Abelardo de la Espriella ha ganado las elecciones en Colombia tras el escrutinio más ajustado de su historia, y María Martín ha descrito cómo el país fue a votar partido en dos mitades: unos departamentos dieron la victoria al ultraderechista De la Espriella y otros al izquierdista Iván Cepeda. Desde Bogotá, Martín ha resumido Colombia en esta frase: “Dos países que comparten cordillera y apenas se tocan”. La vida no son las redes sociales, pero a menudo se le parecen tanto.. Seguir leyendo
Abelardo de la Espriella ha ganado las elecciones en Colombia tras el escrutinio más ajustado de su historia, y María Martín ha descrito cómo el país fue a votar partido en dos mitades: unos departamentos dieron la victoria al ultraderechista De la Espriella y otros al izquierdista Iván Cepeda. Desde Bogotá, Martín ha resumido Colombia en esta frase: “Dos países que comparten cordillera y apenas se tocan”. La vida no son las redes sociales, pero a menudo se le parecen tanto. Seguir leyendo
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A polarización le ocurre lo mismo que a todas las palabras largas: son demasiado genéricas y su sentido se disuelve
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Abelardo de la Espriella ha ganado las elecciones en Colombia tras el escrutinio más ajustado de su historia, y María Martín ha descrito cómo el país fue a votar partido en dos mitades: unos departamentos dieron la victoria al ultraderechista De la Espriella y otros al izquierdista Iván Cepeda. Desde Bogotá, Martín ha resumido Colombia en esta frase: “Dos países que comparten cordillera y apenas se tocan”. La vida no son las redes sociales, pero a menudo se le parecen tanto.
Como pasa siempre, todo estaba escrito ya antes en las novelas. Al empezar La uruguaya, Pedro Mairal narra el declive de una pareja capaz de convertir en desgana su pasión, hasta que llegan a acostarse juntos y, a la vez, solos: “Al lado, pero inalcanzables, como en dos planos distintos de la realidad”. Eso pasa, en las camas o en las vidas, que mucha gente convive en el mismo sitio pero en realidades opuestas. Se cruzan y no se miran. Conviven y se desprecian.
Lo llaman polarización y con ella explican el mundo, aunque le ocurre al término lo mismo que a todas las palabras largas, cargadas de tantas sílabas: que son demasiado genéricas. Que su sentido se disuelve. Le pasa a corrupción. Dicha así, suelta y repetida, parece un fenómeno genérico y natural, sin que le hicieran falta corruptores y corrompidos de los que pueda hablarse en las sentencias. A la polarización le hacen falta los polarizadores y los dispuestos a dejarse polarizar, pero también los que confundan la templanza con la tibieza. Polarizar no es tomar partido por la causa en la que uno crea: eso es estar en el mundo y que el mundo te importe sin cinismos. Polarizar no es lo contrario a la indiferencia o la equidistancia. Clamar contra los retrocesos en derechos, por ejemplo, no es polarizar: es no caer en la trampa.
Se usa mucho el término, y quizá sirva para definir un tiempo —o un interés— antes que un lugar concreto. Porque luego, en realidad, nunca se sabe del todo; e igual llega el papa de Roma a uno de esos países y le aplauden sus diputados, de izquierda a derecha, si alerta contra la polarización. Igual esos países, unidos en las mismas cordilleras y extrañados porque se perdieron sus consensos más primarios, se desvelan mirando el mismo partido de fútbol, con la misma camiseta, anhelando la misma victoria. Ahí está la esencia más inexplicable de los Mundiales: cómo algo tan polarizador como el fútbol despolariza a quienes están al lado, inalcanzables.
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