La escritora Fatima Daas (Saint-Germain-en-Laye, Francia, 30 años) irrumpió en 2020 con La hija pequeña, un relato sobre su juventud como lesbiana, musulmana e hija de inmigrantes argelinos criada en la periferia de París, adaptado recientemente al cine. Ahora publica Jugar el juego (Cabaret Voltaire), una novela sobre una adolescente brillante a quien prometen el acceso a un centro académico de élite. Con esta segunda novela, Daas cuestiona las trampas de la meritocracia y el espejismo de la integración para los hijos de inmigrantes en una sociedad que parece biempensante, pero no deja de ser racista. Seguir leyendo
La escritora Fatima Daas (Saint-Germain-en-Laye, Francia, 30 años) irrumpió en 2020 con La hija pequeña, un relato sobre su juventud como lesbiana, musulmana e hija de inmigrantes argelinos criada en la periferia de París, adaptado recientemente al cine. Ahora publica Jugar el juego (Cabaret Voltaire), una novela sobre una adolescente brillante a quien prometen el acceso a un centro académico de élite. Con esta segunda novela, Daas cuestiona las trampas de la meritocracia y el espejismo de la integración para los hijos de inmigrantes en una sociedad que parece biempensante, pero no deja de ser racista. Seguir leyendo
La escritora Fatima Daas (Saint-Germain-en-Laye, Francia, 30 años) irrumpió en 2020 con La hija pequeña, un relato sobre su juventud como lesbiana, musulmana e hija de inmigrantes argelinos criada en la periferia de París, adaptado recientemente al cine. Ahora publica Jugar el juego (Cabaret Voltaire), una novela sobre una adolescente brillante a quien prometen el acceso a un centro académico de élite. Con esta segunda novela, Daas cuestiona las trampas de la meritocracia y el espejismo de la integración para los hijos de inmigrantes en una sociedad que parece biempensante, pero no deja de ser racista.Pregunta. En el libro cita a Marguerite Duras: “Escribir es gritar sin ruido”. ¿Por eso escribe?Respuesta. Leí esa frase en el instituto y me impactó. Escribir me permite decir cosas que no siempre se quieren oír. Es un grito, sí, pero no solo de rabia: también hay contención y pudor. Parece que no haga mucho ruido, pero no deja de ser un alarido.P. Ese pudor marca su forma de escribir y de vivir.R. La oralidad no es el registro en el que me siento más cómoda. Escribir me permite explorar la tensión entre decir y no decir, entre mostrar algo y reservar una parte para mí. De joven, nunca llegué a casa y le anuncié a mi madre: “¿Sabes qué? Soy lesbiana”. En un espacio queer, en cambio, es una palabra que pronuncio sin dificultad. El lenguaje cambia según dónde estés.P. ¿Y esta adaptación constante no resulta un poco esquizofrénica?R. No usaría ese término. Es una forma de navegar en un mundo hostil cuando estás en el cruce entre varias discriminaciones. Adaptarse no significa escindirse: hay distintas maneras de decir, de callar y de encontrar las palabras justas según quién se tiene delante. También es una cuestión de respeto hacia quien escucha, de no imponerles tu lenguaje. Nadie es la misma persona según dónde esté, según cómo le miren y según los riesgos que corra.P. Tiene pareja y una hija. ¿Sigue funcionando ese equilibrio?R. Sí. No escondo a mi hija ni a mi pareja. Todo está ahí y todo se sabe. No ha habido una gran conversación solemne, pero tampoco una ocultación. Mi madre trata a mi hija como a su nieta y a mi mujer como a su nuera. Eso me basta. No necesito que me diga que está orgullosa de que sea lesbiana. Hay una aceptación que se expresa de otras formas. Salir del armario se ha convertido, a veces, en una obligación. No lo comparto. No niego que haya personas que lo necesiten, pero no es la única forma válida de vivir tu sexualidad. P. La hija pequeña la convirtió muy joven en un símbolo. ¿Qué coste tuvo?R. Fue muy violento. Me transformaron en un estandarte: se suponía que debía representar a las personas LGTBIQ, no blancas, musulmanas y de los suburbios. De repente, todo lo que dices se interpreta como si fueras portavoz de una multitud. Eso presupone que no tenemos individualidad, como si todos pensáramos igual. Se habló menos de mi escritura que de teología. Me s
