Él no sabe quién soy, pero, aparte de guardarle un gran afecto personal y una eterna gratitud por asuntos que veinte años atrás condicionaron para bien mi vida, hay dos libros tan modestos como preciosos de Luis Mateo Díez (Villablino 1942) que hacen que yo siempre vaya a tener un inmenso cariño literario por él y que guardo, por decirlo de un modo muy cursi, en la balda de honor de mi alma.. El primero es Balcón de piedra. Visiones de la plaza Mayor, donde con toda la humildad del universo se yuxtaponen mínimas estampas, anécdotas o personajes que transcurrieron o anduvieron por allí, mientras alguien, un discreto funcionario, observaba desde una ventana y tomaba buena nota, casi a modo de diario o, mejor, con ojos de cronista, de archivero, casi de poeta secreto. No todas sus páginas son buenas, pero las que lo son lo son de un modo muy especial, y hay en ellas detalles y correspondencias que sólo puede ver alguien muy atento y sensible.. La otra es una novelita perfecta titulada Las lecciones de las cosas, en la que Díez narró de un modo en verdad magistral, a ratos sublime sin perder ni por un momento la sencillez, la emocionante visita que, en el otoño de 1885, hicieron Francisco Giner de los Ríos, Manuel Bartolomé Cossío y Gumersindo de Azcárate a Villablino para reunirse con Francisco Sierra-Pambley y tratar de fundar en ese lugar de las montañas de León un colegio o centro que de algún modo replicase la pedagogía que desde diez años atrás aplicaba ya en Madrid la Institución Libre de Enseñanza.. Galaxia Gutenberg. 440 páginas. 23 € Ebook: 14,99 €. Puedes comprarlo aquí.. He de reconocer que no he leído muchísimos más libros suyos, pero es porque yo, que siempre lo leo todo de los autores que me gustan, me aburrí recorriendo algunos más. El celebrado La ruina del cielo, por ejemplo, será todo lo suntuoso que se quiera, pero tras ese título maravilloso (nadie puede negar que Luis Mateo Díez es uno de los mejores tituladores de nuestro paisaje: El espíritu del páramo, Las horas completas, La gloria de los niños, Gente que conocí en los sueños…) hay, en mi opinión, un libro en el que, con la legítima ambición de exprimir al máximo la tan cacareada y tal vez tan mal comprendida «riqueza de la lengua», lo que resulta es un texto que se hace cuesta arriba por demasiados tramos farragosos, y en el que el argumento, probablemente magnífico, queda en parte sepultado por el estilo, que es un estilo amable pero rimbombante.. Lamento tener que decir que ese sometimiento del qué al cómo es algo que en su nueva novela, El vigía de las esquinas, se multiplica por cinco, y es una pena porque, por lo demás, lo que sucede en esta Ciudad de Sombra (Díez es también muy bueno acuñando topónimos) es una especie de versión provinciana de la degradación actual del mundo, o de la corrupción general de España (algo así como si Gotham City estuviera en Celama): un lugar de extrañísimos secuestros-exprés, ataques por parte de imprecisos enemigos con «indefinición sexual», un carnaval de divorcios complicados, un vaivén de rumanos y albanesas sin papeles o, en fin, fraudulentas comisiones de «un tres por ciento a la catalana»…. Insisto en que la sensación de decadencia, de mundo epilogal, de falta de esperanza, de crisis de la bondad o de acabamiento de cualquier cosa que pueda considerarse cultura… está muy bien expresada, y no es imposible que esa prosa agobiante y espesa del libro sea totalmente deliberada, para transmitir al lector el malestar civil y el egoísmo totalitario que se narra (del cual participa incluso el personaje principal, Ciro Caviedo, un descreído periodista que más bien va a ejercer de detective y al cual hace referencia el título).. Todo ello se articula en capítulos muy breves que hacen que la lectura sea mucho más ligera que la prosa. Y, por cierto, el libro es bastante menos extenso de lo que parece, pues hay hasta treinta y cinco portadillas de secciones (cuya necesidad no acaba de explicarse, pero eso no afecta a la calidad) que hacen que algo así como una quinta parte del volumen esté en realidad en blanco.. Por lo demás, supongo que es bueno que un escritor tenga varios registros, pero si en los libros aplaudidos arriba Luis Mateo Díez se ponía poeta o ejercía de admirable registrador de la realidad, mientras que en otros ha practicado una especie de costumbrismo solemne, en El vigía de las esquinas se pasa explícitamente a la «farsa» (no en vano es la última palabra que se lee en el libro) aunque, francamente, la pretendida amenidad o diversión del libro quedan casi totalmente amortiguadas por un montón de malas decisiones textuales, de bromas sin gracia y, en general, por una verborrea que seguramente él autopercibirá como sabrosísima y que a un lector como yo le resulta más bien pringosa (aunque repito que es probable que ese desagrado estructural esté en la intención del autor).. Aunque pronto la cosa deriva más bien hacia la melancolía, o hacia un retrato de la inmoralidad que se va amansando, que se hace más crepuscular…, en la primera mitad del libro el ritmo va muy acelerado, y demasiado porcentaje del humor presente se entrega a detalles, digamos, bajos, es decir, los asuntos de los sótanos sexuales, o de las enfermedades, los adulterios, los fluidos corporales, las taras físicas, la secuela de las enfermedades o la falta de higiene.. Hay párrafos en los que parece que estamos leyendo a Camilo José Cela («Temblores esenciales en el caso del boticario Acedio, que desde aquellos sucesos no era capaz de sostener la cucharilla para remover el café y se orinaba en los pantalones antes de lograr sacar y sujetar la minga»: página 49), lo cual no, no es bueno, y hace nacer una prosa que, a la hora de hablar en serio de literatura, no va a ningún lado. O, como muchísimo, al Premio Cervantes de 2023, pero nada más.
La Lectura // elmundo
En su nueva novela, ‘El vigía de las esquinas’, Luis Mateo Díez expresa con maestría la sensación de decadencia del presente a través de una trama con tintes de farsa que queda algo lastrada por una prosa agobiante y espesa Leer
En su nueva novela, ‘El vigía de las esquinas’, Luis Mateo Díez expresa con maestría la sensación de decadencia del presente a través de una trama con tintes de farsa que queda algo lastrada por una prosa agobiante y espesa Leer
