En el documental Burden of Dreams, uno de los protagonistas cuenta cómo durante el rodaje en la selva de Perúde Fitzcarraldo, de Werner Herzog, una serpiente pica en el pie de uno de los autóctonos presentes y este se cercena la extremidad con una motosierra que tiene en las manos para poder sobrevivir. Esa escena acabaría dando nombre a la última creación teatral de Bárbara Mestanza (Barcelona, 1990), Tallar-se un peu amb una motoserra. Pero, en este caso, la motosierra es ella y está dispuesta a cercenar lo que sea necesario para hacerlo sanar.. El montaje, que se estrena este jueves en la Sala Beckett de Barcelona ahonda en el movimiento #MeToo, pero lo hace desde una visión por explorar: ¿qué pasa si una mañana un acusado intenta suicidarse? ¿qué responsabilidad le toca a cada implicado? ¿cómo viven las familias de los agresores?… «Como mujer y feminista del 2025, para evolucionar creo que siempre debe haber debate interno. Pero esta función no intenta poner en duda el motivo por el cual se señala a los agresores ni la cancelación, que es un método para conseguir que las víctimas no tengan que revivir una y otra vez la presencia de un agresor, el debate es lo complejo que es para todos avanzar», expone Mestanza.. La catalana ya exploró en primera persona en Sucia, uno de sus primeros montajes, las consecuencias de un abuso sexual. Bárbara Mestanza había denunciado una agresión de un hombre en el barrio madrileño de La Latina y decidió subirlo al escenario. En La mujer más fea del mundo, otra de sus obras, bajo una disección a la belleza, también se filtraba una mirada a este asunto. Y ahora, en su última creación, ha ido a un escenario posterior. «Creo que el feminismo tiene que hacer alguna autocrítica y que muchas veces nos hemos sentido acomplejadas por sacar nuestra rabia y llevar la lucha hasta ciertos puntos. La humanidad nos debe un espacio para la pataleta, para la rabia y para los llantos porque esta no es una queja de los 35 años que yo llevo aguantando esta opresión. Mi pataleta es la de mi madre, mi abuela, mi tía… Lo que no puede ser es que nos pongan un cronómetro para que nos podamos quejar un tiempo determinado», apun ta la dramaturga.. El enfoque de Tallar-se un peu amb una motoserra es como mínimo espinoso, la mirada puesta en la hija de un acusado de una agresión sexual que intenta quitarse la vida. Lo es, primero, porque interpela directamente a esos agresores como Bárbara Mestanza ya ha hecho tantas veces y defiende la cultura de la cancelación hacia ellos. «Si el feminismo no se ha convertido aún en un grupo terrorista es porque defendemos los derechos humanos, valoramos todas las opciones y abrazamos el hecho de ponernos en duda. La cultura de la cancelación ha sido necesaria, igual que la discriminación positiva, porque aún no vivimos en un mundo igualitario. Ahora mismo es una herramienta útil porque no hay alternativa. ¿Genera unas consecuencias? Evidentemente. Pero es algo necesario sin duda alguna».. Pero lo que lo hace aún más espinoso es que esa mirada se pueda interpretar también por algunos sectores como una grieta en el discurso mayoritario del feminismo. «Cualquier mujer feminista que vea esta obra, verá que no hay esa intención. Tenemos que dejar de pretender que el movimiento feminista, las políticas de género y quienes las llevan a cabo son perfectas, sin fallos, sin errores, sin miedos y sin dudas. Ni Irene Montero ni Cristina Fallarás nos tienen que caer bien para creer en su lucha por el feminismo. El movimiento feminista no ha nacido aprendido, claro que hay cagadas y seguro que en unos años se harán las cosas diferentes, pero será porque estamos en otra situación. Tenemos derecho a la contradicción, a equivocarnos, y lo peor es que nosotras mismas a veces no nos lo permitimos. Esta obra intenta abrazar y dar espacio a esos miedos, a esas dudas y a esa culpabilidad que cargamos constantemente», apunta Mestanza.. Ella misma reconoce haber cargado con esa culpa en el momento en que denunció la agresión sexual que sufrió al pensar en las consecuencias que eso tendría para el círculo cercano -pareja, hijos, amistades…- del hombre que señaló. «A mí me ha pasado el sentirme culpable, pero la realidad es que el día en que él decidió joder a su familia fue cuando abusó de mí. Cuando hay una agresión a una mujer no solo estás hiriendo a una mujer, estás hiriendo a los hijos o a la pareja que tendrá después. Estás hiriendo incluso a tu madre, a tu compañera y a tu hija. Porque el abuso, como acto de poder, nos afecta como colectivo», defiende la dramaturga catalana.. En los últimos años, los relatos feministas sobre los abusos y las agresiones sexuales sufridas por mujeres han sido una constante por los escenarios españoles -encabezados por Jauría- en un momento de estallido social del movimiento. Pero esa proliferación, que podía tener un efecto positivo, también ha cargado un reverso tenebroso. «Me molesta que se está empezando a clasificar las obras feministas como si fueran un género, como quien hace comedia o drama, y no como un relato universal. Yo ahora puedo hacer esta obra, que hace 10 años era imposible. Eso es porque este tema ya está encima de la mesa, ha estado en las cenas de Navidad y lo tenemos presente. Todas nosotras hemos obligado al mundo a hablar de ello porque era una cuestión de supervivencia». Y sigue: «Como espectadora mujer he tenido que ver 25.000 historias de soldados, de reyes y de presidentes como un arte universal y ahora hemos encontrado nuestro espacio. Por eso me preocupa que esto se vea como una moda, algo que tal como llega se va. A nivel colectivo esto ha sido tan grande y ha removido tanto que el efecto contrario que recibimos es muy grande», afirma Mestanza.. En parte, por eso, la dramaturga ha abandonado por ahora la autoficción que la había acompañado desde sus inicios en la autoría: Sucia o La mujer más fea del mundo -en un texto a cuatro manos con Ana Rujas-. Ahora Bárbara Mestanza, ya metida en la ficción, observa el problema desde la lejanía y de ahí lo plasma en el texto. «Tenía ganas de escribir un poco más de cabeza y un poco menos de entraña. No porque la entraña no sea buena, sino porque desnudarte delante de todo el mundo también agota. Esta obra es un poco más de reconciliación para mí, de analizar qué corresponsabilidad tenemos todos en estos temas. Creo que eso es la madurez», destaca la catalana.. También lo es que, por primera vez, el texto esté escrito en catalán, la lengua que le viene de su madre y que ella ha hablado desde su infancia. Aunque lo ha hecho en catalán chava -el nombre que se da al que tiene muchas influencias del castellano, en este caso por su padre madrileño-. «Ahora me he dado cuenta de que escribir en castellano ha sido una forma de protección para mí de tanto que me he desnudado. Ahora mismo quiero parar un poco, jugar a la ficción y hacerlo en mi lengua materna, que es el catalán. También quiero legitimar mi catalán, que siempre he sentido que no era suficientemente bueno ni culto. Esos miedos hay que romperlos y esto no quiere decir que vaya a dejar de escribir en castellano», concluye Mestanza.
La Lectura // elmundo
La dramaturga catalana explora en ‘Tallar-se un peu amb una motoserra’ las consecuencias familiares para un acusado de abuso por el #MeToo Leer
La dramaturga catalana explora en ‘Tallar-se un peu amb una motoserra’ las consecuencias familiares para un acusado de abuso por el #MeToo Leer
