Hace 170 años, las viviendas de los trabajadores industriales recién llegados a las ciudades de España consistían en un puzle de cuatro espacios cuadrados, directamente conectados entre ellos (sin pasillos ni distribuidores) y sostenidos por un pilar en medio y por muros de carga en su perímetro. Como eran cuatro espacios, aún hoy llamamos cuartos a las habitaciones. En el primero de ellos se dormía, en el segundo había un hogar, se cocinaba y se estaba; en el tercero se trabajaba y en el cuarto se guardaban las cosas del oficio y el vivir. También había pisos más grandes que daban a la calle y, a menudo, estaban ocupados por los caseros del edificio. Sus distribuciones eran un poco más complejas, más reconocibles en el siglo XXI: cocina, comedor, alcoba…. Para los demás vecinos, para los inquilinos, la ventilación venía desde una galería de acceso abierta a un patio alargado, según el esquema de eso que se ha llamado casa de corral, corralón, corrala o conventillo. Y la higiene era un problema, sí. En el patio había una fuente. Los aseos eran comunitarios, uno por planta y, en la práctica, ese fue el principio del problema de la vivienda en España: cuando la población urbana creció, la casa de corral se convirtió en un foco de infecciones. En la segunda mitad del siglo XX, las élites urbanas entendieron que la precariedad de sus vecinos era un problema sanitario para todos y empezaron a preocuparse por la vivienda.. Y así, hasta 2026, el momento en el que el colapso del mercado de la vivienda parece el mayor reto de España. No es la primera vez que ocurre. La historia de las casas de los españoles ha avanzado a base de momentos de emergencia: 1880, 1920, 1933, 1939, 1954… En cada crisis hubo leyes y programas de inversión bien documentadas en los libros de Historia. Lo interesante ahora es preguntarse cómo cambió la idea de lo que era una vivienda en cada desastre. Cómo aparecieron los pasillos, los salones, los dormitorios y las cocinas abiertas en las vidas de los españoles a partir de cada momento de caos. ¿Qué saldrá del colapso del mercado de 2026?. Roger Subirá, arquitecto y autor del estudio Vivienda social en España (Docomomo), empieza el relato en la década de 1840, cuando empezaron a caer las murallas de las ciudades y fue posible urbanizar los ensanches: Barcelona, obviamente, pero también Madrid, Bilbao, San Sebastián, Valencia, Zaragoza, Cartagena, León… «Yo no diría que el L’Eixample naciera para dar vivienda barata a las nuevas masas urbanas. L’Eixample nació de un momento de expansión económica y para una clase social que estaba prosperando en Barcelona y que tenía un anhelo de modernidad», dice Subirá. «Pero L’Eixample también acogió viviendas para rentas bajas».. ¿Casas de cuartos como las que habíamos visto en el centro intramuros? No. Al contrario, las casas baratas de 1880 eran reproducciones un poco peor acabadas de los pisos burgueses que ocupaban el principal y las primeras plantas. De modo que en cada edificio convivían las clases sociales. La vida se iba proletarizando a medida que había que subir escaleras.. La Colonia del Bon Pastor de Barcelona.. ¿Qué debemos saber de esos pisos? «Lo primero, es que son una importación de los apartamentos del París de Haussmann que, a su vez, respondían a la lógica de los palacios. El piso de Haussmann es como un palacio que ha encogido y se ha replicado en altura». Así, un piso antiguo del Ensanche de Barcelona tiene un eje que va de la fachada hasta el patio de manzana. El acceso desde la escalera comunal está en el centro de ese eje y a ambos lados de esa entrada se distribuyen espacios que conectan unos con otros, que tienen tamaños similares y que pueden servir para muchas cosas: pueden ser comedor, dormitorio, salón, estudio, estar íntimo, despacho profesional…. ¿Y eso era una vivienda para trabajadores en Barcelona? ¿En Chamberí, en Abandoibarra, al lado de la playa de La Concha? ¿Compartiendo portales con los industriales y terratenientes? No es tan extravagante: la infravivienda existió en los ensanches hasta los años 90. «En seguida se empezaron a dividir los pisos», cuenta Subirá. Y pronto apareció una categoría llamada clase media que empezó a ocupar esas quintas plantas sin ascensor pero con baños completos y espacios amplios. «Hacia 1920, todo el suelo urbanizado por los ensanches ya estaba colmatado y volvió a haber una emergencia de vivienda».. Era la década de Miguel Primo de Rivera. La economía española crecía a un ritmo medio anual del 3% del PIB y la dictadura era intervencionista. Hubo