La filosofía de crianza Taking Children Seriously, desarrollada en el Reino Unido a finales del siglo pasado, parte de la idea de que los niños son personas completas y defiende que estos pueden ser criados sin ningún tipo de coerción si los padres son capaces de actuar de forma creativa para encontrar soluciones a los problemas y conflictos del día a día. El médico internista estadounidense Aaron Stupple (Stamford, Nueva York, 46 años) es un firme defensor de esta premisa, y la ha llevado hasta sus últimas consecuencias en su primer libro, El niño soberano (Tenos, 2026, traducción de Julia Pardo). Cofundador de Conjecture Institute, una organización estadounidense sin ánimo de lucro dedicada a promover y desarrollar el racionalismo crítico en ámbitos como la física, la inteligencia artificial, la economía o la crianza de los hijos, Stupple ha dado forma a una especie de antimanual de crianza tan rompedor como provocador, en el que aboga por erradicar reglas y normas y ofrecer absoluta libertad a los hijos en materias como la alimentación, el descanso o el uso de pantallas.. Seguir leyendo
El experto estadounidense publica un libro de crianza tan rompedor como provocador en el que aboga por erradicar normas y ofrecer absoluta libertad a los hijos en materias como la alimentación, el descanso o el uso de pantallas
La filosofía de crianza Taking Children Seriously, desarrollada en el Reino Unido a finales del siglo pasado, parte de la idea de que los niños son personas completas y defiende que estos pueden ser criados sin ningún tipo de coerción si los padres son capaces de actuar de forma creativa para encontrar soluciones a los problemas y conflictos del día a día. El médico internista estadounidense Aaron Stupple (Stamford, Nueva York, 46 años) es un firme defensor de esta premisa, y la ha llevado hasta sus últimas consecuencias en su primer libro, El niño soberano (Tenos, 2026, traducción de Julia Pardo). Cofundador de Conjecture Institute, una organización estadounidense sin ánimo de lucro dedicada a promover y desarrollar el racionalismo crítico en ámbitos como la física, la inteligencia artificial, la economía o la crianza de los hijos, Stupple ha dado forma a una especie de antimanual de crianza tan rompedor como provocador, en el que aboga por erradicar reglas y normas y ofrecer absoluta libertad a los hijos en materias como la alimentación, el descanso o el uso de pantallas.. El libro, publicado originalmente en Estados Unidos, ha tenido un recorrido comercial poco habitual para una primera obra: vendió más de 10.000 ejemplares en sus primeras 24 horas y más de 16.000 en las primeras 48, según los datos difundidos por Scribe Media. Posteriormente, superó los 20.000 ejemplares y, según el propio autor, ya ha rebasado las 30.000 copias vendidas en todo el mundo. La obra ha dado también el salto internacional y cuenta con traducciones al chino, francés, español y persa.. “Controlar a los niños conlleva todo tipo de riesgos”, afirma Stupple en conversación con EL PAÍS. El médico, que matiza que su filosofía no implica en ningún caso el abandono de las responsabilidades paternas, asegura haber aplicado este método en la crianza de cada uno de sus cinco hijos. De hecho, el libro está salpicado de anécdotas personales, algunas tremendamente llamativas y capaces de escandalizar, remover en el asiento y hacer replantearse más de una certeza a quienes se acerquen a sus páginas.. PREGUNTA. “Mi hijo de 5 años ha estado comiendo casi exclusivamente helado durante los últimos meses”, escribe. A más de un nutricionista le dará un infarto cuando lea esto, pero usted defiende que, dejando esa libertad a su hijo, él aprende a crear su propio criterio. Esta filosofía de crianza, ¿es un acto de fe?. RESPUESTA. Esta filosofía es lo opuesto a la fe: en su lugar, considera sagradas las razones. Cada vez que se obliga a un niño a hacer algo se está admitiendo que, en el fondo, al padre no le importan las razones del menor: simplemente, no va a comer más helado. Para mí, lo que es un acto de fe es pensar que obligarlo a seguir la dieta de un nutricionista no le generará complejos con la comida, resentimiento hacia sus padres ni inseguridad o dudas sobre sí mismo.. P. Cuenta en el libro que, en lugar de sentarse a desayunar juntos, sus hijos van picando a lo largo de la mañana tentempiés que tienen disponibles en todo momento. El hecho de que casi todos los tentempiés que cita sean parte de lo que se conoce como comida basura, ¿es una provocación?. R. No, responde a la realidad. Decidí mantener estos apartados en el libro para demostrar que hablo en serio cuando digo que mis hijos tienen verdadera libertad con la comida, y que no estoy vendiendo trucos bonitos para conseguir que coman lo que yo quiero. La llamada comida basura nos facilita muchísimo la vida con los niños: se conserva bien, es fácil de conseguir y de transportar y, lo más importante, les gusta. Como consecuencia, mis hijos rara vez están de mal humor porque