Primera novela del mago Pynchon desde Al límite (2013) y, a juzgar por su edad provecta, presumamos que la última. Y sí, era de prever que el calado de esta entrega fuese menor que el de sus míticas obras maestras, La subasta del lote 49 (1966), El arco iris de gravedad (1973) o Mason & Dixon (1997), amparadas casi todas ellas por la más ortodoxa estética de la posmodernidad, y no cabía a estas alturas esperar nuevos trucos. A oscuras, sin embargo, es una extraordinaria criatura pynchoniana, promiscua y miscelánea como sus antecesoras, una fiesta concurrida y pasada de vueltas que actúa de caja de resonancia de su obra entera, a la que no alude de forma explícita o desde la tentación de la autoparodia sino con la traviesa intención de despedirse de ella involucrando a su lector, que pronto entiende que le ha sido encargada una labor detectivesca, la de seguir las pistas que en el texto han ido dejando las novelas anteriores.. Seguir leyendo
Primera novela del mago Pynchon desde Al límite (2013) y, a juzgar por su edad provecta, presumamos que la última. Y sí, era de prever que el calado de esta entrega fuese menor que el de sus míticas obras maestras, La subasta del lote 49 (1966), El arco iris de gravedad (1973) o Mason & Dixon (1997), amparadas casi todas ellas por la más ortodoxa estética de la posmodernidad, y no cabía a estas alturas esperar nuevos trucos. A oscuras, sin embargo, es una extraordinaria criatura pynchoniana, promiscua y miscelánea como sus antecesoras, una fiesta concurrida y pasada de vueltas que actúa de caja de resonancia de su obra entera, a la que no alude de forma explícita o desde la tentación de la autoparodia sino con la traviesa intención de despedirse de ella involucrando a su lector, que pronto entiende que le ha sido encargada una labor detectivesca, la de seguir las pistas que en el texto han ido dejando las novelas anteriores. Seguir leyendo
Primera novela del mago Pynchon desde Al límite (2013) y, a juzgar por su edad provecta, presumamos que la última. Y sí, era de prever que el calado de esta entrega fuese menor que el de sus míticas obras maestras, La subasta del lote 49 (1966), El arco iris de gravedad (1973) o Mason & Dixon (1997), amparadas casi todas ellas por la más ortodoxa estética de la posmodernidad, y no cabía a estas alturas esperar nuevos trucos. A oscuras, sin embargo, es una extraordinaria criatura pynchoniana, promiscua y miscelánea como sus antecesoras, una fiesta concurrida y pasada de vueltas que actúa de caja de resonancia de su obra entera, a la que no alude de forma explícita o desde la tentación de la autoparodia sino con la traviesa intención de despedirse de ella involucrando a su lector, que pronto entiende que le ha sido encargada una labor detectivesca, la de seguir las pistas que en el texto han ido dejando las novelas anteriores.
Así actúa nuestro sufrido héroe, el detective privado Hicks McTaggart (que evoca a sus homólogos Doc Sportello, el investigador de Vicio propio, de 2009, y Lew Basnight de Contraluz, que por cierto reaparece aquí, inmersos ambos en novelas noir de sarcásticos diálogos a lo Bogart y ecos de su admirado Le Carré), tratando de rastrear por la vieja Europa las huellas de la desaparecida señora Daphne Airmont, cuya condición de rica heredera de una empresa, por cierto, trae a la memoria a Edipa Mas, aquella albacea de una fortuna inmensa que protagoniza La subasta del lote 49.
