Las agresiones físicas y las coacciones de todo tipo que una empresa de desokupas lleva meses infligiendo sobre los inquilinos de los corralones de la calle Castellar, en el corazón de Sevilla, para forzar su salida de ese espacio y acelerar una operación urbanística que pretende construir un hotel y 35 apartamentos, ha devuelto el interés por la actividad industrial, artesana y artística que lleva desarrollándose desde hace décadas en estas construcciones únicas de la capital hispalense, que han generado de manera natural un ecosistema cultural y económico y que se ven amenazadas por la especulación y una presión turística que se expande sin control por el centro histórico. Los artesanos y creadores reivindican con la película Siete Vírgenes la importancia de los corralones, último reducto creativo y autóctono de la capital andaluza, que garantiza en buena medida la conservación del barrio en el que se ubican, frente a la gentrificación y homogeneización impuesta por el turismo, y reclaman de las administraciones públicas más apoyo para garantizar un modelo de productividad que forma parte del patrimonio material e inmaterial sevillano.Seguir leyendo
Los artesanos y artistas de estos espacios de creación únicos de la capital andaluza demandan protección por parte de las administraciones para evitar desaparecer por la especulación urbanística
Las agresiones físicas y las coacciones de todo tipo que una empresa de desokupas lleva meses infligiendo sobre los inquilinos de los corralones de la calle Castellar, en el corazón de Sevilla, para forzar su salida de ese espacio y acelerar una operación urbanística que pretende construir un hotel y 35 apartamentos, ha devuelto el interés por la actividad industrial, artesana y artística que lleva desarrollándose desde hace décadas en estas construcciones únicas de la capital hispalense, que han generado de manera natural un ecosistema cultural y económico y que se ven amenazadas por la especulación y una presión turística que se expande sin control por el centro histórico. Los artesanos y creadores reivindican con la película Siete Vírgenes la importancia de los corralones, último reducto creativo y autóctono de la capital andaluza, que garantiza en buena medida la conservación del barrio en el que se ubican, frente a la gentrificación y homogeneización impuesta por el turismo, y reclaman de las administraciones públicas más apoyo para garantizar un modelo de productividad que forma parte del patrimonio material e inmaterial sevillano.“La lógica y el sentido común lleva a proponer que cualquier espacio donde se esté produciendo una actividad cultural que marca la esencia de la ciudad, que genera empleo, que genera crecimiento y que le da a la ciudad un sello identitario propio debe estar absolutamente protegido. Es decir, no se puede comprar, no se puede demoler, no se puede expulsar a la gente. Todo lo contrario. Se la debe proteger”, sostiene Gervasio Iglesias, productor, director y guionista sevillano, fundador de Zanfoña Producciones, cuya sede se encuentra en el corralón de la Plaza del Pelícano. La productora se instaló allí en el 2000 e Iglesias quedó sorprendido por ese movimiento artístico y cultural que bullía en esos espacios. “Había personas con todo tipo de inquietudes artísticas, músicos, diseñadores… Existía un intercambio de ideas importantísimo y de ese ecosistema salieron cosas que hicimos después”, explica Iglesias, que pone como ejemplo las colaboraciones de la productora que ofrecía desinteresadamente sus medios a iniciativas que carecían de ellos o el propio casting de la película 7 Vírgenes, que se hizo directamente en los corralones.Iglesias habla en pasado porque hace un tiempo que abandonó la productora, pero esa interrelación entre disciplinas artísticas se mantiene en los corralones del Pelícano y en los vecinos de Pasaje Mallol. Allí lleva dando forma al hierro desde hace más de 25 años el alemán Alex Richter, el último herrero que trabaja con fragua de forja que queda en Sevilla. Es de los primeros artesanos con los que colaboró Zanfoña Producciones y además de sus propias esculturas, también imparte cursos –“la gente viene aquí porque quiere sentirse vikingo por un día”, bromea-, coloca todas las herraduras de los bueyes que transitan dura
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