Es la violencia enorme de la infelicidad la que impulsa, eleva y sostiene la muy notable nueva novela de Manuel Vilas (Barbastro, 1962), quien anda componiendo una de las obras literarias más personales, genuinas, liberadas y reconocibles de estos últimos años, aunque también una de las más espectacularmente irregulares. A veces un gran rey, a veces un bufón, Vilas es el autor de textos realmente sublimes (es, por ejemplo, el responsable de algunos de los más gloriosos poemas que se hayan escrito entre nosotros, aunque de eso haga ya un cuarto de siglo), pero también el de otros simplemente desopilantes, y con esto último no me refiero en absoluto a las famosas salidas de tono que suelta en columnas de opinión o en redes sociales (ni a los irreproducibles mensajes privados que nos envía a quienes alguna vez hemos presentado la mínima objeción a sus cosas), sino a hallazgos o juicios que se leen dentro de los mismos libros.. Destino. 400 páginas. 21,90 € Ebook: 11,99 €. Pero es que sucede además que esa irregularidad no sólo se da a la hora de distinguir títulos tan buenos y tan perturbadoramente emotivos como El cielo, Gran Vilas, Ordesa o El mejor libro del mundo de otros tan en general decepcionantes como Roma, Nosotros o Los besos, sino que se trata de una irregularidad interna. El justamente celebradísimo Ordesa contenía, por ejemplo, unas pocas páginas sonrojantes sobre santa Teresa de Jesús, y eso es algo que sucede también en Islandia: considerar a Freud «el filósofo más importante de todos los siglos» puede ser una humorada justificada por el contexto, pero creo que desbarra en otras páginas de revelaciones, ajustes de cuentas o reproducción de wasaps privados.. La naturaleza literaria de Vilas es el exceso, la desazón e incluso la locura, tanto en lo bueno como en lo malo. No es una opinión, es una descripción, un análisis objetivo: quien no entre en ese exceso o no se haga cómplice del disparate no lo entenderá, y tampoco sabrá llegar hasta Islandia, donde se cuenta obsesivamente una ruptura, el fin de un matrimonio de once años y, en la segunda parte, el inicio de una posible amistad bajo el título de un topónimo gélido que da cuenta de la dificultad de, precisamente, esa «segunda fase» de la relación.. Este libro es el hijo de un inmenso dolor, una decepción cósmica, un revés más o menos inesperado y muy doloroso que queda transformado en buena pero ambigua literatura. «Mi obligación de escritor es decir lo que pasa», dice en algún sitio, y también que «mi obsesión durante estos últimos veinte años [ha sido] que lo que fue una vez siga siendo en mis libros», y se entiende perfectamente el afán, el propósito, pero cabe discutir las formas.. Estoy muy lejos de alegrarme ante esa nueva «ejemplaridad» que anda abrigando y enrareciendo la literatura reciente: la literatura no ha de ser moral, la literatura ha de ser literatura, y sin embargo es fácil entender que hay límites que pasan no sólo por los que impone el Código Penal sino por el mandato elemental de no hacer daño a aquellos a quienes queremos.. Se puede defender el impudor, pero no la indiscreción. Uno puede decirse a sí mismo todas las barbaridades que quiera, o atribuirse injusticias y hasta delitos (y lo cierto es que Vilas llega muy lejos en ese camino de la autoflagelación), pero cuidado con lo que se dice de los demás o con lo que se revela de ellos, incluso aunque se cuente con su permiso.. La intimidad de Vilas no ha de importar sólo a quienes lo hemos tratado un poco y lo apreciamos, sino a cualquier buen lector, pues él sabe trascender lo que le pasa y hacerlo grande, simbólico, poderoso, poético, soberbio. Esta excursión a Islandia está llena de brochazos geniales, pero también de detalles (nimios o graves) que no necesitábamos saber.
La Lectura // elmundo
El escritor aborda el desamor y la ruptura en ‘Islandia’, una novela llena de brochazos geniales, pero también de detalles innecesarios en la que dominan el dolor y la decepción Leer
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