El 28 de enero de 1933 Berlín está congelado, pero nadie quiere perderse esa noche el Baile de la Prensa, escaparate de las vanidades del mundo cultural. Vestidos de etiqueta, copa de champán en mano, editores, novelistas, cineastas y músicos se saludan, o se evitan, o se escudriñan. Muchos no volverán a verse. El Gobierno alemán ha dimitido ese mismo día.. El presidente, Paul von Hindenburg, encarga la formación del nuevo Gabinete al Partido de Centro, que no tiene mayoría suficiente. Adolf Hitler ofrece el apoyo de su grupo, el Partido Nacionalsocialista, pero exige ser canciller. Hindenburg y los centristas aceptan: ya se lo quitarán de encima más adelante. Cuatro semanas más tarde, Alemania ha dejado de ser un Estado de Derecho para convertirse en una brutal dictadura.. Basta un mes para que un líder autoritario acabe con una democracia. El periodista, editor y crítico literarioUwe Wittstock (Leipzig, 1955) lo venía repitiendo en debates y discusiones, inquieto ante la desenfadada inclinación que algunos escritores y artistas mostraban hacia la derecha populista de Alternativa por Alemania (AfD). Pero sentía que sus argumentos caían en el vacío. Así que decidió escribir Febrero de 1933. El invierno de la literatura (Ladera Norte), un vibrante fresco del ascenso de Hitler y la destrucción de la élite cultural alemana, representada en una treintena de intelectuales. Si lo escuchaban poco, ahora lo leen mucho: el libro ha sido un auténtico éxito en Alemania.. Wittstock, que ha trabajado en los señeros diarios Frankfurter Allgemaine Zeitung y Die Welt, y en la revista Focus, ha llevado a cabo una minuciosa investigación en archivos y hemerotecas y narra los acontecimientos como entradas de un diario, entre el 28 de enero y el 15 de marzo de 1933.. Entre el último gran baile de la República de Weimar y el infierno de las cárceles clandestinas de las SS. Y va entrelazando los acontecimientos políticos y las vidas de los personajes. «Quería contar la historia de la manera más viva y gráfica posible para que los lectores se metieran en la situación, en la piel de aquellos escritores que no sabían qué les iba a deparar el día siguiente», explica Wittstock. «Los intelectuales hoy están en la misma incertidumbre».. Es verdad que todo se desmoronó rápidamente, pero había señales de alarma en la Alemania derrotada en la Primera Guerra: la frustración social, el crecimiento de partidos extremistas, la violencia política a derecha e izquierda, el antisemitismo rampante, la miseria derivada de la gran crisis mundial del 29… Algunos escritores son clarividentes. Joseph Roth, que acaba de publicar la monumental La marcha Radetzky, deja Berlín rumbo a París el mismo 30 de enero, día que Hitler jura su cargo como canciller.. «A estas alturas le habrá quedado claro que nos enfrentamos a grandes catástrofes», le escribe a su eterno amigo Stefan Zweig. «Aparte de las privadas -nuestra existencia literaria y material está destruida-, todo conduce a una nueva guerra. No doy un céntimo más por nuestra vida. Hemos logrado que gobierne la barbarie».. Los judíos se saben en el punto de mira del nuevo Gobierno. Pero otros muchos viven en una burbuja, al margen del clima social. «Eran bastante ingenuos», dice Wittstock. «Tardan en darse cuenta de que la vida normal ha dado paso a la lucha por la supervivencia».. Hitler es un actor soberbio. Nada más llegar a la Cancillería promete garantizar el sistema democrático y respetar la Constitución. Es más, convoca elecciones generales para el 5 de marzo, cinco semanas más tarde. Nadie lo puede imaginar entonces, pero para cuando llegue la votación ya estará vigente el Decreto de Emergencia para la Protección del Pueblo y el Estado, que liquida los derechos fundamentales. El Partido nacionalsocialista se hace con los resortes del poder y se financia con los recursos del Estado y con las aportaciones generosas de los principales empresarios alemanes. Su victoria, por un 52% de los votos, desata el infierno: prohibición de los partidos de oposición, redadas masivas, fusilamientos, quema de libros. Los asesinatos en masa comienzan más tarde.. El libro ofrece una galería de comportamientos humanos ante situaciones extremas. Lejos de juzgar a los protagonistas, Wittstock describe sus circunstancias en toda su complejidad. Y justamente por eso resultan tan interesantes los personajes contradictorios. Aquellos que, una vez conscientes de lo que está pasando, se debaten entre acomodarse o perderlo todo.. Por ejemplo, Thomas Mann, ya galardonado con el Nobel, que ante el temor al descalabro vital no puede evitar incluso destellos de antisemitismo. «Mann atraviesa distintas fases. Es un hombre prestigioso, no termina de creerse lo que pasa. Para él, el arte siempre