Elías Crespín, el artista invitado en el estand de EL MUNDO en Arco, no le suena bien la palabra artista aplicada a sí mismo. Reacciona de inmediato. La incomodidad permea la conversación telefónica. Así que, ¿quiénes somos los demás para llamarlo artista? De todas formas, es inevitable mirar la obra de este venezolano afincado en París y no sentirse un espectador. «Tal vez era artista sin asumirlo ni identificarme conscientemente. La gente empezó a catalogar como obras de arte a mis fabricaciones. Producen una reacción en el público. Pero hay una connotación estereotipada de lo que es un artista. Por eso tengo un poco de recelo a autodenominarme artista. Artista es un cóctel con muchos ingredientes. ¿El que las produce es artista? Hoy en día lo asumo. Bueno. Hay que aceptar algunas convenciones. Pues sí. Lo soy», se resigna a su destino este diletante a unos días de inaugurar el espacio del periódico en la feria.. Es venezolano, tiene 61 años y vive en París, ajeno a la diáspora lanzada a España por la situación política de su país. Su familia se trasladó a la ciudad francesa por motivos de trabajo. «Hace 18 años le ofrecieron a mi mujer un posdoctorado acá. Muy interesante, vamos. Ahora trabaja en el Instituto Pasteur. Yo ya trabajaba con mis obras de arte y pensé que París podría ser buena plaza. Era una oportunidad de establecer contactos, presentar la obra en exposiciones, entrar en la sociedad francesa. Una cosa lleva a la otra y al final acabaron por invitarme a exponer de manera permanente en el Louvre. Por lo menos tengo una obra en el museo», cuenta.. Alcanzar el Louvre, según los medios de su país, fue una hazaña. Fue el primer latinoamericano vivo en acceder al museo. Con motivo del 30 aniversario de la pirámide, en 2019, el museo le encargó una de sus obras y allí ha dejado L’Onde du Midi (La onda meridional), 128 hilos colgados que forman, al mirarlos en perspectiva, otra pirámide ondulante que flota. Hay cierta sensualidad en la manera de ocupar el espacio. La obra parece reposar y planear. Está acoplada.. «Hay una connotación estereotipada de lo que es un artista. Por eso tengo un poco de recelo a denominarme de ese modo». Elías Crespín es ingeniero informático. Por eso, sus obras son instalaciones manufacturadas de manera artesana que cobran vida mediante la aplicación de un algoritmo programado para hacerlas oscilar. El algoritmo mueve pequeños motores repartidos por los materiales. Puede considerarse nueva naturaleza. Su reflejo manda un mensaje un tanto inquietante. ¿Podría estar programado el movimiento de las hojas de los árboles? ¿Podría haber algún algoritmo detrás de la brizna de hierba? ¿Acaso el oleaje está programado de antemano? «No busco nada específico. Busco sentirme bien por hacer mis obras. Trato de no influir en el público. De no darle una idea preconcebida. Que la danza del objeto le evoque lo que sea en su imaginario. Defino mis obras como danzas geométricas suspendidas. Fundamentalmente, sin mayor representación o búsqueda específica. Quiero ser parte de la Humanidad. Mi mensaje es muy básico, muy primigenio en la percepción humana, pero no es algo que haga de manera consciente. Mis obras son algo que produzco de una manera muy básica e intuitiva. Algo dice, sí, pero no es algo que puedas mencionar o decir. Como digo, no es algo consciente».. De la misma colección: ‘Circuconcéntricos’Loris Artisson. Mientras terminaba la carrera de Informática, elaboraba algunas piezas, sus primeros cachivaches. Echaba su suerte a lo abstracto, siempre a una distancia prudencial del rango de artista. De la carrera salió con las matemáticas muy empolladas. «Estudié cinco semestres de matemáticas. Paralelamente llevaba conceptos a la práctica. Sobre todo los que tenían que ver con visualización de funciones y conceptos matemáticos en el espacio. Estos conceptos los llevaba a la computadora. Fui programando pequeños programas que implementaban la graficación de esos conceptos en la pantalla. Viéndolo en perspectiva, me dio las herramientas para lo que hago ahora». Sintió la epifanía al ver un cubo de nylon de Jesús Soto. «Fue en el año 2000. Pensé en que si todas las funciones pudieran gobernar ese objeto sería fantástico. No fue inmediato. Me puse a experimentar. Después de dos años logré dar con mi primera obra. Todavía hay prueba y error».. Llamó Malla Electrocinética I a la primera obra. Empezó a trabajar en ella en el año 2002. Hasta 2004 no presentó la combinación de acero inoxidable, plomos y nylon cubiertos por un sistema de motores dirigido, a su vez, por una interfaz electrónica. En su página web un vídeo muestra la idea en movimiento. Y el movimiento, también ahora, conecta con un runrún secreto. Malla Electrocinética I parece un pedazo en reparación del caudal de un río.. Muy pocos fenómenos son espontáneos. La llegada de Elías Crespín a la creación lleva un rumor genealógico de fondo. Tenía cinco años cuando sus padres, dos matemáticos, volvieron a Caracas desde Boston. En Caracas, el niño Crespín encontró en casa de su abuela, la escultora Gertrud