Un par de amigos míos trabajan como guías turísticos. Hace años, uno de ellos me mandó un mensaje para decirme que había una anciana en su excursión empeñada en que Orson Welles se había suicidado arrojándose al mar en A Lanzada, la playa que comparten Sanxenxo y O Grove. Mi amigo lidió con ella media tarde hasta que la señora pareció convencerse y se hundió en su sillón del autocar. Al cabo de una hora, cuando rompió a llover y se oscureció el cielo, la escuchó al fondo diciéndole a su compañera de asiento: “Con este tiempo no me extraña que Orson Welles se acabara suicidando”.
EL PAÍS
Un par de amigos míos trabajan como guías turísticos. Hace años, uno de ellos me mandó un mensaje para decirme que había una anciana en su excursión empeñada en que Orson Welles se había suicidado arrojándose al mar en A Lanzada, la playa que comparten Sanxenxo y O Grove. Mi amigo lidió con ella media tarde hasta que la señora pareció convencerse y se hundió en su sillón del autocar. Al cabo de una hora, cuando rompió a llover y se oscureció el cielo, la escuchó al fondo diciéndole a su compañera de asiento: “Con este tiempo no me extraña que Orson Welles se acabara suicidando”.
Un par de amigos míos trabajan como guías turísticos. Hace años, uno de ellos me mandó un mensaje para decirme que había una anciana en su excursión empeñada en que Orson Welles se había suicidado arrojándose al mar en A Lanzada, la playa que comparten Sanxenxo y O Grove. Mi amigo lidió con ella media tarde hasta que la señora pareció convencerse y se hundió en su sillón del autocar. Al cabo de una hora, cuando rompió a llover y se oscureció el cielo, la escuchó al fondo diciéndole a su compañera de asiento: “Con este tiempo no me extraña que Orson Welles se acabara suicidando”. Seguir leyendo