tienen hambre, no me guardan resentimiento por cómo se alimentan, no dedicamos demasiado tiempo a prepararla y no existe una carga moral en torno a la alimentación. Los peligros de la comida basura tendrían que ser muy graves para compensar el placer de disfrutar de las comidas en familia sin estrés.. Aaron Stupple defiende que los niños elijan qué comen y cuestiona la culpa asociada a la comida basura.Jodie Griggs (Getty Images). P. Uno de los puntos más polémicos del libro es el de las pantallas. En España y en otros países europeos hay cada vez más familias que intentan retrasar la llegada del primer teléfono móvil a sus hijos. La Asociación Española de Pediatría recomienda no utilizar pantallas hasta los seis años y, entre los 7 y los 12, limitar su uso a una hora diaria. En cambio, usted dice que sus hijos tienen barra libre de iPad.. R. Existe un pánico moral en torno a las pantallas, y me entristece ver cómo se está extendiendo en Europa. Por primera vez en la historia, cualquier persona puede llevar la totalidad del conocimiento humano en su bolsillo a un coste mínimo. Negar esto a los niños es peor que negarles los libros. Cada uno de mis cinco hijos ha tenido su propio iPad desde que tenía 18 meses. Todos tienen un vocabulario rico, un sentido del humor ágil, amplios conocimientos, se relacionan bien con los demás, no están deprimidos ni buscan contenidos nocivos. Sé que son solo mis cinco hijos, pero, dado que sus mentes no se han derretido hasta convertirse en un charco de baba, al menos puedo decir que existe la posibilidad de que las pantallas no tengan nada de malo.. P. Meta acaba de aceptar pagar hasta 18.000 millones de dólares para resolver acusaciones de 29 Estados sobre el diseño deliberadamente adictivo de Facebook e Instagram para niños y adolescentes.. R. No sé cuál es la estrategia de Meta con este acuerdo, pero lo que sí sé es que la idea de que un niño pueda volverse adicto a un dispositivo con pantalla de un modo similar a las adicciones químicas reales (como al tabaco o al alcohol) es absurda. Si el concepto de adicción se desvirtúa hasta significar simplemente que algo te gusta mucho y te disgusta que te lo quiten, entonces la mayoría de las cosas buenas de la vida quedan degradadas a adicciones, a algo a lo que temer, convirtiéndose en una herramienta de control a través del estigma y la culpa y también, en este caso, del litigio.. El médico rechaza equiparar el uso de los móviles a las adicciones químicas.Vera Livchak (Getty Images). P. “Mis hijos se despiertan cuando se despiertan. No usamos despertadores”, escribe. Unas páginas después, añade: “Durante el día, mientras mi mujer y yo trabajamos, nuestros hijos están acompañados por cuidadores a tiempo completo”. ¿No le parece que esta filosofía de crianza es en cierto modo elitista?. R. Lo que yo considero elitista es decir a padres con recursos modestos que la comida basura es veneno y que deberían estar preparando carnes y verduras; que las pantallas son formas ilegítimas de entretenimiento; o que los padres que no dedican el tiempo y esfuerzo necesarios a controlar a sus hijos están siendo irresponsables. Gestionar a los niños requiere mucho trabajo, y esta carga recae con más fuerza en quienes tienen menos recursos. En el libro, en todo caso, describo muchas alternativas menos costosas que contratar cuidadores, como vivir cerca de los abuelos o reestructurar la vida laboral.. P. ¿Dónde ponemos la frontera entre la ausencia de normas y la crianza irresponsable?. R. A riesgo de sonar como si estuviera esquivando la pregunta, el punto central de mi libro es que esta cuestión de “¿dónde ponemos la frontera?” es un enfoque deficiente para abordar la crianza. Se parte de la premisa de que si los padres no marcan líneas reina el caos. Lo que planteo es que una pregunta mejor sería: ante un conflicto con nuestros hijos, ¿cómo resolvemos el problema de la mejor manera? Esto aleja al progenitor del papel de autoritario, guardián y adversario, al tiempo que sigue siendo responsable de la seguridad, el crecimiento y el desarrollo del niño.. P. Para quien no quiera pasarse el día poniendo normas a sus hijos, pero tampoco se sienta capacitado para dar total libertad en aspectos como la alimentación, el sueño o las pantallas, ¿existe alguna alternativa intermedia?. R. Siempre se pueden dar pasos hacia una mayor libertad, y esos pasos siempre merecen la pena. Generan confianza, profundizan las relaciones, eliminan conflictos, promueven el aprendizaje y, en general, son más divertidos. Una sugerencia que hago es, simplemente, esperar 60 segundos antes de aplicar una norma. Da a tu mente esos 60 segundos para dar con una alternativa que no requiera forzar la situación. Cuanto más tiempo te concedas a ti mismo, más soluciones empezarán a surgir en tu cabeza y más confianza tendrás en que puedes resolver cualquier conflicto. Y si no es así, adelante con la norma: siempre habrá una próxima vez.
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