La primera sorpresa de La tierra de los hebreos es su resistencia a encajar con un libro de viajes al uso. Else Lasker-Schüler (Elberfeld, 1869-Jerusalén, 1945) convierte cada página sobre Palestina en un laboratorio de percepción: descompone lo que ve con una atención desbordada, trascendental, idealizada. Sus primeras experiencias allí estaban teñidas por la condición del exilio -en Zúrich, desde 1933, acosada por el partido nazi, y en Jerusalén desde 1939, cuando las autoridades suizas le prohibieron regresar «por exceso de extranjeros», según cuenta Thomas Sparr en Grunewald en Oriente: La Jerusalén germanojudía (Acantilado, 2023)- y su mirada aún no había encontrado un suelo donde asentarse.. Traducción de Carlos Dante Capella. Tresmolins. 240 páginas. 22 €. Puedes comprarlo aquí.. El rechazo a un orden de narrar lógico nace, pues, de una sensibilidad despojada que registra lo que ocurre cuando se llega a un lugar extraño tras perder el propio. Por ello, el paisaje árido, abrupto y mineral de Palestina se le descubre como una entidad espiritual, pero también como un espacio de revelación donde ver es conferir sentido sagrado a lo cotidiano.. Su prosa, mezclada con poesía (y en algunas ediciones con dibujo), avanza en escenas breves y autónomas: un buitre que alisa metódicamente sus plumas, un trayecto en autobús con un beduino que se ríe del árabe improvisado de su interlocutora, los caminos de Jerusalén cuando la luz parece suspendida… En su opinión, el arte necesita «fermentar», con tiempo y distancia para procesar lo vivido. Un proceso que, inevitablemente, impone olvidos (in)voluntarios y la reinterpretación selectiva de lo visto.. De ese tamiz nacen destellos que podrían haberse perdido: niños recitando en un cuarto en sombra, mujeres sigilosas abriéndose paso por el mercado, rabinos discutiendo en un susurro cargado de siglos. En paralelo, traza retratos fulgurantes de figuras como Gershom Scholem o el rabino Abraham Isaac Kook, y estos encuentros dan al libro un espesor humano que excede la estampa lírica y revela las tensiones internas del judaísmo de su tiempo.. Else Lasker-Schüler en 1901, cuando publicó su poemario ‘Estigia’.. La espiritualidad que emerge, austera y punzante, no busca consuelo, sino un asidero en tiempos de expulsión. La autora escribe contra la intemperie: la pérdida de la lengua, la ciudad, el hijo y un siglo que le negó un lugar. En medio de todo ello, observa la convivencia -siempre frágil- entre judíos, árabes y cristianos. Prefiere atender a los gestos mínimos: un saludo, una tarea compartida, la intimidad espontánea de las calles angostas. O niños árabes y judíos jugando en la carretera de Jaffa: «juntos hacen un cielo más grande».. También desliza críticas sutiles y observaciones irónicas sobre las tensiones políticas y sociales de la década de 1930, aunque evita nombrar directamente los conflictos más evidentes. La tierra de los hebreos rehúye simplificaciones y apuesta por los intersticios, por los matices que la política rara vez alberga, y por la revelación poética como manera de acercarse a un país vivido entre la pérdida y la esperanza.
La Lectura // elmundo
En su ensayo de viajes ‘La tierra de los hebreos’ la singular Else Lasker-Schüler apuesta por los matices que la política rara vez alberga y por la revelación poética como manera de acercarse a un país que sería su último hogar Leer
En su ensayo de viajes ‘La tierra de los hebreos’ la singular Else Lasker-Schüler apuesta por los matices que la política rara vez alberga y por la revelación poética como manera de acercarse a un país que sería su último hogar Leer
