A Picasso le bastaba con recortar un simple cartón y salpicarlo de colores; Delacroix se delata como un perfeccionista obsesivo; la belleza en la mezcla de los pigmentos de Ingres casi iguala la de sus odaliscas; Turner resulta tan evanescente en su paleta como la neblina veneciana de sus cuadros; Matisse se diría que dispone las manchas cual ramo de flores primaverales; Renoir tiene un gesto finísimo y delicadísimo; la furia de Van Gogh se desata en la densidad de unos colores enloquecidos, en fuga sobre la propia madera; Mondrian no puede evitar ser siempre minimalista; Miró casi crea una de sus constelaciones de soles y estrellas con unos cuantos pigmentos y Dalí lleva dentro su desierto surrealista. Son solo algunas de las sensaciones que se desprenden de las paletas de los artistas, su herramienta de trabajo más básica pero también una suerte de diario íntimo que puede llegar a revelar su técnica y su temperamento. Incluso sus huellas dactilares o la señal inequívoca de un dedo.. «Las paletas cuentan historias, platean preguntas, esconden secretos y a menudo son reflejos de la vida y la época del artista», señala la historiadora Alexandra Loske, una de las grandes especialistas en teoría del color y conservadora del Royal Pavilion de Brighton, que publica el bellísimo volumen Los colores de las pintura (Folioscopio), en el que analiza las paletas de 50 artistas, enfrentándolas a algunas de sus obras magnas. «La paleta es como un espejo», expone.. La paleta de Vincent Van Gogh.. Resulta fácil imaginarse a Delacroix mirándose al espejo/paleta tras leer la anotación de su diario del 21 de julio de 1850: «Mi paleta recién arreglada y brillante por el contraste de los colores basta para encender mi entusiasmo». Un Baudelaire completamente admirado por la perfecta disposición y exuberancia de sus cerca de 80 colores –apenas un centímetro de pintura– la describe así: «No he visto jamás una paleta tan minuciosamente y tan delicadamente preparada como la de Delacroix. Se asemeja a un ramo de flores sabiamente armonizadas».. ‘Autorretrato como alegoría de la pintura’ (1638-39) de Artemisia Gentileschi.. Antes del siglo XIX, pocas paletas de madera han sobrevivido. «Son más frágiles que una pintura y están más expuestas a la corrosión», indica Loske que, sin embargo, empieza su libro en el siglo XVI con el primer autorretrato conocido de la Historia del Arte, donde la artista se representa con una paleta en primer plano. Porque el primer autorretrato de un pintor es el de una pintora: la flamenca Caterina van Hemessen (1528-c. 1565). En una tabla diminuta, de 32 por 25 centímetros, conservada en el Kunstmuseum de Basilea, Van Hemessen se representa a sus 20 años ante el caballete, destacando el veteado de su paleta de madera pulida que sostiene con el pulgar izquierdo. El libro sigue un siglo después con el magno Autorretrato como alegoría de la pintura (1638-39) de Artemisia Gentileschi y con Rembrandt frente a su caballete (1660). «No hay diferencia entre hombres y mujeres: ellas son artistas, igualmente buenas e importantes. Pero necesitamos corregir el desequilibrio histórico y contar las historias de las pintoras, por eso hago mucho énfasis en ellas», explica Loske, que actualmente está escribiendo un ensayo sobre el papel de las mujeres en la historia del color.. Aunque sí hay algún detalle distinto… en la paleta de Berthe Morisot, que incluye el retrato fugaz de una niña en la parte inferior de su paleta. Es del mismo año en que pintó su óleo Niña entre malvarrosas (1881) o su hija Julie jugando en el jardín. «Hay paletas que son objetos de belleza accidental o construida. Y esta resulta especialmente conmovedora por la muestra de amor maternal. Es como si la niña estuviera jugando y Morisot la pintara de forma espontánea en unos pocos trazos rápidos», dice Loske, que ha llevado a cabo una «labor casi detectivesca» para localizar tantas paletas.. En el muestrario sorprende la elegantísima porcelana blanca que usaba Turner, con los restos traslúcidos de sus acuarelas. «Se conservan pocas por la naturaleza quebradiza de la cerámica, un material más adecuado para la pintura al agua por su superficie no absorvente», explica la historiadora. Otra rareza es la de Wilhelm Hammershøi, el gran artista de Dinamarca, que solía pintar interiores domésticos, un poco como Vermeer, pero con una neblina muy escandinava. Su paleta parece la superficie de la luna, con pintura blanca/gris que se ha solidificado formando cráteres. «En sus lienzos parece que haya una cortina gaseosa frente a la pintura. Y es real: a menudo agregaba otra capa de blanco lechoso. Sus pinturas son realmente delgadas y puedes ver el lienzo a través de ellas. Su paleta es sorprendente: la pintura está tan amontonada, es tan gruesa… Pero luego él la convertía en capas muy finas sobre el lienzo», cuenta Loske.. La paleta que utilizó Wassily Kandinsky entre 1933 y 1944.. Muchos artistas eran conscientes del valor de sus paletas. E hicieron de ellas microcuadros firmados y fechados, empezando por Picasso. En una subasta de Sotheby’s en 2020, la paleta de cartón que utilizó en 1961 para pintar su versión cubista de Le Déjeuner sur l’herbe de Manet superó las 56.000 libras. «Tenía un ego muy grande y, por supuesto, firma su paleta en el reverso porque sabe que se convertirá en un objeto coleccionable. Otro caso es el de Lucian Freud, que le regaló la paleta a una modelo porque sabía que, en algún momento, ella podría ganar dinero con eso y que la ayudaría», compara Loske.. Si de los pintores antiguos apenas han sobrevivido sus herramientas de trabajo, a partir del siglo XX las paletas se desmaterializan: la de Helen Frankenthaler es una gran estantería con cubos de acrílico (Keith Haring los tiene en el suelo), mientras que Bridget Riley solo necesita una mesa con papeles de colores. «Siempre seguirán existiendo las paletas tradicionales, aunque sean un simple trozo de papel deshechable o los artistas usen otros materiales. Por ejemplo, la manera en cómo disponen unas telas también considero que es una paleta», argumenta la historiadora. Porque una paleta puede ser un objeto o una metáfora, algo tangible o casi espiritual, pero siempre conservará la esencia del artista que la usó.
La Lectura // elmundo
La historiadora Alexandra Loske analiza la técnica y la psicología de 50 grandes artistas a través de sus paletas en el exquisito volumen ‘Los colores de la pintura’ Leer
La historiadora Alexandra Loske analiza la técnica y la psicología de 50 grandes artistas a través de sus paletas en el exquisito volumen ‘Los colores de la pintura’ Leer