una primera ley de casas baratas dirigida a llenar España de ciudades jardín para obreros, al estilo londinense, a través de un sistema de colaboración con el sector privado. Pero, en la práctica, «ese sistema de las colonias fue una estafa», dice Carlos Sambricio, catedrático de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo de la Universidad Politécnica de Madrid. «La burguesía que se había enriquecido en la I Guerra Mundial encontró los resquicios para aprovechar el sistema de ayudas en su favor. Todas las colonias de Madrid menos dos están en el norte burgués. ¿Y sabe qué colonia apareció con esa ley? El Viso».. «Se hacían concursos de ideas sobre vivienda mínima y los proyectos premiados tenían cuarto para la muchacha», continúa Sambricio. «La economía creció muy deprisa, pero los precios de los materiales de construcción se multiplicaron por seis en unos años», según Sambricio. «Esa arquitectura casi racionalista que vemos en muchos edificios no es una decisión cultural sino económica. El ornamento no era delito, como decía Loos. El ornamento era carísimo». Y, por si fuera poco, a Primo de Rivera le gustaban más los proyectos de infraestructuras que los de vivienda así que su Gobierno se desentendió de sus proyectos residenciales.. La Casa de las Flores de Secundino Zuazo.. «En la República, el debate fue político», continúa Subirá. «Los gobiernos de izquierdas querían hacer grandes programas de vivienda de promoción pública mientras que las derechas preferían fomentar la promoción privada, también como una manera de activar una economía en crisis». Había también una diferencia en el concepto moral: los partidos de izquierdas seguían aferrados a la imagen idealizada de los barrios nuevos y segregados en los que sus votantes se convertirían en masas militantes. Los grupos católicos, en cambio, esperaban que todas las clases sociales convivieran en los mismos edificios, para que el ejemplo de ‘los señores’ enseñara civismo a los trabajadores y para que la conviviencia con los pobres volviera compasivos a los ricos. Aunque suene ingenuo, esa convivencia nos parece valiosa hoy.. La República también tuvo su ley de vivienda, la Ley Salmón, «promulgada durante el bienio conservador por un ministro de la CEDA, Federico Salmón, que tenía cierta sensibilidad social», explica Subirá. La Ley Salmón incentivaba a los promotores privados y su legado quedó en los cientos de edificios de pisos de aspecto racionalista que permanecen en pie en todas las ciudades españolas: las cristaleras, las esquinas curvas, los remates geométricos… Muchas construcciones son hermosos edificios de viviendas burguesas que hoy nos parecen un símbolo del lujo antiguo pero no nacieron como tales. «La casa de mis abuelos estaba en la calle Serrano de Madrid y me acuerdo de que nos bañaban en barreños y de que la familia se reunía en la mesa camilla porque era donde estaba el brasero», recuerda Sambricio. «Las tipologías avanzaron muy poco, porque la industria de la construcción seguía siendo muy precaria y los edificios estaban basados en los mismos muros de carga que en el siglo XIX. No era posible innovar mucho en los espacios», dice Subirá.. Aún así hay dos proyectos simbólicos de esa época que cita Patiño: la Casa de las Flores de Secundino Zuazo en Madrid, y la Casa Bloc de Josep Lluís Sert en Barcelona. En la Casa de las Flores, los pisos tienen hasta cuatro cuartos grandes conectados que dan a una fachada y que son intercambiables, al estilo de los apartamentos hausmannianos. La Casa Bloc, en cambio, es un dúplex al estilo de las unidades de habitación de Le Corbusier: hay un espacio exento abajo y un escalera que hace de distribuidor y lleva a los dormitorios arriba. «También hubo algunas novedades tecnológicas», explica Andrés Patiño, arquitecto y coautor del libro y la exposición Habitar el agua, junto a Ana Amado. «Aparecieron las cocinas modulares, que entonces se llamaban tipo Hamburgo, y se empezó a trabajar en tejidos de manzanas más complejos».. Y entonces, llegó la guerra y acabó con todo. 200.000 viviendas fueron destruidas durante los combates. «Se juntó todo: la destrucción del mundo rural, el hambre, la sequía de esos años que fue tremenda y la necesidad de muchos españoles que se habían identidficado con la República de marcharse a las ciudades donde nadie los iba a señalar», dice Subirá.. El franquismo respondió con su plan de nuevos pueblos, que asombra a los españoles del siglo XXI en libros como el de Patiño y Amado, pero que, en el fondo nunca habría podido