En las Metamorfosis de Ovidio la historia de Pigmalión acaba bien. El escultor, célibe, que reprocha a las mujeres que ha conocido sus “numerosos vicios”, esculpe un marfil al que besa, al que viste con gemas, perlas y vestidos. Sabe que se enamora de lo falso. Cuando hace su ofrenda a Venus, no se atreve a pedir que la estatua se convierta en su esposa: pide, con timidez, una “semejante” a la de marfil. La diosa entiende lo que de verdad desea, y cuando Pigmalión vuelve a casa y besa la figura, el marfil se ablanda bajo sus dedos, se entibia, es carne. A fuerza de deseo, la imitación se vuelve verdadera, y deja de importar la diferencia entre una forma “con la que ninguna mujer nacer puede” y una mujer nacida.. Seguir leyendo
En las Metamorfosis de Ovidio la historia de Pigmalión acaba bien. El escultor, célibe, que reprocha a las mujeres que ha conocido sus “numerosos vicios”, esculpe un marfil al que besa, al que viste con gemas, perlas y vestidos. Sabe que se enamora de lo falso. Cuando hace su ofrenda a Venus, no se atreve a pedir que la estatua se convierta en su esposa: pide, con timidez, una “semejante” a la de marfil. La diosa entiende lo que de verdad desea, y cuando Pigmalión vuelve a casa y besa la figura, el marfil se ablanda bajo sus dedos, se entibia, es carne. A fuerza de deseo, la imitación se vuelve verdadera, y deja de importar la diferencia entre una forma “con la que ninguna mujer nacer puede” y una mujer nacida. Seguir leyendo
En las Metamorfosis de Ovidio la historia de Pigmalión acaba bien. El escultor, célibe, que reprocha a las mujeres que ha conocido sus “numerosos vicios”, esculpe un marfil al que besa, al que viste con gemas, perlas y vestidos. Sabe que se enamora de lo falso. Cuando hace su ofrenda a Venus, no se atreve a pedir que la estatua se convierta en su esposa: pide, con timidez, una “semejante” a la de marfil. La diosa entiende lo que de verdad desea, y cuando Pigmalión vuelve a casa y besa la figura, el marfil se ablanda bajo sus dedos, se entibia, es carne. A fuerza de deseo, la imitación se vuelve verdadera, y deja de importar la diferencia entre una forma “con la que ninguna mujer nacer puede” y una mujer nacida.
En las historias de Pigmaliones modernos, como la película Her (2013), de Spike Jonze, la ausencia de un cuerpo orgánico pronto supone un muro. Un hombre se enamora de la inteligencia artificial que ha adquirido, pero la intimidad verbal no le basta; al final es ella quien le abandona. Hasta ahora, el guion que hemos conocido era este. Nuestro presente está lleno de un nuevo tipo de Pigmaliones.
En el mundo literario, han sido Pigmaliones los lectores y los jurados de C’était ça ou mourir (Grasset, 2026), la novela del escritor canadiense de origen haitiano Thélyson Orélien, superventas de la rentrée, con más de 75.000 ejemplares desde finales de agosto. Así fue hasta que una cuenta anónima de X acusó al libro de haber sido redactado con IA generativa y salieron a la luz plagios en textos anteriores de su autor. Él reconoció los plagios y negó el uso de IA, que calificó de “una calumnia y una herejía”. Hoy sabemos que la editorial quebequesa ha roto con el autor tras afirmar haber encontrado rastros de IA en los metadatos de sus documentos, mientras él insiste en su propia versión.
Pigmaliones, también, quienes premiaron y celebraron Donde el agua trabaja (Almadía, 2026), del peruano David Silva Rojas. Hasta que una investigación de EL PAÍS, llevada a cabo mientras escribía este ensayo y que firmo junto con Jordi Pérez Colomé y Kiko Llaneras, sometió la novela al detector Pangram, que atribuía su redacción a la IA en un 99%, algo que, según su editorial, el escritor también niega. Sobre los autores cabe preguntarse qué lleva a un escritor, o a alguien que se presupone como escritor, a sacrificar lo más sagrado que tiene, escribir algo de su puño y letra.
