El estudio de Paul-Élie Ranson, en el artístico barrio de Montparnasse de finales del XIX, fue un lugar donde podía pasar cualquier cosa, desde una carrera de sillas para ver quién se desplazaba más rápido sobre ellas hasta soirées místicas y casi performáticas en las que un grupo de artistas, pero sobre todo amigos, jugaba a avanzar el arte del futuro. El nombre que se dieron fue premonitorio, los Nabís, voz semítica que significa «profeta».. Cada uno de los miembros tenía un apodo: el Nabí de la Rutilante Barba fue Paul Sérusier; el muy japonista, Pierre Bonnard; el más japonista que el Nabí japonista Ranson; el bucólico, Ker-Xavier Roussel; el extranjero, Félix Vallotton… 13 miembros en total se reunían una vez al mes en el lugar que llamaban el «templo» y cultivaban un lenguaje críptico lleno de claves, más como burla del orden burgués que por afán de secreto. A la sombra de Paul Gauguin, que fue su mentor y al que siguieron en su ruptura del naturalismo académico, y llevados por la voluntad de doblegar las reglas del arte decimonónico, estos jóvenes gamberros y un poco anarquistas formaron un movimiento que aún hoy conserva filo. La exposición Los Nabís, de Bonnard a Vuillard, organizada por la Fundació Catalunya La Pedrera, podrá verse desde hoy en La Pedrera de Barcelona, el edificio de Gaudí surcado de efluvios modernistas.. Estamos en el París fin de siglo, un mundo en proceso radical de cambio donde las sociedades teosóficas y el espiritismo fascinan. Los medios de comunicación impresos se llenan de imágenes y el sistema capitalista y los movimientos sociales friccionan la política. El arte sale del lienzo para adentrarse en la artesanía, pero también mira hacia los interiores domésticos desprovistos de nobleza y a la ciudad como territorio de aventura.. «En realidad el grupo no se funda sobre un dogma, así que hay muchas direcciones diferentes dentro de él», explica Isabelle Cahn, conservadora jefe de pintura del Museo d’Orsay de París y responsable de la exposición de Barcelona. «Pero, a grandes rasgos, hay dos líneas dentro de los Nabís. Están quienes se sienten atraídos por la espiritualidad y el esoterismo, por el terreno del imaginario y del sueño, y quienes se interesan por los temas de la vida cotidiana y un simbolismo más centrado en el ser humano, en la psique».. Jan Verkade: ‘Paisaje decorativo II’, 1891. LA PEDRERAPEDRERA / ORSAY. Casi todos ellos han estudiado en la Académie Julian, un centro educativo mucho más innovador que la École de Beaux-Arts de París. Y su compromiso con lo nuevo cristaliza en un solo cuadro, al que llamarán El Talismán. Se trata de un paisaje realizado por Paul Sérusier en 1888 bajo la dirección de Gauguin y que es la clave de bóveda de los Nabís, titulado Paysage au Bois d’Amour. Son una serie de manchas en tonos vivos -naranjas, amarillos y verdes- en las que se adivinan las formas de los árboles reflejadas en un río, creando una composición casi abstracta. A partir de esta imagen-icono, todo explota.. «Los Nabís solo tuvieron un deseo: romper compartimentos en el arte, no conformarse ni siquiera con practicar una sola técnica. Se situaron del lado de las artes decorativas, hicieron mucha obra gráfica, probaron con la cerámica, la escultura, el tapiz, crearon objetos para la vida cotidiana. No se fijaron en una única definición del arte», afirma Cahn.. Esta diversificación se contamina de literatura y de música. Los poemas de Stéphane Mallarmé les inspiran profundamente. Satie y Debussy ponen melodía a esa época de tensión y promesa de futuro. «Tienen la idea de dejarse llevar con total libertad, ya sea en la estética o en la vida. Es una apertura de miras que se extiende también por la sociedad de la época, que está en un momento de cambio y adaptación. Hay muchísimas estéticas nuevas y formas de hibridación, a las que los Nabís se adhieren con fuerza», destaca Cahn.. Sus obras son la antesala del art nouveau y del fauvismo, preludio de un mundo por venir. La ruptura se atisba en los paisajes de Émile Bernard, de colores planos como una viñeta de cómic, sin relieve ni apenas perspectiva. El dinamismo de la ciudad se cuela en las vistas de Bonnard, que reflejan espacios carentes de aura y ángulos espontáneos de textura borrosa. Édouard Vuillard, en El sueño y en Dos mujeres bajo la lámpara -ambas obras de 1892-, pinta escenas domésticas banales, pero con una intensa carga emocional.. La única regla de este grupo sin dogma es, precisamente, romper las reglas. Su horizonte tiene algo de utopía, al pretender un nuevo sistema basado en la amistad y la belleza, un orden sin jerarquías en la que lo común y lo fantástico se entrelazan con optimismo. Concentrando la energía rupturista que explotará con las vanguardias posteriores de principios del siglo XX.
La Lectura // elmundo
La Pedrera expone el arte de este grupo de bohemios capitaneado por Pierre Bonnard que revolucionó París a finales del XIX para avanzar la ruptura formal de las vanguardias Leer
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