Transitan por la enmarañada historia satírica de este Shadow Ticket en la que Hicks anda perdido (el título original remite en slang a una suerte de ‘encargo irregular’ o ‘caso encubierto’ que ya encauza las expectativas del lector) los grandes temas del autor y sus inequívocas extravagancias literarias: la enfermiza investigación de la Historia atravesada por una lente deformante; el absurdo semántico y la yuxtaposición ilógica de raíz surrealista (“Otra influencia, entonces demasiado reciente para mí, por lo que no podía abusar de ella como lo he hecho luego, es el surrealismo”, escribe en el preliminar de Un lento aprendizaje, y desde entoncesVivaldi convive con la lasaña casera en La subasta del lote 49 como en A oscuras navega un submarino austrohúngaro por el lago Michigan); la paranoia endémica escindida en sectas siniestras como el Sínodo Luterano de Misuri y en grotescas organizaciones secretas o esotéricas y redes de poder como U-Ops o El Imperio del Queso, remedos de PISCES en El arco iris de gravedad o de T.W.I.T o The Byfrost Group en Contraluz (2006); los nazis, iconos del totalitarismo, que se citan en La subasta del lote 49 y figuran en El arco iris de gravedad o en V (1963); la fórmula cult & pulp; la obsesión por la música, aquí también en collage; una delirante imaginación (hordas de fascistas en moto, los vladboys, recorriendo Transilvania como precursores de los Ángeles del Infierno); y la idea de una trama entrópica, nacida de la técnica del contrapunto anárquico aprendida de Faulkner, de una idea axial de desorden y de la incertidumbre de lo que se percibe como aleatorio, que se convierte sin remedio en el laberinto en el que perderse, y que lejos de provocar ansiedad, genera excitación.

La historia centrífuga que se relata en A oscuras, tan reminiscente de las de Nabokov —cuya sofisticada prosa burlesca ya se asoma a la tentativa de parodia de Pálido fuego que escribió en el relato ‘La integración secreta’, de 1964, y se imagina uno a Pynchon tomando apuntes sobre las tragicomedias de Kafka en las clases del autor de Risa en la oscuridad a las que asistió—, arranca como un relato hardboiled que va dispersándose hasta convertirse en la caricatura de un mundo desquiciado que vaticina el nuestro y que se origina en lo que Eric Hobsbawm denominó The Jazz Scene, que en buena medida coincide con la Gran Depresión de los Estados Unidos, el gangsterismo fruto de la Ley Seca y las intrigas de la Mafia y el despertar del fascismo en una Europa ingenua de posguerra y cabarets que no imaginaba su inminente ruina. Milwaukee, 1932. Pronto el FBI conspirará con la plutocracia de Wall Street para derrocar a Roosevelt e invalidar su New Deal, y Hitler al otro lado del Atlántico sustituirá la República de Weimar por sus funestos sueños de grandeza imperial. “Estamos a punto de entrar en una edad oscura, chico”, dice un personaje. Y enseguida advierte el lector la voz premonitoria de Pynchon, que se remonta a los años treinta pero se refiere a hoy.
Hicks trae a la memoria a Marlowe, el detective de Chandler, si bien Pynchon pondera su desengañado cinismo con un aire vulnerable de bailarín y de antiguo matón redimido, en cualquier caso menos existencialista y más humano, atrapado en diálogos de cómic como los que pintaba Roy Lichtenstein entre la violencia y la seducción de rubias con rouge que dicen “Puedes llamarme Daphne, eso funcionó en el pasado”. Y en la crónica de la inestabilidad política y la deriva hacia la autocracia en Estados Unidos, y la invención de un golpe de estado, se advierten analogías con La conjura contra América de Philip Roth, no tanto por su ucronía cuanto por el ludismo de la ficción especulativa, habida cuenta de que el vértigo de la Historia alternativa en Roth es en Pynchon la parodia de una historia persuasiva en la que sigue muy presente su libérrimo estilo, heredero del de Henry Miller, y su adictiva poética del reciclaje y el pastiche, la misma que jugaba en Contraluz con los westerns pulp de Zane Grey, el terror gótico victoriano de Stoker (A oscuras también cita a Bela Lugosi), o la ciencia ficción de Verne.
A oscuras es más vertiginosa que muchas de sus antecesoras, más vodevilesca y menos críptica, de modo que menos esfuerzo necesitará el lector para disfrutar de este último carnaval enloquecido y absurdo que ha convocado Pynchon, oculto tras una máscara de augur, para comunicar su último presagio del fascismo y decirnos “¿lo veis?, os lo dije, el fascismo siempre vuelve con sus grotescos personajes (¡que son los míos!), y ya está aquí, y nos dejará a oscuras”. La excéntrica ficción pynchoniana ya es nuestra realidad.

Thomas Pynchon
Traducción de Vicente Campos González
Tusquets, 2026
400 páginas, 23,90 euros
EL PAÍS