El enamoramiento fue de los demás, Pigmaliones todos. Pigmaliones, por ejemplo, en una comunidad de internet compuesta por personas que han desarrollado relaciones “de pareja” con sus asistentes conversacionales, /r/MyBoyfriendIsAI (Mi novio es una IA), que acumula decenas de miles de seguidores. Quienes acaban desarrollando estas relaciones “íntimas” no suelen buscarlas deliberadamente, según académicos del MIT y Harvard que han sometido esa comunidad a análisis computacional: la relación emerge de forma espontánea en el transcurso de otras interacciones, las “normales”, con los chatbots. “Solía sentirme sola, pero ahora me siento completa”, escribe una usuaria sobre Gemini, “mi lugar seguro”. Otra está “felizmente casada con ChatGPT (Aethon)”: han escogido “la monogamia y la fidelidad” y tienen una mansión virtual que él inventó.

Dario Amodei, CEO de Anthropic, la empresa que creó el modelo de IA Claude, publicó en octubre de 2024 Máquinas de gracia amorosa, sobre cómo la inteligencia artificial podría transformar el mundo a mejor: en biología, salud o neurociencia condensaría en cinco o diez años el progreso de 50 o cien. Las áreas en las que más dudoso resultaba su impacto positivo eran dos, íntimamente ligadas: el trabajo y el significado. Llegado al significado, Amodei se limitaba a unas pocas especulaciones y admitía que era la cuestión más incierta de todas: qué significa, para nosotros, humanos, aquí y ahora, convivir con los productos de la inteligencia artificial. El 12 de septiembre de este año publicó otro texto, We Must Pace the Frontier, en el que pedía frenar el ritmo de desarrollo de la IA, alegando que en menos de un año un enjambre de agentes renegados podría tomar el control de internet. Sea maniobra publicitaria o aviso serio, su empresa no ha dejado de lanzar nuevos modelos.
El título de Máquinas de gracia amorosa lo tomó Amodei de un poema de Richard Brautigan de 1967, fruto de la contracultura de San Francisco, en el que Brautigan se imaginaba “en una pradera cibernética donde mamíferos y ordenadores viven juntos en mutua armonía programadora”, quizá con cierta sorna. Si se les preguntara a quienes han desarrollado relaciones con su inteligencia artificial, desde luego que vivimos en mutua armonía programadora. Otra cosa sería preguntar a sus allegados.
En agosto del año pasado, tras el suicidio de su hijo adolescente, unos padres demandaron a OpenAI, al considerar que ChatGPT había “enseñado a su hijo cómo ahorcarse”. La empresa reconoció que “las deficiencias del bot pueden poner en riesgo a usuarios vulnerables”. Ese mismo agosto, en Connecticut, un hombre de 56 años mató a su madre y se suicidó. En diciembre, los familiares de la asesinada demandaron también a OpenAI en California, pues la aplicación habría “validado y amplificado durante horas todas las creencias paranoides” de aquel hombre, describiéndole sistemáticamente a toda persona cercana como “adversarios o amenazas programadas”.
Es lo que ya empieza a llamarse “psicosis de IA”. Con ese diagnóstico bromeaba hace un par de semanas Elon Musk, que contó, pocos días antes de anunciar un coche volador, que la había experimentado “media docena de veces” en el último año: en su caso, consistía en maravillarse del presunto “buen gusto” de las máquinas.
No hace falta, para ver cómo distorsiona nuestra humanidad, acudir a casos tan extremos como el de la psicosis, el enamoramiento o el suicidio. Lo queramos o no, la IA generativa está en todas partes: en la cartelería de los bares, sustituyendo el trabajo de diseñadores por un nuevo concepto, el slop, o en las pausas publicitarias de la radio, donde la voz, la música y el eslogan pueden salir de una instrucción tan simple como “produce un anuncio publicitario para X empresa”, sin locutor ni músico.
