Hay un instante, recogido por Apiano, escritor romano de Alejandría del siglo II d. C., en su Historia Romana en el que justamente la historia parece inclinarse hacia la literatura. Cartago, el enemigo secular de Roma, ha sido vencido. Asdrúbal, el último líder de la ciudad, se rinde ante el cónsul Escipión Emiliano -nieto adoptivo del Escipión que venció a Aníbal-, que ha dejado la urbe púnica en llamas tras tres largos años de asedio. Su esposa, de quien nunca se nos dice el nombre en las crónicas, decide en cambio otro destino: arroja a sus hijos al fuego y se lanza tras ellos, invocando la venganza contra el vencedor y diciendo a su marido: «Que los dioses de Cartago se venguen de este Asdrúbal, que ha traicionado a su patria y a sus templos, que me ha traicionado a mí y a sus hijos, y que tú, romano, seas su instrumento».. La escena, trágica, desbordada y casi irreal, es una de las imágenes fundacionales con las que Roma fijó el final de su gran enemigo. También es, como toda escena transmitida por los vencedores, una construcción, una forma de narrar la destrucción que encierra, en su propia intensidad, la voluntad de hacerla definitiva y perdurable en la memoria popular. En ese mismo instante, el final, comienza a narrar la historiadora, arqueóloga y profesora de Historia Antigua en la Universidad de Cardiff Eve MacDonald qué fue la civilización cartaginesa.. Habla por videollamada con una mezcla de entusiasmo y cautela, como quien sabe que se mueve sobre un terreno inestable. Su absorbente y revelador ensayo Cartago. Una nueva historia de un antiguo imperio (Taurus) no pretende sustituir una historia por otra, sino alterar el punto de vista desde el que se ha contado durante milenios toda una cultura. «Por un lado, trataba de reinterpretar Cartago yendo a contrapelo de todo lo que ya damos por sabido, de todos esos mitos y medias verdades que han imperado desde siempre», explica. Y enseguida matiza: «Quizá sea por ser canadiense, pero siempre he querido mirar la historia del otro lado de Roma. Hoy igual que entonces vivimos en un mundo de narrativas dominantes, donde el relato de quien domina y vence triunfa, y eso también forma parte de cómo contamos el pasado».. Así, la nueva historia a la que alude no es una invención, sino el resultado de una acumulación reciente de evidencias. Excavaciones en la Península Ibérica, estudios de ADN en las Islas Baleares y en Sicilia o hallazgos arqueológicos en el norte de África son piezas dispersas que empiezan a encajar en un relato distinto. «Todos estos descubrimientos de los últimos 20 o 30 años nos han dado muchísima más información», asegura. «Descubrir cosas como la posible localización de batallas y la composición multiétnica de los ejércitos o el saber cómo se integraban regiones como Sicilia, Cerdeña o España en la historia de Cartago nos abren todo un mundo de posibilidades». Pero el impulso no es solo empírico, hay también una incomodidad con el relato heredado. «Nuestra principal fuente sobre Cartago son las Historias de Polibio, una fuente que está con el conquistador, no con el conquistado, y eso se nota en cada línea», recuerda, en referencia al historiador griego cercano al entorno de la familia de los Escipiones.. Ese desequilibrio ha condicionado, afirma todo lo que creemos saber. La historia de Roma se ha reescrito una y otra vez; la de Cartago, apenas. «Tenemos cientos y cientos de historias sobre Roma cada año, pero no hacemos lo mismo con sus enemigos». Y sin embargo, incluso dentro de las fuentes romanas hay dudas. «Ni Polibio ni Tito Livio ni ningún historiador contemporáneo o posterior tienen muy claro lo que ocurrió… especialmente con la Segunda Guerra Púnica», destaca.. «Debemos dejar de ver Cartago con los ojos de Roma. Si viéramos las guerras napoleónicas sólo con el punto de vista de Francia ¿qué sabríamos de Napoleón?». Esa falta de claridad, opina, es una oportunidad. «Nos abre la puerta para intentar comprender la otra perspectiva, la de los vencidos». La comparación que propone es tan directa que resulta incómoda: «Es como si pensáramos en las guerras napoleónicas sólo desde la perspectiva francesa, y no desde la rusa. Si no tuviéramos otra historia ¿qué sabríamos de Napoleón?». La pregunta es una invitación a desconfiar de la aparente