a resolver el problema de la vivienda en España. El problema estaba en las ciudades. Cuando el médico de Tiempo de silencio de Luis Martín Santos, viajaba a los nuevos suburbios de Madrid, confesaba que se sentía aterrado ante la miseria de los barrios de chabolas. Entonces, su compañero en el viaje, el personaje que lo proveía de ratas para sus experimentos, le decía: «¿Qué chabolas? Si estas son las casas».. Viviendas Sociales en Mallorca del estudio de Carles Enrich.. «Falange se ocupó de la política de vivienda en el franquismo», cuenta Subirá. «Su primera prioridad fue evitar los grandes polígonos obreros porque temía el efecto político. Después tuvo que asumirlos. La otra prioridad fue natalicia. España necesitaba niños y los tipos de vivienda de esa época tenían que garantizar que los padres tuvieran intimidad». Carlos Sambricio se suma a ese hilo: «La Iglesia dijo que era pecado que los niños durmieran con las niñas. Lanzaron modelos de vivienda social de 49 metros cuadrados pero pretendían que las mujeres tuvieran 10 hijos. No encajaba».. Entonces, el piso social de Falange empezó a cambiar, a basarse en habitaciones especializadas: la habitación de los padres de 12 metros cuadrados, las de los niños de ocho, el salón de 16, la cocina modular de nueve con una mesita para comer a diario, el baño de cuatro y el servicio de dos, el pasillo que cosía las piezas… «A partir de 1954, la política de vivienda empezó a mimar a la clase media. Y, en seguida, aparecieron las inmobiliarias: Saconia, Urbis, Huarte… Ápareció una palabra obsesiva que no se conocía antes: confort. Antes de la guerra existía un sentido del confort pero no la palabra». El modelo se fue perfeccionando en los siguientes años hasta nuestro tiempo los promotores privados lo asumieron . «En los años 70, las viviendas sociales que se hacían en España eran mejores que las privadas en espacios, acabados y espacios públicos», dice Patiño.. ¿Era aquel el único camino posible? «Hubo también casos menos convencionales, barrios de absorción que hicieron eso mismo que, 50 años después, hizo [el pritzker chileno] Alejandro Aravena. Lo de Aravena nos pareció modernisimo pero se había hecho en España en los 50», dice Subirá. Lo de Aravena era, en resumen, dejar conscientemente las distribuciones y algunos acabados sin terminar, indeterminados. Que las casas se vendieran más baratas y se entregaran no del todo terminadas para que sus habitantes las remataran según sus gustos y necesidades. Por traerlo a nuestro mundo: que la casa le cueste a su propietario 20.000 euros menos y que ese dinero lo pueda dedicar a elegir qué cocina y qué pavimento quiere.. ¿Más o menos es esa la idea que guía la discusión sobre tipologías en este momento de crisis? Más o menos sí, pero Subirá alerta de que esas viviendas sin terminar pueden ser problemáticas, pueden llevar a nuevas formas de infravivienda, a pisos sociales ocupados como chabolas. Las administraciones nunca asumirán ese riesgo. Patiño recuerda que, mientras tanto, hay pequeñas peleas que no parecen tan difíciles de introducir en el mercado: promociones que se llevan las lavadoras a lavanderías comunes, que prevén cuartos de invitados rotatorios y salas de juegos para los niños y que así permiten vivir en menos metros cuadrados sin que el bienestar se reduzca. «Pero la normativa es muy rígida y es difícil introducir ideas así». «Me parece evidente que esos servicios centralizados son un cambio muy opredecible. Lo que pasa es que a la gente no le gusta. Bueno, yo he vivido así en edificios de Suiza y de Estados Unidos, que no son dos países comunistas precisamente, y no pasaba nada. El otro cambio será en las alturas. En una ciudad como Madrid que ha pasado de un millón y medio de habitantes a ser el centro de un área metropolitana de seis millones de personas, no es posible mantener la limitación de altura de bajo más tres pisos», dice Sambricio.. ¿Será esa la casa que salga de esta crisis de la vivienda? «La vivienda no cambiará de verdad mientras sea un bien financiero antes que un bien de uso», termina Andrés Patiño.
La Lectura // elmundo
1880, 1920, 1933, 1954… En cada crisis de la vivienda cambió la idea de lo que es una casa. Así aparecieron los pasillos, los salones, los dormitorios y las cocinas abiertas. ¿Qué saldrá del colapso de 2026? Leer
1880, 1920, 1933, 1954… En cada crisis de la vivienda cambió la idea de lo que es una casa. Así aparecieron los pasillos, los salones, los dormitorios y las cocinas abiertas. ¿Qué saldrá del colapso de 2026? Leer
