Era una tarde húmeda y nublada de junio de 2010 en Cambridge (Massachusetts). En la casa de la calle Trowbridge, una vivienda de tres plantas que respiraba el éxito de la clase media norteamericana, se descorchaba champán. Don Heathfield, un consultor de startups, y su esposa Ann Foley, agente inmobiliaria, celebraban el vigésimo cumpleaños de su hijo Tim. Todo era normalidad doméstica: brindis, risas y la promesa de un futuro brillante para unos hijos criados en la libertad occidental. Entonces, un golpe seco en la puerta rompió el cristal de la realidad. Era un equipo táctico del FBI.. Mientras los agentes esposaban a los padres en rincones opuestos del salón, una verdad que había permanecido oculta durante décadas comenzó a emerger. Ann Foley no era canadiense. La verdadera Ann Foley había muerto de meningitis en Montreal en 1962, de bebé. La mujer que había criado a Tim y a su hermano Alex era Elena Vavilova, una operativa de élite del SVR ruso, nacida en Siberia. Su marido no era Don, sino Andréi Bezrukov. Eran «ilegales»: espías sin cobertura oficial, entrenados durante años para mimetizarse tan perfectamente en la sociedad enemiga que ni sus propios hijos sospechaban que su vida era ficción.. Esta escena, digna del mejor thriller (y que ha inspirado series como The Americans), es el punto de partida de Los ilegales: La historia nunca contada del programa de espionaje más secreto de Rusia (Salamandra), la monumental investigación del periodista británico Shaun Walker (1981) que acaba de llegar a España. Walker, corresponsal con larga experiencia en Moscú para The Independent y The Guardian, no se limita a narrar historias de espías; disecciona la psique de unos seres humanos capaces de borrar su pasado para convertirse en armas del Estado.. Cuando nos citamos con él para conversar sobre esta paradoja, la primera pregunta es obligada. El caso de los hijos de Vavilova y Bezrukov o el de Peter Herrmann (hijo del espía checo-soviético Rudolf Herrmann), plantea todo un dilema moral. El KGB exigía una subordinación total del instinto parental a la misión. ¿Es posible ser buen padre y, al mismo tiempo, un buen ilegal? ¿O la naturaleza del engaño perpetuo constituye un inevitable abuso psicológico? «No quisiera erigirme en juez de la crianza de nadie, pero ciertamente, esta profesión lo hace muy difícil». Walker recuerda sus conversaciones con Peter Herrmann, reclutado por su propio padre para el KGB en un intento de crear una dinastía de espías, o «ilegales de segunda generación».. «Mucho de lo que Peter describía sobre su crecimiento sonaba a cosas que se escuchan en muchas familias, especialmente en las de inmigrantes de segunda generación», explica . Habla de padres que quieren que sus hijos se integren, pero no demasiado, por miedo a perderlos; padres que desconfían de la cultura de acogida. «Pero, por supuesto, además de eso vives en un gran engaño, donde todo lo que les dices a tus hijos es mentira».. La crueldad de este engaño reside en su totalidad. No son mentiras piadosas; son los cimientos de la identidad de los niños los que son falsos. Walker destaca cómo, años atrás, cuando entrevistó a los hijos de la pareja de Cambridge, le transmitieron una sensación de confusión y lealtad rota.. «Su argumento era que habían tenido conversaciones difíciles con sus padres y no entendían la elección de tener hijos sabiendo lo que hacían», relata Walker. Sin embargo, los hijos también sentían que habían tenido «padres amorosos que, en muchos sentidos, habían sido muy buenos, pero que eligieron enfocarse en esa otra parte de sus vidas: la misión». «Para resumir», concluye Walker, «la prioridad siempre debía ser el trabajo».. Si la vida familiar de los ilegales parece trágica, su vida operativa a menudo roza la farsa burocrática. La cultura popular rusa, y el propio Putin, han idolatrado la figura del espía omnipotente, al estilo del Stirlitz de la serie Diecisiete instantes de una primavera. Sin embargo, la investigación de Walker en los archivos revela una realidad mucho más prosaica, a veces chapucera.. En el libro, Walker documenta casos como el de Jack Barsky, un ilegal que terminó trabajando como mensajero en bicicleta en Nueva York, entregando paquetes en lugar de robar secretos nucleares, o parejas que enviaban recortes de prensa que ya eran públicos. ¿El programa de ilegales es, en