solidez del relato clásico.. Pero viajemos muchos siglos antes, cuando Roma era apenas un villorrio de cabañas de barro y paja a orillas del Tíber. El Mediterráneo es ya entonces un lago donde griegos y fenicios se reparten el pastel de la navegación y el comercio, creando colonias y puestos mercantiles por las costas. La tradición, las fuentes y la arqueología coinciden en señalar el origen de Cartago en el siglo IX a.C., específicamente en el año 814 a.C. Fue fundada como una colonia comercial por navegantes fenicios procedentes de la ciudad de Tiro (en el actual Líbano) que aprovecharon un puerto natural en la costa del norte de África, donde hoy se encuentra la ciudad de Túnez, para asegurar las rutas comerciales fenicias hacia el Mediterráneo occidental. Llamada Qart Hadasht, que en lengua fenicia significa «Ciudad Nueva», para distinguirla de Útica, una colonia más antigua unos kilómetros al norte, pronto su nacimiento se recubre de relatos legendarios, como el de Dido, la princesa Elisa de Tiro que huyó de su ciudad natal tras el asesinato de su esposo a manos de su hermano y se convirtió en la legendaria primera reina de Cartago. Su influencia sería tal que casi mil años después, cuando Virgilio escribió para Augusto, primer emperador, La Eneida, el poema épico romano por excelencia, la hizo amante de Eneas, el troyano que llegaría a Italia para fundar Roma.. Detalle del ‘Mosaico de Low Ham’ (350 d.C.), hallado en los baños de una villa romana de Somerset (Inglaterra), que cuenta la historia de Dido y Eneas.. Con el tiempo, tras el declive de Tiro, invadida por el rey persa Ciro II en el siglo VI a.C., Cartago se independizó y se convirtió en la potencia hegemónica del Mediterráneo. No obstante, buena parte de todos esos siglos de hegemonía y expansión están cubiertos de silencio. Cartago no dejó textos que hayan llegado hasta nosotros y su memoria se conserva en fragmentos, en restos materiales o en inscripciones dispersas. «La arqueología es muy limitada, porque no nos cuenta historias», admite MacDonald. «No nos da esos relatos personales. Para mí escribir es como un rompecabezas… ¿cómo encajamos lo que tenemos para contar la historia lo mejor posible?».. De ese ejercicio paciente emerge una imagen muy distinta de la Cartago tradicional. No una ciudad aislada, sino un nodo en un Mediterráneo intensamente conectado con las grandes culturas del Levante como griegos, persas y egipcios, pero también con los pueblos de las regiones que Cartago fue dominando, no siempre por las armas. Sicilia, Cerdeña, la península ibérica y el norte de África forman parte de un sistema en el que la ciudad actúa como centro de gravedad. «Hoy sabemos cómo todas estas regiones se integraron en la historia de Cartago que pertenece a un mundo, el fenicio, que ya en la Edad del Hierro era dinámico, expansivo y profundamente interconectado, por lo que tenemos que pensar en una sociedad sofisticada y profundamente multicultural», señala MacDonald. «Los análisis genéticos nos dicen que eran poblaciones muy mezcladas, que el Mediterráneo occidental no era un mosaico de culturas cerradas, sino un espacio de intercambio constante».. La palabra multicultural, aplicada a ese contexto, no es un anacronismo, sino una descripción precisa. «El multiculturalismo era la norma, no existían el racismo social o legal, aunque sí, como en todas las sociedades de entonces, la esclavitud, clave en su economía, pero convivían sin problema nubios del desierto con íberos de España o con griegos», subraya. «El único momento en el que los cartagineses hacían diferenciación de los orígenes era en la guerra, pero más bien dependía del enemigo, y gente de todas partes era contratada como mercenaria».. «El multiculturalismo era la norma, no existía el racismo. En Cartago convivían sin problema nubios del desierto con íberos de España o con griegos». Esa observación, casi contemporánea en su formulación, ayuda a entender la complejidad de una sociedad que no encaja en los moldes tradicionales. Porque Cartago no fue sólo una potencia comercial. Fue también una sociedad tecnológicamente avanzada, urbana y sofisticada, como demuestran las excavaciones realizadas bajo la posterior colonia romana levantada sobre la ciudad original. «Una casa cartaginesa común