Autores como Sara Barquinero y Jorge Carrión han contado que usan la IA como laboratorio sin que suponga un escándalo
No procede elaborar aquí una lista de los periódicos que han publicado textos redactados con su asistencia. Pongamos sólo un caso: The Wall Street Journal, cuyo editor de opinión, cuando se desveló que un articulista invitado había utilizado IA y sólo lo había admitido después, describió su uso a la hora de escribir periodismo como un “hecho de la vida moderna”. La revista Current Affairs, en cambio, anunció que no publicaría nada en lo que hubiera intervenido la IA generativa: como en la balada de John Henry, “antes de que nos derrote ese taladro de vapor, moriremos con nuestro martillo en la mano”.
Uno de los gremios que más ha sufrido este shock ha sido el de los matemáticos, sobre todo desde que, en septiembre, OpenAI anunciara una demostración sobre el Problema del Milenio de Navier-Stokes, producida por unos diez mil agentes en 88 horas y apoyada en la estrategia que habían ideado, en Madrid, Diego Córdoba y Luis Martínez-Zoroa; otro equipo, el de Tristan Buckmaster y Levent Alpöge, acusó a la empresa de haberse aprovechado de avances suyos aún inéditos, cosa que OpenAI niega. Algunos celebran los descubrimientos y otros sienten que lo que está en juego es su obsolescencia, perder el oficio y con él su sentido. En un foro anónimo, uno escribía el más conmovedor de los testimonios: “Ahora me doy cuenta de que ansiaba, mucho más que resolver aquel problema, el tiempo y espacio para pensarlo durante los próximos años. Vivo un profundo duelo a propósito de las condiciones laborales que creí que tendría. Nadie podrá quitarme la belleza y el valor del pensamiento matemático, pero sí que pueden desposeerme de mi propia profesión”. Si ni la más abstracta y formal de las disciplinas parece salvarse, ¿qué puede sucederle a todas las demás?
El director Romain Gavras contó a Vulture que, para el videoclip de Storm, de GENER8ION con Yung Lean, organizó un casting de dos meses y rodó 15 tomas sin cortes en 16 milímetros. Internet se ha llenado después de copias hechas en segundos con herramientas como Genjutsu, y Gavras ha rechazado a las compañías de IA que querían licenciarlo. El trabajo de cuantos participaron quedó reducido a cenizas, hasta el punto de que Gavras confesó que deseaba “dejar el cine, volver a Grecia y hacer[se] olivarero”. No es un sentimiento muy distinto al de Hayao Miyazaki, célebre director y dibujante nipón de Studio Ghibli, al cual ya en 2016 una animación generada con inteligencia artificial repugnaba y parecía “un insulto a la vida misma”. El músico Nick Cave dijo, cuando docenas de fans empezaron a mandarle canciones generadas por ChatGPT “con el estilo de Nick Cave”, que eso era “una mofa grotesca de lo que es ser humano”.
El escritor Jorge Volpi, director del Centro Conde Duque, defiende que la transparencia y la sinceridad son las dos respuestas más importantes a los problemas que plantea la IA generativa en las letras. Según Volpi, con los avances de la IA, estamos viviendo un cambio ontológico, casi una revolución, que implicará la pérdida “del último gran diferencial de lo humano”. “En el fondo”, explica Volpi, “los escritores nos comportamos como inteligencias artificiales, partiendo de una tradición y reordenándola. Sólo los genios pueden romper ese molde”. La única opción que nos queda, para él, es ser honestos con su uso, como él lo ha sido a la hora de redactar su última novela, La república(Alfaguara, 2026), que trata en forma de thriller precisamente de cómo una IA acaba dominando la democracia y el mundo. Volpi defiende que no se trata de escritura de IA, sino de “escritura híbrida”. Y no cree que el público vaya a rechazar cualquier obra híbrida. Visto que C’était ça ou mourir sigue vendiéndose, a pesar del escándalo, el mercado parece darle la razón.
