Como en todos los sectores creativos, la disponibilidad de herramientas de inteligencia artificial generativa ha puesto a la literatura en polvorosa. Muchos autores reniegan del invento y consideran su uso como una traición a la creatividad humana. Otros, como la premio Nobel Olga Tokarczuk, han reconocido que la utilizan para su trabajo. La aparición de denuncias —la última de ellas, en Francia— de que se han utilizado herramientas de IA para escribir literatura abre un debate sobre si un libro creado con (o incluso por) IA generativa es literatura. Los periodistas de EL PAÍS Javier Sampedro y Javier Rodríguez Marcos discuten sobre ello.. Seguir leyendo
No hay una unanimidad en un sector creativo en el que algunos autores han abrazado públicamente la IA y otros la utilizan clandestinamente
Como en todos los sectores creativos, la disponibilidad de herramientas de inteligencia artificial generativa ha puesto a la literatura en polvorosa. Muchos autores reniegan del invento y consideran su uso como una traición a la creatividad humana. Otros, como la premio Nobel Olga Tokarczuk, han reconocido que la utilizan para su trabajo. La aparición de denuncias —la última de ellas, en Francia— de que se han utilizado herramientas de IA para escribir literatura abre un debate sobre si un libro creado con (o incluso por) IA generativa es literatura. Los periodistas de EL PAÍS Javier Sampedro y Javier Rodríguez Marcos discuten sobre ello.
Cuando el robot escriba su novela
Javier Sampedro
Una buena forma de iniciar un debate es dar la razón al adversario, así que vamos a ello. La inteligencia artificial (IA) actual no sabe hacer buena literatura. Puede prepararte un informe sobre el bienestar de las familias, pero no sabe decir “todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, como hizo Tólstoi en el arranque de Anna Karenina. ChatGPT y el resto de sistemas basados en modelos grandes de lenguaje (LLM, en sus siglas en inglés) redactan con corrección, pero hacer literatura es una cuestión enteramente distinta. Delegar en el robot esa alta tarea artística es la receta para el fracaso, y si encima te lo callas y pretendes hacerlo colar por una obra personal estás estafando a tus editores y a tus lectores.
Pero el debate no es ese. El debate es si la literatura hecha con IA es legítima, y aquí tenemos que hacer un pequeño ejercicio de futurismo para abrirnos camino entre la jungla de nuestros propios prejuicios. Vale que la IA actual solo puede hacer mala literatura, pero ¿qué pasará si algún día la llega a hacer buena? Los escritores tienden a creer que eso no ocurrirá nunca, porque hay obvios problemas de principio que lo impedirán siempre. Yo, sinceramente, no veo esos problemas de principio por ningún lado, y creo que es perfectamente posible que una máquina llegue a escribir una buena novela. ¿Será una novela legítima? ¿Por qué no?
Quitémonos de encima la cuestión de la autoría, que es más bien simplona. A Mia Ballard la pillaron con una herramienta (llamada Pangram) diseñada para detectar los textos escritos por máquinas, pero su pecado no ha sido tanto usar la IA como ocultarlo y firmar la novela como si fuera suya al 100%, cuando solo lo era al 30%. Este problema se planteó en las ciencias antes que en las letras, porque la contribución de la IA a la investigación lleva años creciendo en importancia, y hay muchos científicos que consideran que deberían compartir la autoría con el robot que han usado en el trabajo. El sistema AlphaFold para predecir la forma de las proteínas debería firmar como coautor de la mitad de los papers de biología molecular que se publican actualmente. Los editores de las principales revistas científicas no admiten esa posibilidad de momento. La Academia sueca, sin embargo, no dudó en otorgar el premio Nobel a los creadores de AlphaFold. Si Ballard hubiera firmado la novela junto a ChatGPT, seguramente no habría arruinado por completo su carrera literaria. Solo la habría arruinado al 70%.
Tras unos años de desconcierto en que utilizar la IA se consideraba poco menos que un crimen de lesa humanidad, a estas alturas nadie pone objeciones a su uso para documentarse, y la frontera de lo aceptable se ha desplazado hacia la zona creativa de la escritura, que se sigue viendo como una actividad exclusivamente humana. Este es otro error, y también tiene precedentes científicos. Ni siquiera hubo que esperar a ChatGPT para que una máquina de jugar al go (AlphaGo) derrotara a los grandes maestros con estrategias abstractas de alto nivel que no podía haber aprendido en ningún lado, porque jamás se le habían ocurrido a ningún humano. Pensar que la creatividad es exclusiva de la humanidad no es más que otro prejuicio.
La creatividad humana no es magia, y si lo parece es solo porque no acabamos de entender sus fundamentos neurológicos. Se trata de descubrir metáforas, nexos profundos entre conceptos que previamente parecían dispares. Hay una pauta en las mentes creativas, y consiste en estudiar a fondo cada cuestión separada y luego dejar que el cerebro flote hasta que, de repente, encuentre un vínculo secreto entre lo que parecía inconexo e irreconciliable. Este último proceso es inconsciente, y por eso nos parece caído del cielo como una inspiración divina. Pero la creatividad no es un sustituto del conocimiento, sino su consecuencia. Nuevamente, no hay ningún problema de principio para que este proceso ocurra en una máquina. El cerebro es un objeto físico, y de hecho es un objeto físico distinto antes y después de aprender algo, y antes y después de descubrir una metáfora. La magia no existe.
