Una forma de vida, la adaptación que Juan Ceacero presenta hasta el 25 de enero en La Abadía a partir de la novela homónima de Amélie Nothomb, parte de una premisa esencialmente teatral: no se trata de trasladar un texto a escena, sino de reinterpretarlo desde el cuerpo, el espacio y la presencia. La novela, construida como un intercambio de cartas entre una escritora -la propia Nothomb- y un soldado estadounidense destinado en Irak, encuentra aquí una traslación que desplaza el centro de lo epistolar a una experiencia sensorial y física.. La obra se articula en torno a dos personajes profundamente distintos. Por un lado, la autora consagrada, atrapada en la disciplina y la compulsión de la escritura; por otro, un soldado que sobrevive al horror de la guerra desarrollando una adicción a la comida que transforma su cuerpo hasta lo monstruoso. Lo que interesa a Ceacero no es tanto la diferencia como el punto de contacto: «Ellos dos no se ven físicamente, sino que es un encuentro epistolar», explica. Como una especie de Lost in Translation, lo que los une no es tanto una afinidad como un reconocimiento en la intemperie: dos personas que se encuentran porque ambos están, de algún modo, desubicados.. El cuerpo del soldado se convierte en el eje simbólico del montaje. «Es un cuerpo desmedido, gigante, que es una metáfora de la voracidad y el horror de la guerra», señala Ceacero. En la novela ese cuerpo existe solo en la imaginación del lector, pero en escena ocupa espacio, invade. El teatro introduce así una diferencia radical: la materialidad transforma la relación entre ambos.. «Me interesaba la lectura de que el soldado es una creación de la autora, como una especie de Frankenstein». Desde ahí emerge uno de los núcleos principales de la propuesta: la reflexión sobre la creación. Ceacero lee la historia como una metáfora del vínculo entre autor y criatura. «Había una posible lectura que a mí realmente me interesó: que el soldado es una creación de la propia autora», afirma. Él no escribe solo para ser leído, sino para existir; reclama una corporalidad, una presencia que la escritura no le garantiza del todo. Esa tensión al director le remite de forma indirecta al mito de Frankenstein: la criatura que interpela a quien lo ha creado, no pidiendo salvación, sino reconocimiento.. La teatralidad permite además adentrarse en zonas que el texto literario solo sugiere. El montaje bordea en varios momentos el territorio de la fantasía y el terror. «Hay momentos en los que no sabemos si estamos viendo un pequeño cuento de terror», explica Ceacero. La guerra, la obesidad y la imaginación se funden en imágenes casi alucinadas, donde el relato abandona lo literal para convertirse en una especie de estado mental. La escena se mueve así entre lo narrativo y lo poético, entre lo concreto y lo fantástico.. Ese desplazamiento se apoya en una propuesta visual potente: la escenografía de Paola de Diego, junto con la iluminación de Rodrigo Ortega y el espacio sonoro construyen un universo abstracto que, más que ilustrar el texto, dialoga con él y lo retroalimenta. «Hemos tratado de construir un universo que tenga un sentido propio, más allá de la novela», señala Ceacero. El espacio se vuelve expresivo, atmosférico, capaz de traducir las sensaciones más que las acciones.. Actor de formación, Ceacero interpreta también al soldado, convirtiendo su cuerpo en lugar de transformación. La mutación de su personaje es progresiva y visible; la de la escritora, más sutil, pero igualmente atravesada por el vínculo. «Los cuerpos no solamente están contando, sino que están siendo», resume. Esa encarnación marca la distancia definitiva con la lectura: el teatro convierte la historia en experiencia compartida.. ¿Y cómo cree que puede recibirla el público? Ceacero anticipa una reacción ambivalente. «Puede que haya algo de estupor y admiración, pero no es una obra del todo cómoda», afirma. Una forma de vida propone una experiencia fascinante pero perturbadora, elegante y excesiva por momentos, que combina ironía y extrañeza. Un espectáculo que no busca acomodar al espectador, sino arrastrarlo a una especie de sueño inquietante en torno al cuerpo, la creación y esos monstruos que a veces fabricamos para sobrevivir.. En ese sentido, el montaje no propone una lectura cerrada, sino una serie de resonancias. La obra avanza dejando preguntas abiertas, sin resolver del todo si lo que se ve pertenece al terreno de la ficción, del sueño o de una emoción más profunda. Ceacero insiste en ese limbo ambiguo como espacio teatral de lujo: un lugar donde lo real y lo imaginado conviven, y donde el espectador es invitado no tanto a comprender como a atravesar la experiencia.
La Lectura // elmundo
Protagonista y director, Ceacero lleva a escena en La Abadía una adaptación de la novela de Amélie Nothomb Una forma de vida, un inquietante duelo entre escritura, cuerpo y creación Leer
Protagonista y director, Ceacero lleva a escena en La Abadía una adaptación de la novela de Amélie Nothomb Una forma de vida, un inquietante duelo entre escritura, cuerpo y creación Leer
