La primera vez que vi llorar a Julio Llamazares fue cuando murió su padre, en La Mata de la Bérbula, León. El padre, Nemesio Alonso, maestro de escuela, callado como el hijo, falleció en agosto de 1996. A aquella casa fuimos a decir el adiós que dejaba atrás una historia que, hasta hace más de un año, Julio no había evocado con todas sus letras.. Seguir leyendo
‘El viaje de mi padre’, por el que el escritor ha sido galardonado con el Premio Nacional de Narrativa, contiene la huella que que la Guerra Civil dejó en familias como la suya
La primera vez que vi llorar a Julio Llamazares fue cuando murió su padre, en La Mata de la Bérbula, León. El padre, Nemesio Alonso, maestro de escuela, callado como el hijo, falleció en agosto de 1996. A aquella casa fuimos a decir el adiós que dejaba atrás una historia que, hasta hace más de un año, Julio no había evocado con todas sus letras.. Cuando murió su padre, Llamazares ya era el autor de Luna de lobos y de La lluvia amarilla, dos de sus libros capitales. Era aún el muchacho que había escrito, por ejemplo, La lentitud de los bueyes, El río del olvido, Escenas de cine mudo… En La Mata, Julio era el hijo que despedía. Sus libros, los que ya había escrito entonces, y también los que escribiría (El cielo de Madrid, Las lágrimas de San Lorenzo, Distintas formas de mirar el agua, Vagalume…), explican el estado de ánimo de su vida con los otros, con la naturaleza y con su tierra.. Pero el libro mayor es el que hace un año mostró al hijo que es, al padre que tuvo y al país del que viene. El llanto comenzó aquel día de la muerte del padre, como si entonces, en La Mata, Julio hubiera empezado a escribir el viaje de su padre. La importancia de este libro supera la pasión literaria: es ahora un modo de hablar que tiene su corazón.. Ese libro es El viaje de mi padre (Alfaguara, 2025), galardonado este viernes con el Premio Nacional de Narrativa. Y es, pues, mucho más que una despedida. Es la prolongación de aquel llanto que un grupo de parientes y amigos sintieron cuando el padre ya era un recuerdo, cuyo momento más grave se inició cuando el hombre que fue a la guerra tenía 18 años y emprendía el peor de los viajes de su país y de su vida.. Allí lloró el hijo de Llamazares la pérdida del padre, pero también la deuda que este dejaba en manos del hijo: explicar qué había sido para él la huella de aquella contienda que, a los 18 años, lo puso en el camino de los azares de la muerte, ante un espacio que parecía, en aquel momento, el instante final de la historia.. Era el recuerdo del peor viaje de la España que el propio Julio explicaría en sus versos dedicados, en el libro, a los que quedaron atrás, destruidos, fuera del tiempo y de la vida: “A los que perdieron la guerra civil española, de uno y otro bando. A los que pierden todas las guerras. Y para mis hermanos”. Su canción de cuna para mi padre, que está en el frontis del libro, tiene este escalofrío: “Sé que una noche amoratada te creció un fusil / entre las manos. / Fue como una primavera de fusiles nacida a / borbotones entre un brillo nervioso de cigarros. ¿Recuerdas? / Y tú, con los zapatos sucios de miedo y de tristeza, te / marchaste a pisar aquella España llena de sangre / y de inmisericordia”.. Julio Llamazares en Teruel, durante la promoción de ‘El viaje de mi padre’ el pasado otoño.Jeosm (ALFAGUARA). Con el libro en la calle, el hijo explicó lo que significaba para él este momento del ajuste de cuentas entre la historia y el recuerdo: “Es el libro más emocional que he escrito… La guerra fracturó a mi familia. A mi padre le tocaron las tropas de Franco, como a otros de sus hermanos les tocó el lado republicano. Entonces no lo supo, pero después, con el paso del tiempo, conoció que uno de sus hermanos había luchado en las trincheras contrarias a la suya en la brutal batalla de Teruel… Es un homenaje a mi padre y a todos los jóvenes que perdieron la vida o la juventud… Mi padre, al principio, cuando regresó de la guerra, no hablaba mucho de ello, porque lo pasó muy mal, pero es cierto que con el tiempo contó algunas cosas, aunque yo no le prestara mucha atención entonces. De eso me arrepiento y esa es la razón que explica este libro. Ocurre que, cuando somos jóvenes, la única vida que nos parece digna de ser contada es la nuestra. Y luego, con el tiempo, te vas dando cuenta de que no es así, de que todas las vidas son como las hojas de un árbol que se nutren unas de otras y se relacionan todas unas con otras. Pero cuando pasa el tiempo es cuando vas descubriendo a quienes debiste escuchar… Mi padre murió pronto y sus recuerdos quedaron en ese limbo de la memoria en el que se desvanecen las vidas de los que nos precedieron y a los que no escuchamos cuando estaban vivos. Luego nos arrepentimos de ello y, como ahora, tratamos de reconstruir sus pequeñas historias con los retazos de lo que se quedó en el aire y aún alcanzamos a recordar”.. Dice también Julio Llamazares: “El libro es un homenaje a todos los que vivieron una historia que no quisieron vivir”. En la última Feria del Libro de Madrid lo vi firmando y recordé una fotografía que le hizo un amigo suyo, poeta, el fiscal Avelino Fierro, en una situación parecida. Ante el gentío, aquel joven al que la historia convirtió también en poeta parecía el que hace años escribía su Luna de lobos ante una cristalera que parecía el eco de su libro.. Atento, casi adolescente, el joven que aún no había perdido al padre escribía parte de la historia que nació en León y que, en el caso de su padre, se prolongó en una guerra que ahora es, además, el sonido de un libro que el hijo ha escrito como si lo estuviera memorizando aquel día en que todos le decíamos adiós al padre que fue a la guerra.. Decía, en uno de sus mejores versos, el poeta José Hierro: “No he dicho a nadie que estuve a punto de llorar”.
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