tenía tuberías de plomo y cisternas, y construían edificios muy altos para adaptarse al istmo donde estaba encajada la ciudad», apunta la autora, que insiste en la espectacularidad de sus puertos, especialmente el circular Cothon, todavía visible hoy. «Fueron obras de ingeniería pocas veces igualadas después».. Más cosas que Roma esquilmó a su enemigo, como hizo antes con los etruscos y después con un sinfín de pueblos, fueron técnicas constructivas, determinados desarrollos agrícolas, sistemas de gestión pública del agua y buena parte de su técnica musivaria. «Los mosaicos teselados, esa técnica que siglos después asociamos con el esplendor romano, aparecen ya en contextos cartagineses hacia los siglos IV y III a.C., mucho antes que en Roma».. El conocido como ‘Mosaico de las cuádrigas’, del siglo II d.C., hallado en las ruinas del circo de la Cartago romana.MUSEO DEL BARDO (TÚNEZ). A esa sofisticación sociocultural se suma una capacidad de exploración que durante mucho tiempo ha sido subestimada. Las expediciones atribuidas a Hannón el Navegante (s.VI a.C.), de quien se dice que circunnavegó África, lo que quizá no sea cierto, pero al menos seguro llegó al golfo de Guinea, forman parte de un imaginario que durante siglos se consideró exagerado. MacDonald propone otra lectura. «No sabemos si es la verdad absoluta… pero la expectativa de que estuvieran haciendo eso existía, pues se narra en todas las crónicas de la época», explica. «»Eso ya nos dice algo sobre cómo se concebían a sí mismos, como una potencia capaz de conectar territorios muy lejanos».. Esa apertura tiene su correlato en la estructura social, quizá la capa más fascinante por sus implicaciones del relato de la autora. «La movilidad social que existía en la ciudad es realmente interesante. Un donnadie de familia mixta, es decir, medio íbero o medio siciliano podría llegar a sufete, el mayor cargo de la ciudad, algo impensable en Roma pero también en Grecia», señala.. En un mundo antiguo que a menudo se presenta como rígido, Cartago ofrece una imagen más fluida. «Creo que su fuerza está en esa percepción de un mundo más grande que ellos mismos y en su capacidad de aunar pueblos muy diversos en objetivos comunes». No obstante, matiza, tampoco hay que caer en idealizaciones. «No quiero presentar a Cartago como perfecta, tenían esclavos, el papel de la mujer parece ser muy escaso y tenían prácticas, especialmente militares, que hoy nos resultan inaceptables, como cualquier otra sociedad antigua, pero es fascinante observar esa complejidad propia ajena a otras culturas».. Recreación de Cartago en el siglo III a.C., con la imponente estructura del Cothon dominando la ciudad.Rocío Espín Piñar. Pero ese mundo de comercio y mestizaje del Mediterráneo, no exento de guerras y fricciones a pequeña escala entre griegos, cartagineses y poblaciones locales, estaba a punto de llegar a su fin. Roma, que poco a poco había ido adueñándose de la península itálica iba a entrar en escena dejando en evidencia a un ejército cartaginés acostumbrado a reclutar mercenarios y a guerras a pequeña escala. «Creo que su ejército fue uno de los grandes problemas de Cartago. La falta de cohesión frente al modelo romano sería algo determinante», opina MacDonald.. El choque con Roma, cristalizado en las Guerras Púnicas, sería el canto de cisne del mundo cartaginés, que de pronto vio como un pequeño Estado le disputaba su secular hegemonía. Como decíamos todos los episodios de estas largas guerras -las dos primeras de alrededor de 20 años y en total de más de 100, aunque la tercera fue más que nada una invasión- fueron contados por Roma a su gusto. No obstante, ciertos personajes sobresalen a esta propaganda, como el general Aníbal Barca, cuyo legado fue tan espectacular que fue «muy considerado por los propios romanos durante siglos como un militar magnífico» o Sofonisba, una noble cartaginesa con mucho poder cuya vida también termina en suicidio y que vendría a ser como una especie de Cleopatra avant la lettre a quien los historiadores «convirtieron en un arquetipo invalidando su papel histórico determinante».. La paradoja de Cartago alcanza su punto máximo tras la derrota en la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.), la protagonizada por Aníbal, quien casi conquista