Tal vez lo primero en lo que habría que ponerse de acuerdo, tanto en la ciudad como en el mundo, es en qué es la buena vida. Para los quechuas, el buen vivir (sumak kawsay), consiste en tener una existencia acorde con los ritmos naturales, en equilibrio con el propio cuerpo, la comunidad y el entorno natural; no en acumular riquezas, practicar la opulencia y colgarlo en Instagram.. Seguir leyendo
La arquitecta Izaskun Chinchilla explora en su nuevo ensayo ‘Los barrios del buen vivir’ (Catarata) cómo hacer una ciudad apta para criar, dormir, sanar, pasear o cortejar
Tal vez lo primero en lo que habría que ponerse de acuerdo, tanto en la ciudad como en el mundo, es en qué es la buena vida. Para los quechuas, el buen vivir (sumak kawsay), consiste en tener una existencia acorde con los ritmos naturales, en equilibrio con el propio cuerpo, la comunidad y el entorno natural; no en acumular riquezas, practicar la opulencia y colgarlo en Instagram.. En esas ideas se inspira la arquitecta Izaskun Chinchilla (Madrid, 51 años) para pensar en cómo vivir bien en la ciudad. No solo en eso, también en las corrientes de la crianza respetuosa, que denomina como “la gran revolución política de los últimos tiempos”. Cualquiera que se acerque a este tipo de crianza descubrirá que sus principios se pueden aplicar a cualquier persona de cualquier edad. Las personas criadas respetuosamente, y no bajo criterios de autoridad, abordan de otra manera sus derechos y el espacio público, piensa la arquitecta, y no caen en la “falta de confianza y de ciudadanía: esa sensación de que lo común no es tuyo”. Chinchilla también aplica esas ideas a la ciudad.. Más información. Así, en su reciente libro Los barrios del buen vivir (Catarata), la catedrática de Práctica Arquitectónica del University College de Londres piensa cómo hacer ciudad en torno a ejes como nacer, criar, dormir, comer, sanar, jugar, cortejar y caminar. Parece sencillo, pero, dada la deriva de nuestras urbes, no lo es en absoluto. Aun así, el texto está lleno de ejemplos actuales, de proyectos (algunos del estudio de la propia autora) y también de modelos históricos de urbes donde se supo vivir bien en alguna faceta. En tiempos de crisis urbana, invita al optimismo.. Por ejemplo, la Barcelona modernista fue un buen lugar para criar, pues hubo iniciativas para facilitar la lactancia de los niños expósitos. La San Sebastián del XIX, cuando se popularizaron los baños de mar, fue una buena ciudad para sanar. El Renacimiento de Harlem, en los años veinte y treinta, fue un momento excelente para la creatividad en la comunidad afroamericana en aquel barrio neoyorquino. O la inglesa ciudad Bath del XVIII, planificada como un “salón urbano” propicio a los encuentros, fue una buena ciudad para encontrar pareja.. Chinchilla, en el Centro Cultural de España en Tegucigalpa (CCET), en Honduras. Délmer Membreño. Con respecto al cortejo —uno de los aspectos más llamativos del discurso de Chinchilla—, es notorio que las ciudades contemporáneas no suelen ser propicias al amor y en el texto de la arquitecta se encuentran resonancias del poema Inventario de lugares propicios al amor, donde el poeta asturiano Ángel González enumera los precarios lugares en los que los amantes podían retozar en los tiempos de la dictadura, “este tiempo hostil, propicio al odio”. La arquitecta imagina ciudades donde se recuperen rosaledas, espacios para el baile, lugares en penumbra y de cercanía acuática, en tiempos en los que la mayor parte del cortejo se hace por internet (lo que podría explicar el creciente desinterés en la vida nocturna, tradicional espacio del ligoteo). “La ciudad siempre ha funcionado como un catalizador para las relaciones sociales y, por supuesto, para las relaciones amorosas”, dice la arquitecta. “Ahora todo eso lo hemos empaquetado y lo hemos metido en nuestros teléfonos”.. Una ciudad para cuidarnos. En un seminal trabajo anterior, La ciudad de los cuidados (Catarata, 2020), Chinchilla ya denunciaba las ciudades vertebradas por el tráfico rodado y