera está, claro que tampoco parecen serios: en casi todos figuran Pollock o Frida Kahlo).. Que Mengs se consideraba mucho, no ofrece duda. Consciente de sus facultades, él se daba una gran importancia, lo mismo que se la dieron las cortes para las que trabajó. Javier Jordán y Andrés Úbeda, responsables de esta gran exposición, lo cuentan muy bien en el catálogo. Desde el Renacimiento, siempre que se ha tratado de poner orden a los excesos, los artistas vuelven sus ojos a Roma y Grecia. Y eso hicieron los ilustrados del siglo XVIII. A la cabeza Winckelmann, el primer teórico de la historia del arte. Él abrió el camino a los futuros Ruskin o Berenson.Que Winckelmann y Mengs se conocieran en Roma fue providencial. Mengs aportó a la relación el gusto y el instinto; Winckelmann, la erudición, las fuentes. Mengs sabía de pintura, y Winckelmann «entiende de lo que no comprende», o esa impresión da a veces. Llegaron a ser amigos íntimos, pero…. «A Mengs, resuelto y ambicioso, le faltó la fragilidad de Velázquez. Creyó que el arte era un constructo ideal de perfección,no, como la misma vida, una suma de imprevisibles variables y fracasos». ¿Qué pudo suceder entre ellos para que Mengs le tendiera una celada tan retorcida y cruel? Cierto día apareció un fresco de procedencia misteriosa (¿una villa de Herculano, de Pompeya?): Júpiter y Ganímedes. Júpiter, entrado en años, atrae hacia sí a Ganímedes, y sus bocas quedan a una centésima del beso. Winckelmann, turbado por su deseo y muy partidario del efebo en general (el de ese fresco, un impúber amorfo y adiposo), se lanzó a subirla al podio como la más bella pintura romana nunca vista. Al poco corrieron rumores sobre la falsificación de esa obra. ¿Puso Mengs ese cebo para vengarse? ¿La broma se le fue de las manos? No se sabe. Fue, en todo caso, ese sí, uno de los grandes planchazos de todos los tiempos. Humillado por el escarnio, Winckelmann, hazmerreír de todo Roma, no se lo perdonó y dejó de hablarle, y Mengs únicamente en su lecho de muerte reconoció la fechoría.. De hallarse en alguna parte la respuesta a estas preguntas, habría que buscarla en sus autorretratos. Su alma al desnudo. Frente al espejo. Pintó unos veinte, aquí se ven unos cuantos. Aunque en absoluto contara a Velázquez entre sus maestros, son lo más velazqueño que se pintó en el siglo XVIII. Pasó en España casi diez años, lo conocía bien. Les falta algo, cierto, de lo que está sobrado Velázquez, como también Cervantes: la fragilidad e incertidumbre que en ellos se traduce en un aire melancólico, humanísimo.. Mengs era resuelto y ambicioso y creyó que el arte era un constructo ideal de perfección, no, como la misma vida, una suma de imprevisibles variables y fracasos. Transmite incluso su altanería a aquellos que retrató tan esmaltados y pulidos. Acaso por ello estos autorretratos, más íntimos y domésticos, nos sigan emocionando como el secreto testimonio de lo que pudo ser su autor, de haber atendido más al fondo que al dibujo (en el que fue un maestro), y de haber tenido la suerte, quizá, de nacer cincuenta años más tarde. Porque en talento nadie en su tiempo lo aventajó.
La Lectura // elmundo
La exposición ‘Antonio Raphael Mengs’ nos permite ver en el Museo del Prado dos o tres de los mejores autorretratos que se hayan pintado nunca, la mejor puerta de entrada al neoclasicismo del pintor bohemio Leer
La exposición ‘Antonio Raphael Mengs’ nos permite ver en el Museo del Prado dos o tres de los mejores autorretratos que se hayan pintado nunca, la mejor puerta de entrada al neoclasicismo del pintor bohemio Leer