Cuando un robot escriba una buena novela, será legítimo llamarla literatura. Siempre que la firme él, naturalmente.
No necesitamos ni una novela más (y menos redactada por la Thermomix)
Javier Rodríguez Marcos
¿La inteligencia artificial va a quitarnos el trabajo o no es para tanto y solo va a matarnos a todos? Esa es la pregunta que sobrevuela hoy las conversaciones de quienes se dedican a oficios susceptibles de verse afectados por la penúltima revolución tecnológica. La versión prosaica de esa pregunta es: ¿nuestros clientes la van a preferir a ella? La respuesta también es prosaica: el cliente siempre tiene razón. El problema es que no siempre sabe reconocer (o no le importa tanto) eso que los humanos llaman, con perdón, calidad.
En Última escala (Libros del Asteroide), su estupenda novela sobre el compositor Enrique Granados, Marta San Miguel recuerda el día de 2007 en que un violinista vestido con vaqueros, camiseta y una gorra tocó durante 43 minutos en el metro de Washington. Pasaron por delante de él más de mil personas, se pararon siete, recaudó 52 dólares. El instrumento era un Stradivarius y el intérprete, Joshua Bell, que tres días antes había abarrotado el Boston Symphony Hall a 100 euros la butaca más barata. El concierto improvisado en el metro era un experimento del periódico The Washington Post para comprobar, dice la narradora, “hasta qué punto el entorno condiciona nuestra percepción del arte”.
El arte contemporáneo asumió hace tiempo y con la bendición de Marcel Duchamp que un plátano en Mercamadrid es un plátano, pero en Miami Art Basel es una escultura si lo firma Maurizio Cattelan. A veces el mundo de la literatura emplea la misma lógica. En 1992 Marguerite Duras envió un libro bajo pseudónimo (Guillaume P. Jacquet) a tres grandes sellos: POL, Minuit y Gallimard. Los tres lo rechazaron. Gallimard, en concreto, basándose en un informe negativo a pesar de que se trataba de una copia mecanoscrita de La tarde de Monsieur Andesmas, un libro que esa misma editorial reeditaba regularmente y al que su autora solo le había cambiado los nombres de los personajes.
Cuatro décadas después de que Duras ganara el premio Goncourt con El amante, el galardón ha excluido este año como candidato a Thélyson Orélien porque sospecha que ha utilizado la IA para redactar su novela, cuyo título, visto ahora, parece un aviso a cibernavegantes: C’était ça o mourir (Era eso o morir). Desde la máquina de pensar de Raimon Llull hasta la máquina de leer de Raymond Roussel pasando por la apología de la escritura no creativa de Kenneth Goldsmith, los literatos llevan siglos fantaseando con la idea de no tener que sentarse a escribir de cero. Sabemos que nadie lo hace —la tradición pesa— y que la imaginación no funciona en el vacío: tiene algo de memoria fermentada. La diferencia es que la IA utiliza una memoria que no es estrictamente suya. Como se pregunta la periodista Mariluz Peinado, “¿dará crédito y pagará derechos a todos los autores que utilice?”
Esa es, con todo, una cuestión ética. La incómoda de verdad es la cuestión estética: ¿y si un día escribe mejor que los humanos? Ese día llegará si es que no ha llegado ya. Durante siglos, la literatura fue anónima y sus destinatarios se emocionaron, enamoraron, rebelaron y hasta suicidaron sin necesidad de saber quién firmaba aquello que les aceleraba el pulso y cambiaba la vida. Hay una clásica definición según la cual poesía son las mejores palabras en el mejor orden; y ese es un terreno en el que, convengamos, la IA puede competir con cualquiera. Sin embargo, no necesitamos ni una novela más. Hay tal exceso de producción, que sería un desperdicio de energía dedicar la IA a redactarlas.
Los escritores del inmediato futuro tienen dos retos: escribir mejor que ChatGPT (no es siempre el caso) y hacerlo para generaciones a las que —como en una nueva Edad Media con autotune— tal vez solo importe qué y no quién. Esa es, de hecho, la base de la fan fiction: ya saben, si J. K. Rowling no quiere seguir escribiendo aventuras para Harry Potter, ya lo hacemos nosotros. Puede incluso que un día las librerías repartan sus estanterías entre autores Orgánicos y Mecánicos, como sucede con la sociedad en, precisamente, Inteligencia artificial, la versión futurista de Pinocho que Steven Spielberg estrenó en 2001. Entretanto, como los lectores de hoy queremos saber si estamos leyendo a un ser vivo o no, Jorge Volpi ha reducido la información de la solapa de su nueva novela —La república (Alfaguara)— a cuatro palabras: “Escribe ficciones. Es humano”.
EL PAÍS
