“La mayoría de los poemas llegan tarde”.. Seguir leyendo
La autora recibe en Toronto el Premio Joan Margarit de manos del rey Felipe VI
“La mayoría de los poemas llegan tarde”.. Eso nos dice Margaret Atwood. A veces tardan toda una vida. Las cartas se ahogan, los versos se pierden. Pero a veces, y son muchas, la poesía llega a tiempo. Llega como el agua, o el sol, o un beso. Entonces la escritura deja de oscurecer, aquí, acá, como la marea, la frase va y viene, lame la piel, la orilla, y entonces dejamos de naufragar. Dejamos de llegar tarde a la cena, de hablar sin estribillo.. Margaret Atwood es más que conocida como novelista. Sin embargo, es una grandísima poeta. Este jueves recibe en Toronto, de manos del rey Felipe VI, el Premio Joan Margarit de Poesía. En su escritura no hay pelusa, tampoco bollería. Solo poemas que suben por las escaleras, que tienen cara de búho y a veces curvas oscuras. Son como los gatos que arañan la puerta. Y entonces uno deja que la llave gire, y que todo entre, el aire, la palabra, lo que sea. Margaret Atwood tiene ojos de ciruela o, diría ella, quizás, ojos de pez, atrapados en un acuario. Habla suave, como una cortina que ondea. Aquí hay plenitud, hay esa lentitud, ese brillo, del hombro.. Nos gustaría conservar sus frases como lo haríamos con los rizos de antaño, los que tuvimos un día cuando fuimos jóvenes. Margaret Atwood tiene cerca de 90 años de pura juventud. Todos sabemos de El cuento de la criada. Se crio por Toronto, hizo estudios de Filología inglesa y también estudió francés, pasó unos años en Boston, por Harvard, obtuvo premios, el Booker, el Hammett, el Kafka, pero siempre fueron sus novelas las galardonadas. Incluso en España le dieron algún premio, el Príncipe de Asturias de las Letras. Pero el Joan Margarit es el primer premio internacional que obtiene Atwood por su poesía. Una autora que publicó una veintena de poemarios.. El reloj corre, el anochecer cae y así, profundos o no, vamos menguando. De eso hablan sus poemas. A veces son claros, como la nieve de su país, Canadá. Tienen el pecho duro y redondo, pero a veces son como el hacha, o se hunden como un clavo de acero. Te dejan con los ojos llenos de carbón. Para que te enteres, por si no te habías percatado, que todos somos ceniza. A veces se ponen a andar como si fueran arañas, lo escribe ella, “sobre la sábana de franela / en la postura de un hombre haciendo el muerto, / boca abajo. Las manos descienden, / ignoran la piel, / el xilófono de la columna, esquivan los bultos y los lóbulos, / se dirigen al tejido profundo”. Y así hace su escritura, baja y sube, tañe las cuerdas de las tripas, tensa los tendones, y ahí se quedan entonces, a veces, en esa delicada seda roja, en ese cojín del corazón, ahí se duermen.. A veces los poemas son perfectos para clavar alfileres. Y entonces los corazones duelen. Y entonces nos despertamos con todos los electrones, todas las partículas apiñadas, y miramos a través de la ventana, y el cuero del cielo se nos hace más azul, la cama se hunde un poco más y fuera la calle tartamudea, los coches corren como si fueran ceniceros. Margaret Atwood sabe tirar de la trama de las palabras. Pero sobre todo sabe dejarlas y mostrarlas como a veces son, huesudas, de luz seca, abiertas hasta el muslo, como si fueran conejos degollados. Ahí tienes la frase trabajando con el cuchillo hasta el cartílago, y el poemario va goteando, sangrando por los codos.. Y así nacen los poemas suyos. En medio de las cebollas y los tulipanes, en medio de la desplumadura de pájaros, y así meten los dedos, las manos. Las axilas dejan pasar el aire. Saben que del sudario de la página saldrá algo que no oxidará. Algo que seguirá hilando mucho tiempo adelante como si fuera una mariposa que nunca muere, aunque solo viva un solo día. Aquí hay lo que tiene toda la poesía, levedad, gravedad, piedad, bondad. Y mientras, el tiempo nos va fumando, tirando fuerte de la colilla, mientras nos vamos quemando por los dos lados y el sol nos va asando, el ajo de los ojos enloquece, canta el cantar.. ¿Qué es la poesía? Palabras que sobresalen de las páginas cual venas despellejadas, frases que te mantienen atado. Y no importan los metros cuadrados de cielo arriba o de tierra abajo. Lavas los platos, quieres a tus hijos, la puerta se abre, la puerta se cierra, hay un antes y hay un después, y un día, ya no queda ni el uno ni el otro. Llega la primavera, pero tú ya no estás dentro. Ni tampoco fuera. Algo se ha extraviado y ese silencio desafinado es lo que las frases buscan rescatar.. La cuerda de las palabras se tensa y entonces el violín muerde el silencio. Entonces salimos adelante. Y los ojos se nos hacen todavía más ciruela. Ojos rojos, rosados, enamorados. Dejamos de ser serrín, dejamos de anochecer incluso de día. Entonces nos ponemos a bailar como si fuéramos un prado. Y en la voz nos entran barítonos. Nos entra aire que sabe a montaña, a lago, aire que sabe a palabra que salva.. Javier Santiso es escritor y editor. Su última novela es ‘Mortalmente vivo’ (La Huerta Grande, 2024). También acaba de publicar, con Lita Cabellut, ‘Los disparates’ (La Cama Sol, 2024). Es fundador de la editorial La Cama Sol y consejero de Prisa, editora de EL PAÍS.
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