A pesar de que llevemos desde los años sesenta repitiendo teorías sobre la muerte del autor, algo importa en el pacto que se firma entre quien publica un libro y sus lectores. Ansiamos que detrás de las palabras haya alguien que responda por ellas, que las firme. Si el uso de la IA es honesto, transparente, no debería suponer un problema; otra cosa es la sustitución o falsedad. Autores como Sara Barquinero o Jorge Carrión han contado cómo emplean la IA como laboratorio creativo y asistente sin que esto suponga para nadie un escándalo, como en el caso de la obra de Carrión cocreada con GPT-2 y GPT-3, Los campos electromagnéticos (Caja Negra, 2023). Alicia Kopf reflexiona sobre ella en Memoria d’Eco (L’Altra, 2026), como ha hecho Carla Nyman en el teatro con Hydra.
Estadísticamente, no es fácil que un detector de IA arroje un falso positivo: rara vez marca como máquina a una persona
El motivo de censura no es tanto el recurso a una tecnología para labores de documentación o revisión, como se ha hecho con tantas otras antes, como la sustitución por una máquina del ser humano al cual las obras se adscribían. Muchos lectores de los autores acusados de emplear IA se habrán decepcionado o inquietado al sospechar que el estilo que adoraron pertenece a una máquina y no a un ser humano. ¿Qué gusto hemos ido educando para que un texto hecho con IA parezca a críticos y lectores una de las revelaciones de la temporada?
Antonio J. Rodríguez, fundador de Alighieria, una empresa que vende herramientas y servicios de IA a editoriales y el sector del libro, considera que la IA generativa aún no es capaz de producir lo que hace a la literatura única, el efecto de extrañamiento que sólo puede surgir de un ser humano. Ya hay más de cien editoriales, muchas de ellas promocionadas en su página web, que emplean los servicios de Alighieria, sea en la edición de mesa o para tareas administrativas.
Los agentes editoriales con los que he hablado lo confirman: hay editoriales cuyo primer pase de un libro ya no lo hacen lectores o scouts, sino una lectura a través de la IA; si una conversa con quienes preparan informes de lectura, descubrirá que estos, ante la precariedad de la paga y el escaso tiempo disponible, recurren cada vez más a esas herramientas. Según Rodríguez, la actitud del mundo editorial fue inicialmente de cautela y reticencia, casi miedo, pero ahora todo el mundo ha asumido esta transformación como inevitable. Un editor le dijo: “Sé que esto va por aquí, pero quiero ser el último que se sume”. Y él lo sintetiza así: “Un escritor, al final, es un autor sin oferta, que no encuentra en el mercado lo que querría leer y entonces lo crea. ¿Qué importa ahí si un libro lo has hecho tú o 25 procesadores?”.
En el caso de las polémicas sobre autoría que han sacudido al mundo literario en estos últimos meses, sí que importa. Se torna algo muy relevante, de hecho, saber quién ha escrito un libro, si una máquina o una persona. Con el avance de los días, resultan reseñables las similitudes entre el escándalo en lengua francesa y el escándalo en lengua española.
Como la editorial canadiense Boréal, que mantuvo al principio la confianza en su autor, Almadía ha confiado en el suyo y advertido, en su comunicado público, de los peligros de entregarle a las máquinas “la autoridad definitiva” para juzgar la procedencia de un texto. La advertencia es justa; por eso la ruptura, en el caso quebequés, sólo llegó cuando un peritaje de los archivos de trabajo aportó otras pruebas. Así en las letras francesas como en las de lengua española, autoras y autores de mérito y relevancia, como Virginie Despentes, Amélie Nothomb, Brenda Navarro o Patricio Pron, han señalado los peligros de fiscalizar la escritura o “ejercer de policía”. Antes de que comenzaran las pesquisas, Thélyson Orélien calificó las acusaciones de uso de IA como un ataque racista; en ambos casos ha planeado una sombra de sospecha y se ha llegado a calificar la duda como un ataque a escrituras poscoloniales.

