El columnista y poeta, que reúne más de tres décadas de verso en ‘Oler a loco’, recomienda tres lecturas que inciden en la reconfiguración del lenguaje y la exploración del símbolo. La reinauguración de los temas modernos, desde la cicudad a los goces lésbicos.. De algún modo, Charles Baudelaire es un exótico de mi familia, y leerle antes de dormir es una tentación de fértil insomnio. Nunca he dejado de acudir a Las flores del mal (Alianza editorial), desde que me deslumbró en la adolescencia. Baudelaire ama a las transeúntes, alivia la nostalgia en la ebriedad, arrastra tantos recuerdos como quien cumpliera una biografía de siglos. En él se reinauguran los temas modernos, desde la infinitud concéntrica de la ciudad a los goces lésbicos, desde el sacerdocio del trabajo a la voluptuosidad del mal. Sí veo que algunas rachas de sus versos asoman algunos ecos vagamente avejentados, pero en el temario nocturno, mórbido y urbano sigue siendo «el rey de los poetas», según Rimbaud, otro desesperadamente moderno. No aprecio mucho baudeleriano, entre los jóvenes, quizá porque ven en Baudelaire a un evangelista del decadentismo, y a un vagabundo de la estética. Y estas decantaciones ahora no se estilan. Quizá porque lo leen desde el prejuicio de acudir a un viejo parisino que pasea las brumas de otro siglo. Pero a mí me emociona. Se lleva el verso eléctrico, y el afán líquido de internet, pero en Baudelaire está la reinvención del poema en prosa, tan cultivado ahora mismo, eso sí, y el esplín de la ciudad como el perfume de inspiración del espíritu. Vive en Baudelaire el trastorno de los sentidos, y el placer, casi suicida, ante la tiranía del tiempo. «Un estremecimiento nuevo» dijo de lo suyo Víctor Hugo. Así es.. La gimnasia íntima de Cabrera.. Más allá de la monumental reinvención de La Habana nocturna, en Tres tristes tigres, o La Habana para un infante difunto, hay un libro de Guillermo Cabrera Infante,Exorcismos de esti(l)o, donde la palabra pierde la cabeza y las certezas se disfrazan. Estoy hablando de un libro de mediados de los 70, traidor a todo género, como pasa siempre con Cabrera, unas páginas muy ricas de malabares, levitantes de ingenios, que pudieran ser algo así como la gimnasia íntima del lenguaje de Cabrera. No diría yo que es un libro menor, pero sí es un libro breve donde el escritor consagra dos de sus obsesiones mayores, el ludismo, y el humorismo. Es como si en esas páginas se pusiera a hacer Cabrera un entrenamiento alocado y de travesura, para luego irse a tejer el resto de su obra musical y desmesurada. Hay aquí canciones de aforismo, esculturas de léxico, crucigramas de lirismo, golferías de semántica, en general. El libro es un susto, una delicia. Cabrera practica siempre un chachachá del idioma, un arroquismo de cabaré, un Tropicana de la alegría de la palabra. Cuando un autor, cualquier autor, se queda en el desmayo, suele tener, ahí a mano, la obra de dos o tres autores que le devuelven la vitalidad, para regresar a la escritura con renovadas luces y crecidas ganas. Así, en mi caso, Cabrera Infante, un benéfico veneno, un ebrio esplendor, una vitamina del trópico.. La indagación del parentesco de las palabras.. Al poeta Marcos Ricardo Barnatán debo el descubrimento de un raro llamado Juan Eduardo Cirlot, allá en los 80. Hablo del Diccionario de símbolos, un libro que inventa la biblia de los vínculos secretos de los símbolos poéticos, cruzando la erudición masiva con el golpe arterial de quien trabaja en el sacerdocio insomne de comprobar cómo la forma tira del fondo para alumbrar en la palabra galaxias de enigma. Todo está dicho, nada está dicho. Esto es lo que prueba Cirlot. Este libro no es un mero archivo de símbolos, bajo la pauta consabida del género, sino un monumento de la indagación del parentesco entre las palabras, y sus órbitas semánticas. Quiero decir que el libro es una consulta inagotable, pero también un ejercicio de creación. El libro es un volumen raro, de artesanía demorada, como raro es el propio autor, que fue estudioso de la analogía, crítico de arte, fanático del esoterismo. Y entiéndase raro como contrario a la convención. Cirlot fue un alucinado del lenguaje, un fanático de la partitura oculta en las palabras, y un científico de la metáfora. Frecuentó el postismo, puso mucho empeño en el surrealismo, y luego hizo sonetos y estrofas experimentales. Igual estamos ante la voz poética española más arriesgada y novísima del siglo XX. Y tan olvidada.
La Lectura // elmundo
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