Goldschmidt, Gego, un recreo con influencias artísticas espontáneas. La residencia definitiva. Gerhard Leufert, el diseñador gráfico, pintor, dibujante y fotógrafo alemán, conocido en Venezuela como Gerd, fue su abuelo. «Fue determinante en el sentido en el que todo nieto recibe de su abuelo o su abuela una gran influencia», relativiza la influencia heredada.. Lo cierto es que algo palpita hoy de aquella niñez. «Iba a pasar la tarde después de la escuela. Me ponía a hacer actividades. Siempre se alegraba de recibir a los nietos. No sólo era jugar. Muchas veces construíamos para jugar después. Le ayudábamos en el taller a doblar alambritos para sus esculturas. Era divino ver semana a semana evolucionar su obra. Al principio ves el boceto, las primeras fases, luego la manera en que se va concretando hasta que la ves colgada en la sala de la casa, lista. Es un proceso muy rico que te va quedando como experiencia. Nunca me había propuesto ser artista, pero cuando se dio la posibilidad, estaba preparado».. No sabe si su obra es una evolución de la obra de Gego. Claro que su obra camina de manera independiente, pero algunas referencias están incrustadas. Puede que de manera freudiana o involuntaria. «Habrá que ver con lupa para decir en qué se parece una obra a otra», considera. «Hay similitudes genéricas. Doblé alambritos con mi abuela y los he doblado para hacer mis obras. Hay que tener cuidado con eso de que se parecen mucho. Ella es una maestra grandísima y no me siento en paralelo a ella ni remotamente. Sí siento que me pasó una especie de testigo para seguir aquí, en la experimentación visual», aclara.. Sus algoritmos le permiten actuar sobre la pieza a distancia. Por control remoto, puede dar una orden y entonces la pieza oscilará de otra manera, habrá otra nota en la partitura callada trabajando sobre el crespín, podrá modificar el aire que sopla sobre sus estructuras. Solo lo hace con permiso del coleccionista. Cuando hay que reparar algún bloqueo. «Lo mejor es poder ayudar a distancia. Es cómodo y práctico. No lo suelo hacer porque no tengo retroalimentación del movimiento de los motores, ni tampoco lo hago sin avisar, sería muy invasivo. Me abstengo de manipular a distancia la obra. En caso de necesidad, hacemos una videollamada. Es la cosa más normal del mundo. Con feedback, se puede ajustar».. ‘Circuconcéntricos aluroge’. Aluminio pintado. De 2016Loris Artisson. Todas las secuencias tienen una duración de 20 o 15 minutos. Quiere cambiar el menú con una actualización automática. Así cambiará la obra según la pista elegida. «Reciclo algunas fases del algoritmo. Hay armonías, ondulaciones, que cambian la obra. Si la obra es grande, se puede hacer con una mayor amplitud. Hay algunas obras que tienen más libertad entre sus elementos. Y otras que tienen menos porque no están unidos físicamente. De esa manera hay un efecto o fenómeno de libertad». La Inteligencia Artificial (IA) no ha entrado todavía en su semillero de fórmulas. «Todavía no le he dado la libertad de concebir el algoritmo de la danza. Hay que darle muchísimas instrucciones. Es más fácil agarrar la consola actual que utilizo con un panel de instrumentos que permite dar formas y alturas específicas. Cuando me gusta, las registro como coreografías. Tampoco quiero dejar a un algoritmo autónomo producir la danza porque siento que la obra es menos mía. Que está colonizada», admite.. «Defino mis obras como danzas geométricas suspendidas. las produzco de una manera muy intuitiva, con un mensaje muy básico». La política no interfiere demasiado en su trabajo. Elías Crespín tiene una manera de afrontar lo que sucede o va a suceder o está sucediendo en su país sin histerias. «Soy un rebelde o revolucionario silencioso. Reacciono con mis obras. Son danzas poéticas hechas con tecnología, máquinas de paz. No soy activista. Ni me corto las venas. Ni tengo vena de líder, ni de dirigente. Soy muy escéptico. Hay cambios importantes ahora que ojalá resuelvan la situación. No sé si son positivos o negativos. Los venezolanos somos meros espectadores. No soy actor ni gestor de lo que está pasando. Ni quiero serlo. Déjenme haciendo mi arte. Si hace bien y ayuda, mejor».. Elías Crespín, en fin, trae Trinet a EL MUNDO. Un resumen de todo lo que es. ¿Y qué es? «Es una organización seriada de varillas de aluminio en forma de gran rectángulo. Las varillas forman cada tres un triángulo; están organizadas de forma adyacente en varios triángulos que forman un rectángulo. Esas varillas que forman triángulos no se tocan. Están cerca. Es un triángulo indicado».. Es su manera de ordenar la belleza con matemáticas. El proceso lo culmina el espectador. «A través del pensamiento. Con un proceso interno. Propongo un proceso psicológico». Aclarado.
La Lectura // elmundo
El venezolano, nieto de la escultora Gego, presenta en el estand de EL MUNDO en Arco sus piezas en suspensión, que ya instaló el Louvre Leer
El venezolano, nieto de la escultora Gego, presenta en el estand de EL MUNDO en Arco sus piezas en suspensión, que ya instaló el Louvre Leer
