En el museo Villa Colloredo de Recanati (Italia) hay un óleo que produce más risa que respeto. Es la Anunciación de Lorenzo Lotto: una María que parece estar leyendo tranquilamente la Biblia hasta que a su espalda irrumpe el mensajero divino. Aturdida, se aparta y se gira hacia el espectador como pidiendo complicidad. Un gato escapa asustado ante la aparición del arcángel mientras el Padre, con una túnica casi calcada a la de la Virgen, observa la escena desde lo alto. El cuadro es un disparate. O eso parece. Para George Steiner, en cambio, ahí se cifra el cepo de la teofanía, “la muestra más incisiva de los esfuerzos de la estética para huir de la encarnación”.. Seguir leyendo
En el museo Villa Colloredo de Recanati (Italia) hay un óleo que produce más risa que respeto. Es la Anunciación de Lorenzo Lotto: una María que parece estar leyendo tranquilamente la Biblia hasta que a su espalda irrumpe el mensajero divino. Aturdida, se aparta y se gira hacia el espectador como pidiendo complicidad. Un gato escapa asustado ante la aparición del arcángel mientras el Padre, con una túnica casi calcada a la de la Virgen, observa la escena desde lo alto. El cuadro es un disparate. O eso parece. Para George Steiner, en cambio, ahí se cifra el cepo de la teofanía, “la muestra más incisiva de los esfuerzos de la estética para huir de la encarnación”. Seguir leyendo
crítica literaria. Crítica. Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia. En ‘Las risas del arte’, el historiador Carlos Reyero recorre la presencia de la risa en Occidente, del Renacimiento a las vanguardias, como un desafío persistente a los modelos morales y estéticos. ‘Niño riendo’ (circa 1625), de Frans Hals. Mauritshuis, The Hague. En el museo Villa Colloredo de Recanati (Italia) hay un óleo que produce más risa que respeto. Es la Anunciación de Lorenzo Lotto: una María que parece estar leyendo tranquilamente la Biblia hasta que a su espalda irrumpe el mensajero divino. Aturdida, se aparta y se gira hacia el espectador como pidiendo complicidad. Un gato escapa asustado ante la aparición del arcángel mientras el Padre, con una túnica casi calcada a la de la Virgen, observa la escena desde lo alto. El cuadro es un disparate. O eso parece. Para George Steiner, en cambio, ahí se cifra el cepo de la teofanía, “la muestra más incisiva de los esfuerzos de la estética para huir de la encarnación”.. En toda representación cómica late una dialéctica secreta: la risa desactiva la solemnidad y nos acerca a una verdad reconocible. Ahora que los museos se han puesto serios, ya sea para blindar sus colecciones o para descolonizar sus relatos, conviene recordar que en los certámenes artísticos parisinos era costumbre que el público se riera de (o con) los cuadros, una forma de indicar su aprecio —poner precio— o desprecio por lo que tenía ante sus ojos. La pregunta imposible sobre qué es arte y qué no pasa también por esa ambigüedad (¿por qué sonríe la Mona Lisa?), que provoca que lo que hoy nos hace gracia mañana nos conmueva hasta el llanto.. El historiador Carlos Reyero, autor de un instructivo ensayo sobre el humor y la caricatura del arte en España (El arte parodiado, Cátedra, 2022), vincula la risa con “nuestra inseguridad ante la pérdida de un canon”. En los salones, los artistas se exponían al dictamen público: sus obras podían ser elogiadas o despreciadas, pero la carcajada certificaba que el arte seguía vivo. “El museo mata la risa”, escribe Reyero en su nueva entrega Las risas del arte. No le falta razón. El humor ha sido expulsado de muchos discursos curatoriales, sustituido por la banalidad, el panfleto, la provocación programática.. Con un estilo ágil y numerosas reproducciones de cuadros, el libro recorre la presencia de la risa en Occidente, del Renacimiento a las vanguardias, como un desafío persistente a los modelos morales y estéticos de la historiografía. Hay risas ideológicas, de género, religiosas, carnavalescas; risas en las desproporciones del Greco, en la barbuda de Ribera, en los estudios expresivos de Frans Hals, en la sátira social de Hogarth, Goya o Daumier, incluso en la cursilería de Renoir. Parodias morales con animales, juegos de palabras y títulos jocosos, como El mamón, de Sorolla, que consiguió abrumar a un periodista: “Por Dios, hombre, no ponga usted esos títulos, porque nos vemos comprometidos los que hacemos catálogos, aunque mal”. También hay risas asesinas o de celebración, como la de Zeuxis, quien según la leyenda murió tras retratar a una anciana como Afrodita y no resistir la ironía de su propia obra. Algunos artistas posteriores se autorretrataron al modo del pintor griego, inmortalizándose bajo la sombra de esa carcajada final.. No faltan los dardos dirigidos a críticos y jueces, como el del austriaco Gabriel von Max y su célebre Los monos como críticos de arte: simios concentrados ante un lienzo, parodia implacable del comentario docto. Una escena que, más de un siglo después, sigue bajándonos los humos.. Las risas del arte. Carlos Reyero. Cátedra, 2026. 288 páginas. 18,95 euros. Búsquelo en su librería. Normas ›. Mis comentariosNormas. Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos. Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus.. Más información. Archivado En. Cultura. Crítica literaria. Literatura. Libros. Ensayo. Lectura. Arte. Artistas. Si está interesado en licenciar este contenido, pinche aquí
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