realidad, más una herramienta de propaganda interna para sostener el mito de la grandeza rusa que una herramienta efectiva de inteligencia?. «Lo que trato de mostrar en el libro a lo largo de este arco de 100 años es que el programa cambió». El autor distingue claramente entre los «primeros ilegales» de la era bolchevique y los de la Guerra Fría tardía. «Los primeros eran la respuesta a una situación difícil: la Unión Soviética no tenía relaciones diplomáticas, pero tenía comunistas ideológicos con experiencia en la clandestinidad. Fue una solución brillante y funcionó muy bien para ellos».. Pero con el paso de las décadas, esa eficacia se diluyó en la esclerosis soviética. «Se convirtió en un mito». Y no solo en un mito, sino en una trampa logística. La Unión Soviética se volvió una sociedad cerrada, lo que obligaba a un esfuerzo titánico para entrenar a ciudadanos soviéticos y crearles identidades falsas desde cero.. «Mi conclusión general es que, con cada década que pasaba, se volvía más y más difícil crear a un ilegal, y los resultados eran cada vez menores», asegura el periodista. «Hay más trabajo, más dinero, más tiempo invertido, y los resultados parecen bastante vergonzosos».. Hoy, bajo el mandato de Putin, quien fue oficial del KGB en Dresde, este «culto al ilegal» ha resurgido con fuerza. Hay libros, estatuas y programas de televisión semanales. «Creo que si hubiera algún caso de los años 80 o 90 que realmente hubiera cambiado el mundo para Rusia, habríamos oído hablar de él», argumenta Walker. «En cambio, tiendes a escuchar esto de ‘ellos cambiaron el mundo’, sin detalles».. La historia de los «ilegales» no es lineal; es la crónica de una decadencia. Si los primeros, de la era bolchevique, fueron aventureros cosmopolitas revolucionarios, sus sucesores de la Guerra Fría fueron productos manufacturados en una cadena burocrática y paranoica.. El método predilecto era el del «doble muerto»: apropiarse de la identidad de un bebé que había fallecido en un país occidental. Eran camaleones naturales. Pero a medida que la Unión Soviética se cerraba sobre sí misma bajo el estalinismo y el Telón de Acero, la reserva de talento que había dado lugar a Dimitri Bystrolyotov o al asesino de Trotski se secó. El KGB se vio obligado a inventar extranjeros a partir de soviéticos que jamás habían salido de su provincia.. El proceso de creación de estas identidades falsas, detallado minuciosamente en Los ilegales, roza lo macabro. El método predilecto era el del «doble muerto»: apropiarse de la identidad de un bebé fallecido en un país occidental aprovechando la laxitud de los registros de la época. Así «nació» Don Heathfield, el nombre robado a un bebé canadiense muerto que Andréi Bezrukov utilizó durante décadas. Así volvió a la vida la pequeña Ann Foley.. La inversión era, en efecto, colosal. En el libro, Walker describe el entrenamiento de Bezrukov y Vavilova. Pasaron años en pisos francos de Moscú aprendiendo idiomas, códigos y costumbres. En la etapa final, los trasladaron a una casa a las afueras de la capital diseñada para simular un hogar americano. Tenían prohibido hablar ruso, conscientes de que los micrófonos del KGB registraban cada suspiro para asegurar una metamorfosis total.. Sin embargo, el resultado de tanto esfuerzo rara vez se correspondía con la imagen cinematográfica. «Si miras a algunos de estos espías posteriores», comenta Walker, «muchos de ellos están simplemente muy aburridos. Era una existencia muy difícil». Lejos del glamour de James Bond y los martinis, la realidad del ilegal moderno se parecía más a las novelas de John le Carré: una espera interminable, burocracia y terror a ser descubierto.. Un ejemplo flagrante que Walker documenta es el de Mijaíl Vasenkov, un ilegal que vivió durante años en Perú y luego en Nueva York bajo la identidad del fotógrafo uruguayo Juan Lázaro. A pesar de décadas de infiltración y de una vida construida sobre mentiras, su contribución real fue, según los archivos, mínima.. «Lo que no podía entender», confiesa Walker, «es qué motiva a un joven soviético ambicioso e inteligente en 1955 o incluso en 1980 a pensar: ‘Realmente quiero hacer esto’. Porque no había muchas formas de ver el mundo desde la Unión Soviética. Este era un programa de élite, prestigioso… no conocías todos los detalles hasta que estabas muy adentro. Y era una de