centradas en la producción, no en la reproducción. Todo pensado para el trabajo y el ocio mercantilizado (que es como trabajar al revés) antes que en los cuidados y la vida buena.. Los planificadores urbanos, dice ahora Chinchilla, han cometido numerosos errores a lo largo del siglo XX. Por ejemplo, cuando se apostó por la alejada ciudad jardín, que hacía inevitable el uso del coche, o con la promoción del bloque abierto, que destruía el tejido urbano y dejaba espacios vacíos difíciles de hacer propios. Los PAU periféricos son el epítome de esa ciudad segregada y deshumanizada, con urbanizaciones cerradas, poco tránsito, sin comercio, sin mezcla de usos. “Es preciso observar de verdad cómo se produce la vida, actuar tentativamente, más allá de las hipótesis iniciales de los técnicos”, dice la arquitecta.. —¿Nos hemos olvidado de construir ciudades?. —Sí. Partíamos de un buen modelo urbano, la ciudad mediterránea, compacta, caminable, con espacios públicos adaptados a la climatología y una excelente mezcla de usos. Esa fórmula, que estaba bien asentada y era nuestra forma de entender la ciudad, se empieza a echar a perder en la segunda mitad del siglo XX, sobre todo con el predominio del coche. Los nuevos barrios, como los PAU, las ciudades dormitorio, no suelen ser ciudades, sino extensiones edificatorias sin mezcla de usos.. Uno de los últimos fenómenos en el ámbito urbano es la llegada de una era “poscomercial” en la que muchos bajos comerciales, tiendas de toda la vida, cierran y son convertidos en viviendas o pisos turísticos. Chinchilla habla de una necesaria “revolución de la planta baja” que consistiría en aprovechar esos espacios de otras maneras ahora que no podemos fiar la animación urbana al comercio tradicional. “No puede haber una privatización sistemática de la planta baja; es una gran oportunidad de volver a modelos buenos de ciudad”.. La arquitecta urbanista española Izaskun Chinchilla, en los alrededores del Centro Cultural de España en Tegucigalpa (CCET), en Honduras. Délmer Membreño. Sugiere coworkings para que las empresas no exijan ir a diario a la sede principal y otros equipamientos de proximidad, que los equipamientos públicos se infiltren de nuevo en los barrios a escala más cercana. Y exigir cuentas al sector privado: “Si una multinacional pone sus oficinas en un barrio tradicional, puede compensar el impacto invirtiendo en los derechos comunitarios. Por ejemplo, las cantinas de las empresas pueden servir a los vecinos menús a bajo precio”, piensa la arquitecta.. —Se puede entender de forma bastante intuitiva qué es lo bueno en una ciudad: pocos coches, verde, aire limpio, agua, sombra. Sin embargo, muchas veces parece que se busca lo opuesto. ¿Por qué?. —Hay una tensión muy fuerte de beneficio inmobiliario actuando en la ciudad. Está condicionando absolutamente todas las decisiones. Durante las últimas décadas la ciudad no se ha planificado pensando en la calidad de vida del ciudadano. La ciudad buena parece intuitiva porque vivíamos en ciudades que funcionaban bien. ¡Hay miles de pueblos que son así! Pero ahora lo que se busca es un mayor rendimiento económico.. En contra de las propuestas de Chinchilla, muchas grandes ciudades parecen obsesionadas por competir en el mercado global de los relatos urbanos, atraer miradas, turismo, inversión, como las ciudades globales que teorizó Saskia Sassen, imanes de todo tipo de flujos, siempre pensando en los que miran desde fuera antes que en los que viven dentro. “Hay un interés muy importante en las ciudades. Eso ha generado la idea de los rankings de ciudades populares por diferentes motivos y los alcaldes quieren estar ahí. Pero es que las ciudades españolas ya son de las más atractivas del mundo, pero por el estilo de vida que hemos construido en comunidad”, dice Chinchilla. “Si no dejamos de mirar hacia fuera, nos vamos a cargar ese modelo de convivencia que las hace atractivas. Pero soy optimista, porque creo que la ciudadanía está despertando”.
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