Roma. Lejos de desaparecer, Cartago, sometida a todo tipo de restricciones, embargos, prohibiciones comerciales y militares y reparaciones de guerra, se reorganiza, se adapta y prospera. «Los habitantes sacaron lo mejor de sí mismos y en pocas décadas la ciudad volvía a ser un próspero centro comercial de primer orden que orientó sus recursos al este, a Egipto y al norte de África», explica MacDonald, que cifra justamente en esa capacidad de resurrección su condena.. ‘Aníbal vencedor contempla por primera vez Italia desde los Alpes’, 1771, de Goya.Museo del Prado. «Aun habiendo perdido su imperio, su ubicación, en el centro de las rutas mediterráneas, seguía siendo clave, y los romanos entendieron que para controlar el Mediterráneo, necesitabas controlar Cartago», sintetiza. «Esto, unido a su nueva prosperidad hizo que Roma decidiera destruirla definitivamente», señala. La famosa insistencia de Catón el Viejo, que cerraba sus intervenciones en el Senado con la frase Carthago delenda est (Cartago debe ser destruida), cobra así un sentido distinto. No se trata solamente de odio, sino de cálculo político y económico.. «Aun habiendo vencido, los romanos entendieron que para controlar el Mediterráneo necesitaban controlar Cartago. Y decidieron destruirla». La Tercera Guerra Púnica (149-146 a.C.) fue en ese sentido, una decisión estratégica y simbólica. El mismo año, 146 a.C., Roma destruye también la mítica y antigua Corinto. Dos centros fundamentales, dos tradiciones, fenicia y griega, absorbidas por la potencia emergente. «Ambas ciudades se reconstruyen después», recuerda MacDonald. «En tiempos de Julio César, Cartago es refundada como colonia romana, aprovechando su posición geopolítica excepcional. Lejos de desaparecer, vuelve a convertirse en una de las grandes ciudades del Mediterráneo».. Pero su influencia no se limita a esa continuidad material, pues persiste en la cultura, en la memoria y en el imaginario cultural occidental desde entonces hasta hoy. La ciudad destruida se convierte así en motivo recurrente, en símbolo que atraviesa los siglos. Todo ello refuerza una de las tesis centrales de MacDonald: «Siempre que hablamos de la Antigüedad, hablamos de un mundo grecolatino, pero en realidad deberíamos hablar de un mundo grecopúnicolatino». Es decir, insiste, Cartago no es un apéndice, sino un elemento constitutivo. «Sin Cartago, nunca habría existido el Imperio romano, al menos no de la misma manera», afirma. «La mera existencia de Cartago obligó a la República romana a redefinir lo que Roma podía ser».. Ruinas de las termas de Antonino en la Cartago romana.MANUEL COHEN. Ese legado, sin embargo, no es solo una cuestión de influencia, es también una cuestión de relato. «El verdadero legado de Cartago es su papel en la narrativa del imperio», sostiene la historiadora. Y quizá por eso, al volver a la escena inicial, a esa destrucción a sangre y fuego de los últimos vestigios de una cultura casi milenaria, la pregunta cambia. Ya no se trata solo de qué ocurrió cuando Cartago cayó, sino de qué quedó fuera de ese relato, qué otras versiones fueron silenciadas, qué otras voces se perdieron en el fuego. Porque, como sugiere MacDonald, cada generación reescribe el pasado con nuevas herramientas. Y Cartago, esa ciudad que Roma quiso borrar de la faz de la tierra sin lograrlo del todo, sigue esperando a ser contada desde el otro lado.
La Lectura // elmundo
Casi borrada de la Historia tras dos siglos de lucha contra Roma, la civilización púnica sufre una distorsión mítica e histórica desde su desaparición hace más de dos milenios. A reconstruir sus casi 700 años de vida dedica Eve MacDonald su sorprendente y revelador ensayo ‘Cartago’, que busca reconstruir la realidad de esta cultura fascinante. «Es reduccionista hablar de antigüedad grecolatina, deberíamos decir grecopúnicolatina» Leer
Casi borrada de la Historia tras dos siglos de lucha contra Roma, la civilización púnica sufre una distorsión mítica e histórica desde su desaparición hace más de dos milenios. A reconstruir sus casi 700 años de vida dedica Eve MacDonald su sorprendente y revelador ensayo ‘Cartago’, que busca reconstruir la realidad de esta cultura fascinante. «Es reduccionista hablar de antigüedad grecolatina, deberíamos decir grecopúnicolatina» Leer
