Envidio los sueños de los otros: hay quien levanta catedrales mientras yo cierro los ojos y me tapo hasta el cuello. Sus sueños recogen un símbolo y un símbolo y un símbolo, como miguitas de pan hacia la mañana, y no se les relajan ni el corazón ni los pulmones, sino que la fábula se enciende. Los míos transcurren en el lugar común: se me caen los dientes, me desnudo en público, me pierdo y falto a citas o reuniones, viajo en un autobús que no sube una pendiente y cae; nunca todo a la vez, claro, sino uno una noche, otro otra, así hasta agotar mis posibilidades.. Hace poco sentí que me envolvía la mantita de lo onírico. Soñé con un poema mío, o más bien que alguien publicaba en una red social un poema firmado con mi nombre, y que me etiquetaba; que yo lo leía, y pensaba: qué malo. He escrito muchos poemas fallidos, que en su momento me convencieron y de los que me arrepentí nada más enviarlos. Los corregí después o los escondí bajo la alfombra, con las vergüenzas: poemas malos. Pero en aquel poema, ni un solo elemento para redimirlo: las imágenes tópicas, las rimas internas ensuciando la música. Me alejaba de la pantalla del teléfono, como quien intenta distanciarse para que el elemento mengüe, diminuto, diminuto, hasta esfumarse, y pese a mi esfuerzo el poema malo continuaba ahí, agarrado a poemas de otros para celebrar una efeméride. Volví con espanto, tratando de recordar en qué momento había decidido que la idea funcionaba, que funcionaba esa combinación de sustantivos, ese paralelismo, y no me sonaba cuándo, dónde, quizá mi memoria lo extirpó.. Qué noche la de mi corteza cerebral, que abandonó los clichés -dientes, desnudos, trenes perdidos, accidentes- y se molestó en construir una estructura narrativa. Salía de la cama, abría el portátil: en la barra de búsqueda tecleaba el primer verso. El sistema no lo reconocía. Eliminaba las comillas, e insistía: sin resultados. Tecleaba el segundo verso, y repetía la operación: añadía el signo, lo borraba. Sin resultados. Probaba con palabras sueltas: sin resultados. Lo mismo en un buscador de internet: con o sin mi nombre, aquellos versos no pertenecían a nadie. Repasaba los archivos de mis libros, los textos sueltos en doc y rtf.. Me desinflaba en la silla de oficina: aquel poema malo -qué alivio- no lo había escrito yo. Continuaba con mi reacción a quien lo había colgado: muchas gracias, pero me temo que ese poema no es mío. Cómo que no, me respondía. No me sonaba y lo he buscado, explicaba yo, tampoco aparece en ninguno de mis libros, ¿a ti sí, dónde? Mensaje visto, y muchos minutos después: ah, vale, pues lo siento. En mi duermevela yo insistía: ¿es posible que se borre, por favor? Actuaba como en la realidad, fogata desde mis hemisferios: sabía que bastaba con editar la publicación y suprimir la imagen, sin eliminar el resto.. Me fijaba en los demás poemas -malos también, aunque no tanto como el mío- y sentía un aire de familia si había leído a sus autores, y al mismo tiempo cierta disonancia: parecían suyos, no del todo. Tomaba varios de sus libros para localizar aquellos poemas malos -quizá me preguntase si lo soñaban igual-, en un buscador un verso por azar, otro por empeño, ni en papel ni en la pantalla resultados. Ahí permanecía aquel poema malo que yo no había escrito, pero en el que figuraba mi nombre: no sentía tanto bochorno cuando la lengua separaba el canino de la pulpa, cuando me paseaba sin ropa ante desconocidos.. El penúltimo verso imitaba la estructura de uno mío que sí reconocía: cambiaban las palabras, mantenía la sintaxis. El primero parafraseaba otro de otro poema que sí me sabía de memoria. Conforme repasaba el poema falso oía los ecos de poemas verdaderos: alguien los había arrojado al vaso de un robot de cocina, y con los ingredientes había elaborado un plato diferente. Ahí me daba cuenta: mi interlocutor había recurrido a la inteligencia artificial. Quizá preguntase por algún poema mío, y el sistema le entregara el poema malo; o algo menos vanidoso, prepárame diez gráficos con poemas contemporáneos, sin comprobar nada.. Notificación: no lo voy a borrar, porque quiero difundir la poesía. Le agradecía la intención, pero entendía que tendría más sentido si la poesía fuese verdadera; no en sentido ontológico sino práctico, esto lo pensé sin añadirlo. La situación desembocaba -tensos el corazón y los pulmones- en el bloqueo por mi interlocutor en nombre de la poesía: de manera que aquel poema malo, con mi nombre en la firma, se integraba en la certeza del mundo, disponible para las bodas y los bautizos y las comuniones de la poesía, rastreable para quienes en el futuro necesitasen diez gráficos blablá, y la máquina se lo devolviera. Intentaba despertar, abrir los ojos, clavarme las uñas en el dorso de las manos, pero caía en que no: ya miraba y veía, me dolían la piel y la carne con el toque; había sucedido lo que había sucedido. Dientes, desnudos, trenes perdidos, accidentes: os prefiero a esta realidad.
La Lectura // elmundo
Hace poco sentí que me envolvía la manta de lo onírico. Soñé con un poema mío, más bien que alguien publicaba en una red social uno con mi nombre, y que me etiquetaba; yo lo leía, y pensaba: qué malo Leer
Hace poco sentí que me envolvía la manta de lo onírico. Soñé con un poema mío, más bien que alguien publicaba en una red social uno con mi nombre, y que me etiquetaba; yo lo leía, y pensaba: qué malo Leer
