La última vez que vi a Alfredo Bryce Echenique, se había desplomado en una fila de asientos en una sala de espera del aeropuerto de Barajas, desmayado o dormido, mientras una voz gritaba su nombre en el altavoz… una que no podía oír. Fue esa voz la que nos hizo darnos cuenta de que este hombre aparentemente inerte era él. El vuelo a Lima estaba a punto de despegar, con un anuncio urgente desde la puerta pidiendo que el último pasajero ausente apareciera. Mi esposa y yo nos acercamos a él, lo sacudimos ligeramente y le llamamos por su nombre. «Alfredo, Alfredo». Abrió sus ojos llorosos – hechos más japoneses por las gafas redondas – parpadeando contra la irritante luz, y se retorció la cara de sorpresa al reconocernos. «Elvira, Antonio, ¡qué placer!» Le pedimos que se apresurara cuando la voz de mando volvió a llamar por su nombre, y le ayudamos a levantarse y a recoger sus cosas dispersas.
La última vez que vi a Alfredo Bryce Echenique, se había desplomado en una fila de asientos en una sala de espera del aeropuerto de Barajas, desmayado o dormido, mientras una voz gritaba su nombre en el altavoz… una que no podía oír. Fue esa voz la que nos hizo darnos cuenta de que este hombre aparentemente inerte era él. El vuelo a Lima estaba a punto de despegar, con un anuncio urgente desde la puerta pidiendo que el último pasajero ausente apareciera. Mi esposa y yo nos acercamos a él, lo sacudimos ligeramente y le llamamos por su nombre. «Alfredo, Alfredo». Abrió sus ojos llorosos – hechos más japoneses por las gafas redondas – parpadeando contra la irritante luz, y se retorció la cara de sorpresa al reconocernos. «Elvira, Antonio, ¡qué placer!» Le pedimos que se apresurara cuando la voz de mando volvió a llamar por su nombre, y le ayudamos a levantarse y a recoger sus cosas dispersas.
La última vez que vi a Alfredo Bryce Echenique, se había desplomado en una fila de asientos en una sala de espera del aeropuerto de Barajas, desmayado o dormido, mientras una voz gritaba su nombre en el altavoz… una que no podía oír. Fue esa voz la que nos hizo darnos cuenta de que este hombre aparentemente inerte era él. El vuelo a Lima estaba a punto de despegar, con un anuncio urgente desde la puerta pidiendo que el último pasajero ausente apareciera. Mi esposa y yo nos acercamos a él, lo sacudimos ligeramente y le llamamos por su nombre. «Alfredo, Alfredo». Abrió sus ojos llorosos – hechos más japoneses por las gafas redondas – parpadeando contra la irritante luz, y se retorció la cara de sorpresa al reconocernos. «Elvira, Antonio, ¡qué placer!» Le pedimos que se apresurara cuando la voz de mando volvió a llamar por su nombre, y le ayudamos a levantarse y a recoger sus cosas dispersas.
