
La pareidolia es un fenómeno que consiste en ver caras o figuras (por ejemplo, un dragón en una nube) a partir de un objeto real porque el cerebro busca patrones conocidos. Algo parecido es lo que llevaba ocurriendo desde hace décadas en el Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas (Jaén), pero con una enigmática inscripción grabada con letras latinas sobre una especie de dintel y con restos de pigmentación negra sobre los surcos: [DIV]I FIL[I]O / DIVO[—]. Es decir, hijo del divinizado, del divino, del emperador. Pero, ¿de cuál?
Un especialista en inscripciones ha descubierto que un pretendido dinte romano de las montañas Cazorla es en realidad un marcador del siglo XX
La pareidolia es un fenómeno que consiste en ver caras o figuras (por ejemplo, un dragón en una nube) a partir de un objeto real porque el cerebro busca patrones conocidos. Algo parecido es lo que llevaba ocurriendo desde hace décadas en el Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas (Jaén), pero con una enigmática inscripción grabada con letras latinas sobre una especie de dintel y con restos de pigmentación negra sobre los surcos: [DIV]I FIL[I]O / DIVO[—]. Es decir, hijo del divinizado, del divino, del emperador. Pero, ¿de cuál?
El historiador de la Antigüedad y arqueólogo David Martínez Chico fue requerido por agentes medioambientales de Jaén y la Región de Murcia para que estudiara la inscripción. Director de la Revista Numismática Hécate, el doctor en Arqueología e investigador de la Universitat de València se puso manos a la obra. “Parecía una referencia clara a un hijo del divinizado. La fórmula remitía, al menos en apariencia, al lenguaje de la titulatura imperial romana, al culto dinástico y a inscripciones de carácter oficial. No era descabellado pensar, en un primer momento, en el fragmento de un dintel, en un pedestal honorífico, en un monumento viario o, incluso, en un miliario en una zona fronteriza entre la Tarraconensis y la Baetica”.
Pero la epigrafía no consiste solo en “ver letras”, señala. “Consiste en entender un objeto: su soporte, su contexto, su técnica de talla, su pátina, su función y su paisaje”, explica este especialista en el periodo comprendido entre el reinado de Augusto y el siglo VI.
Martínez Chico pronto se dio cuenta de que la palabra DIV en realidad era una clave administrativa que significaba Demarcación IV, mientras que la O “no era una letra latina, sino un signo auxiliar, decorativo o de cierre dentro del sistema gráfico empleado”. En cuanto a los signos FII no señalaban otra cosa que “unidades internas de ordenación del monte —cuarteles, cantones, tramos o sectores—, vinculados a la ordenación forestal”.
“La pieza, por tanto, no se correspondía con una inscripción romana, pero no por ello carecía de valor. Era un mojón de demarcación forestal vinculado a la ordenación histórica de los montes de Cazorla”, asevera.
Este tipo de marcas en los bosques jiennenses se desarrolló a finales del siglo XIX. Está documentado en proyectos e intervenciones sobre los montes Navahondona, Guadahornillos, Vertientes del Guadalquivir o Poyo de Santo Domingo. Sin embargo, la materialización física de muchas de estas marcas sobre el terreno —calles, callejones, linderos, postes indicadores y mojones labrados— parece corresponder sobre todo al primer tercio del siglo XX.
En este proceso destacó la figura de Enrique Mackay Monteverde, ingeniero de montes estrechamente ligado a la historia forestal de Cazorla. Bajo su etapa, a principios del siglo XX, se impulsaron trabajos de ordenación, señalización y defensa de las masas forestales. Señalizó los montes con piedras labradas que marcaban los cuarteles y límites de cada zona forestal.
Martínez Chico recuerda que este “caso es una buena advertencia metodológica. Una fotografía puede sugerir una lectura, incluso una lectura muy atractiva, pero no sustituye a la autopsia directa. Hay que ir al sitio, mirar la pieza con luz natural y luz rasante, comprobar el soporte, la profundidad de los surcos, la pátina, la conservación de posibles pigmentos, la orientación y la relación con el entorno. Lo que parecía un texto latino de resonancias imperiales ha resultado ser un humilde mojón”.
Y concluye: “Pero esta piedra no deja de ser interesante, porque habla de otra historia, menos espectacular quizá, pero igualmente patrimonial. La historia de la gestión del monte, de sus demarcaciones, de sus antiguos trabajos de ordenación y de la forma en que las comunidades y la administración marcaron, dividieron y entendieron el paisaje de las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas”.
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