«Si no estás poseído por el entusiasmo, por las ganas, por lo que sea, te poseen las neurosis», asegura Pablo Remón. Y, sobre esas ansiedades, concreta: «Las voces de tus padres, los traumas, las herencias o simplemente las redes sociales». Sobre eso va su nueva obra, El entusiasmo, que se estrena hoy en el Teatro María Guerrero y se estará representando hasta el 28 de diciembre. En ella, el dramaturgo y director -Premio Nacional de Literatura Dramática 2021 y Goya al Mejor Guion Original 2019- vuelve a mirar a su generación, que transita entre juventud prolongada y la madurez incierta.. El entusiasmo habla con mucho humor de la mediana edad, ese territorio hoy tan impreciso. Cuatro historias hablan del tiempo, de las vidas no vividas y de reinventarse. Los personajes buscan escribir sus vidas mientras luchan por que lo hagan otros por ellos.. «Cada obra que hago es una foto fija de un momento», explica. El entusiasmo surgió mientras adaptaba Tío Vania y convivía con el mundo de Chéjov. «Pasé mucho tiempo con esos personajes en crisis existencial, y pensé: esto hoy sería la crisis de los 40 o 45 años. Quería coger personajes de ahora, gente como yo, como mis amigos, menos apáticos pero respondiendo a la misma crisis», explica.. El punto de partida no es solo literario, sino también vital. «Los hijos te sacan todas esas cosas del pasado», dice. «Empiezas a repetir patrones, dices frases de tus padres sin darte cuenta. Te preguntas cuántas de las ideas que tienes son tuyas y cuántas son herencias». Para Remón, la paternidad y la mediana edad son espejos que devuelven, por tanto, preguntas incómodas.. Esa tensión entre lo heredado y lo elegido estructura buena parte de su teatro. «O eres autor o eres personaje. Si no te accionas tú, algo te va a manejar siempre». Y, en El entusiasmo, esa idea se vuelve literal: «Hay un personaje que piensa que alguien está escribiendo su vida». La autoría vital se convierte así en una cuestión de identidad: ¿quién escribe realmente nuestra historia?. «Nunca escribo sabiendo lo que quiero contar, sino desde lo que me perturba», confiesa. «Me meto en una obra porque la necesito, no es una cuestión de trabajo sino existencial». En esa búsqueda, la estructura llega antes que los personajes: «Empiezo con la forma, como si fuera una composición musical», y en eso se ha valido mucho del ejemplo de Chéjov con sus varios actos. «Buscaba esa sensación: escenas largas, poco dramatizadas, donde las cosas no se resuelven del todo. La vida misma», dice.. El entusiasmo está construida, precisamente, como un rompecabezas narrativo: «Cada parte te hace releer las anteriores. La obra te obliga a mirar atrás y reinterpretar lo que has visto». Esa fragmentación es también su manera de hablar del tiempo y cómo la memoria -igual que el teatro- cambia según la mirada.. La puesta en escena, minimalista y abstracta, nace en paralelo al texto. «Las cosas se cuentan, no se representan», dice, y junto a la escenógrafa Mónica Borromeo ha buscado «una sensación de algo muy abstracto, como en el recuerdo, donde las cosas acuden sin más».. «Me gusta mezclar Derrida y el Media Markt, porque eso es nuestra vida». La música cumple un papel esencial en ese viaje emocional. «Escribo escuchando las canciones que luego uso», cuenta. «En esta obra suenan Suicide, un grupo punk de los 70, música tecno y una jota. Me gusta mezclar Derrida y el Media Markt, porque eso es nuestra vida», asegura. Ese contraste entre alta y baja cultura define su estilo: un teatro permeable, cercano, que no teme mezclar Sanchinarro con filosofía francesa.. En escena, vuelve a contar con Francesco Carril, actor fetiche con quien ha trabajado en varias obras previas como Los farsantes, y con Marina Salas, que lo acompañó con Vania x Vania. «El elenco es la decisión más fundamental de una obra», dice Remón. «Me gusta que haya actores que conozco y otros que no, que vengan de mundos distintos», y que todo se mezcle.. Esa manera orgánica de trabajar borra para él las fronteras entre escritura y dirección. «Cuando escribo, ya estoy dirigiendo. Mover una luz también es escribir», dice. No concibe el teatro como algo cerrado, sino en movimiento constante: «Lo bonito es que una obra cambia con el tiempo. Dos meses después, ya es otra».. Quizá por eso lo sigue eligiendo sin limitarse al cine, tras años de guionista. «El teatro me enamoró porque es lo más antiguo y lo más moderno a la vez. En el cine todo queda fijado, pero el teatro sucede en la imaginación del espectador y no se queda en ningún lado. Es lo más parecido a la vida», reflexiona.. Sobre el estado de la dramaturgia española, responde que recientemente «se ha mimado la escritura. Sin espacio para probar, no puedes mejorar». Y, aunque rehúye etiquetas, se reconoce en sus compañeros de generación: «No quiero hacer mi teatro de una manera antigua», dice.. Sus temas, admite, son los de siempre: «La memoria, el paso del tiempo, las ausencias». Y, en el fondo, una certeza: el arte, como la vida, solo existe mientras se hace. «A las obras les pido que me entusiasmen, que me lleven lejos, que me den ganas de hacerlas», dice Remón. Si no, ya se sabe, te acaban llevando otros demonios.
La Lectura // elmundo
El madrileño aborda con ironía las crisis de la mediana edad y los intentos de tomar las riendas de nuestras vidas en su nueva obra, ‘El entusiasmo’, en el María Guerrero Leer
El madrileño aborda con ironía las crisis de la mediana edad y los intentos de tomar las riendas de nuestras vidas en su nueva obra, ‘El entusiasmo’, en el María Guerrero Leer