las únicas formas de salir y viajar».. Si hay una región que ha servido históricamente como el gran vestuario donde los espías rusos se cambian de piel, esa es América Latina. Desde los años 30 hasta la actualidad, el KGB y su sucesor, el SVR, han utilizado estos países como plataformas de lanzamiento para construir las llamadas «leyendas»: historias de fondo creíbles.. Walker ofrece una explicación pragmática y fascinante sobre esta obsesión geopolítica. «Es una zona donde Rusia tiene fuertes lazos diplomáticos», señala, pero la clave es que «hay suficiente gente blanca en esta región para que los rusos puedan pasar por sudamericanos… y son lugares donde en años recientes hubo mucha inmigración».. Esta mezcla de laxitud registral y diversidad étnica permite trucos como el que Walker describe en la entrevista: un oficial ruso encuentra en Namibia o en un registro perdido de la selva brasileña el dato de un niño nacido de inmigrantes alemanes o italianos décadas atrás. Con esa partida de nacimiento, se presenta en Buenos Aires o Río y dice: «Hola, soy Ludwig Gisch, mis padres eran argentinos, nunca me saqué el pasaporte». Y el sistema lo engulle.. Igual que el mal cálculo de Stalin en 1941, Putin hizo caso omiso de una montaña de pruebas que no encajaban con su visión de invadir Ucrania. El libro documenta casos históricos asombrosos, como el de Iósif Grigulévich, que llegó a ser embajador de Costa Rica en Italia y el Vaticano bajo una identidad falsa. Pero esta no es una táctica del pasado. Walker conecta esta tradición con el caso reciente de la pareja detenida en Eslovenia en 2022: vivían como una tranquila familia argentina con dos hijos, pero en realidad eran agentes de élite rusos.. En 2022 Putin ordenó la invasión de Ucrania convencido de que sería un paseo militar, apoyado supuestamente por redes de «durmientes» y una población pro-rusa. Fue un error de cálculo colosal que Walker atribuye a la naturaleza misma del sistema de inteligencia que Putin construyó.. En el libro, Walker narra su visita a la pequeña ciudad de Vasilkov, al sur de Kiev, al tercer día de la invasión. Los lugareños, aterrorizados y armados con Kalashnikovs, le susurraban rumores sobre «durmientes» rusos que habían vivido entre ellos durante meses esperando la señal de ataque. Sin embargo, la gran insurrección interna nunca ocurrió. «Al igual que en 1941, cuando Stalin calculó mal antes de la invasión de Hitler, Putin hizo caso omiso de una montaña de pruebas porque no encajaban con su visión»,. El autor profundiza en la psicología del poder autoritario que explica este fracaso. «Cuanto más rígido es el sistema, mayor es la posibilidad de que acabes con analistas que piensan como tú quieres», argumenta. Al igual que los agentes de la era soviética tenían miedo de contradecir a Stalin, los espías de hoy temen decirle a Putin que sus planes son una locura. El resultado es una cámara de eco donde la realidad se sustituye por la fantasía imperial.. La tecnología moderna, con sus huellas biométricas y el rastro indeleble de las redes sociales, hace que la creación de agentes como los de la Guerra Fría sea una tarea titánica, casi imposible. Incluso fuentes de inteligencia en Moscú le admitieron que, en la era de la IA, crear leyendas que resistan el escrutinio es un desafío mayúsculo.. Y, sin embargo, Putin, el espía que soñaba con ser Stirlitz, sigue enviando a su gente al frío, invirtiendo fortunas y vidas en un juego anacrónico. ¿Por qué? La mayoría acabarán aburridos, alcoholizados o detenidos sin haber logrado nada relevante. Pero basta un solo éxito para justificar, a ojos del Kremlin, cientos de vidas robadas.
La Lectura // elmundo
El corresponsal en Moscú Shaun Walker desentraña en su nuevo libro un siglo de operaciones encubiertas del KGB y el SVR, revelando el coste humano de unos agentes de élite que sacrificaron su identidad, su moral y hasta a sus propios hijos en el altar de la Madre Patria, desde la era soviética hasta el actual gobierno de Vladímir Putin Leer
El corresponsal en Moscú Shaun Walker desentraña en su nuevo libro un siglo de operaciones encubiertas del KGB y el SVR, revelando el coste humano de unos agentes de élite que sacrificaron su identidad, su moral y hasta a sus propios hijos en el altar de la Madre Patria, desde la era soviética hasta el actual gobierno de Vladímir Putin Leer