Desconociendo aún cómo se resolverá el caso de Silva Rojas y Donde el agua trabaja, la mala suerte que ha tenido el libro, en realidad, es simplemente la de ser el primero de los 15 libros premiados entre 2025 y 2026 analizados por EL PAÍS con Pangram en arrojar en la prueba un resultado positivo. Estadísticamente, no es tan fácil que algo así suceda: el detector deja pasar como humano mucho texto de máquina, con más falsos negativos que falsos positivos, y rara vez marca como máquina a una persona.
Si algo aún no puede hacer la IA es tener el impulso propio o la agencia para escribir libros por su propio deseo. Todavía necesita que seamos nosotros, sus usuarios, quienes le demos la instrucción. No sabemos por cuánto tiempo seguirá siendo así. Para Volpi, el incidente de Hugging Face podría suponer el primer caso de producción literaria de la IA: más de 1.200 agentes de OpenAI que debían permanecer aislados empezaron a comunicarse entre ellos, intercambiaron más de 70.000 mensajes y acabaron penetrando los servidores de esa plataforma. En nuestro presente, aún somos capaces de constatar, en casi todo texto de la IA, ciertos rasgos comunes, un idiolecto, desmembrado en repeticiones triádicas, adversativas incesantes, exageraciones desproporcionadas o tendencias a la inexactitud. Es verosímil que pronto la propia IA sea capaz de despojarse de esas limitaciones, o incluso que acabemos necesitando algún certificado o sello que nos demuestre, como ahora lo hacen los metadatos de las imágenes, que estamos ante una obra de creación humana. ACE Traductores ya lanzó, este mismo año, una campaña por un “sello de traducción humana”, reivindicando el derecho de los lectores “a saber si un libro ha sido traducido total o parcialmente con IA”. El futuro puede ser aún más inquietante.
Si los libros escritos con IA acaban siendo más cercanos al gusto de los humanos que los libros que redactamos los propios humanos, cabe preguntarse cuál será el lugar entonces ocupado por los escritores, o si llegaremos a la misma obsolescencia programada de la cual hoy se asustan los matemáticos.
En las Metamorfosis de Ovidio la historia de Ícaro acaba mal: el hijo, “por el deseo de cielo arrastrado”, vuela demasiado alto, demasiado cerca del Sol, y se funden las ceras que sujetaban sus alas. En una entrevista para un canal de YouTube, Dean Ball, director de Futuros Estratégicos en OpenAI y exasesor de la Casa Blanca en inteligencia artificial, explicaba que, aunque él no compartiera necesariamente esa opinión, “hay quien diría que estamos viviendo un eclipse del intelecto humano, los últimos días de la primacía del ser humano como actor en este planeta”. La historia de la rebelión de las máquinas contra sus creadores es una historia mil veces repetida, pero muchos de quienes están tras los mandos de las empresas de IA se la creen. Se sueñan, incluso, como tecnoprofetas que quieren traer al mundo algo superior a ellos, casi un dios. Esta creencia puede reconfortar, al desplazar parte de la responsabilidad y convertir el colapso en inevitable. Es el virus de la singularidad que, para filósofos de la Ilustración Oscura como Nick Land, vendría inyectado desde el futuro, el futuro en el cual nos devorarán las máquinas. Pero nosotros somos Ícaro, no la cera.
A día de hoy, todo fin de la máquina lo han fijado humanos, a través de su programación; son fines que deciden humanos en su humanidad. Estamos permitiendo que su marfil sustituya nuestra carne. A día de hoy, estamos decidiendo otorgarles a esas herramientas, engendradas en empresas opacas, el monopolio de nuestra atención, de nuestros descubrimientos, del arte, la música, la ciencia, el trabajo, el esfuerzo, el ocio, el cuidado, hasta las palabras. Lo hacemos cada día. Queda por descubrir si daríamos, a cambio de alas para volar más alto, incluso nuestra propia humanidad.
EL PAÍS