fue mucho más importante que la política, que en el fondo le daba igual. Pero se decanta por la democracia y rompe con el régimen por sentido común, de forma totalmente racional». Desde 1933 su vida se convierte en un peregrinar en el exilio.. Otro personaje atormentado es Gottfried Benn. «Es un caso muy interesante. Es un gran poeta y un maravilloso escritor de la modernidad. Pero su pensamiento político se acerca al fascismo». Wittstock recoge el duelo que Benn sostiene con Alfred Döblin, autor de Berlin Alexanderplatz y de origen judío, sobre la suerte de la prestigiosa Academia de las Artes, a la que ambos pertenecen. Las maniobras del Gobierno por controlarla han abierto una crisis interna. ¿Qué es más importante? ¿Defender la libertad de expresión de sus miembros, como sostiene Döblin, aunque sea a costa del cierre de la Academia, o preservar la institución, dejándola al margen de la «agitación política», como defiende Benn? El poeta gana y cree que ha salvado a la Academia, que es su vida. Pero pronto se dará cuenta de que su victoria es, de hecho, una derrota: con la rendición a la dictadura, los autores más respetables se dan de baja o son expulsados, en el caso de los judíos. El propio Benn, horrorizado, deja de asistir a las reuniones. Tiempo después los nazis prohíben sus obras y le impiden escribir.. «Los lectores nos resistimos a aceptar que hay grandes artistas que tienen ideas políticas disparatadas». Quien sí se alinea sin fisuras con el nacionalsocialismo es el poeta Hanns Johst, amigo en su día de Thomas Mann y el funcionario literario más importante del Tercer Reich. «Los lectores nos resistimos a aceptar que hay grandes artistas que tienen ideas políticas disparatadas», dice Wittstock. Y sin embargo la fascinación de los intelectuales por el totalitarismo es frecuente, como muestra el apoyo a las dictaduras comunistas a lo largo del siglo XX. «Lion Feuchtwanger estuvo en la pantomima de los procesos de Moscú, y volvió diciendo que habían sido juicios justos». O el mismo Bertolt Brecht, burgués con pose de proletario, antiimperialista que elige Estados Unidos para el exilio. «Pasó por toda la Unión Soviética para acabar en Hollywood. Y en Hollywood no paraba de quejarse de lo horrible que le parecía todo».. Y luego está la insobornable Ricarda Huch, historiadora y novelista. «Yo no conocía mucho de ella. Al revisar las actas de la Academia de las Artes para este libro, me impresionó mucho su comportamiento. Ningún otro escritor fue tan coherente, ni Thomas Mann, Alfred Döblin o Franz Werfel… Fue la más valiente». Conservadora, librepensadora, fue la primera mujer admitida en la Academia, que abandona a los 68 años con un sonoro portazo: no está dispuesta a renunciar a su derecho a la libertad de opinión ni a prestar lealtad a un régimen que rechaza «de la manera más enérgica» en muchos aspectos. «Considero la centralización, la coerción, los métodos brutales, la difamación de los que piensan de otra manera, la jactanciosa autoalabanza, no alemanes y funestos», escribe en su carta de renuncia. Además, y aunque no comparte sus ideas, sale en apoyo de sus colegas de izquierda y, especialmente, de Alfred Döblin. «Ojalá todos los alemanes no judíos se esforzaran más por reconocer y hacer lo correcto de una forma tan abierta, honesta y decente como él». Huch se negó a exiliarse y su reputación la salvó de ser procesada por sus opiniones pro judías. Pero el tercer volumen de su Historia alemana no vería la luz hasta pasada la Segunda Guerra Mundial.. Huch es uno de los personajes favoritos de Wittstock. «También admiro mucho a Mascha Kaléko, una autora fantástica, judía de origen polaco, que aparece en el libro brevemente. Si no hubiera tenido que huir, habría sido una de las poetas más populares en Alemania. Y me parece muy interesante Erich Kästner, un gran escritor de literatura infantil y guionista de cine, que decidió quedarse en Alemania sin hacer concesiones al régimen». A Kästner se le podría incluir en el epígrafe de personajes trágicos. Se propone dar testimonio de lo que está sucediendo y escribir una novela… que nunca materializó. «No en todos los momentos de la vida un escritor tiene la fuerza necesaria. En su caso, además, durante la Segunda Guerra Mundial empezó a beber mucho y terminó alcoholizado. Las notas de sus diarios sí se publicaron con el título El Libro Azul».. Hay personajes de una integridad conmovedora, como el director teatral Gustav Hartung, el arquitecto Martin Wagner y por supuesto el periodista Carl von Ossietzky, galardonado en 1935 con el Nobel de la Paz poco antes de morir en la cárcel de una tuberculosis adquirida en un campo de trabajos forzados. «Llegó a enterarse de que había ganado el galardón, pero nunca se supo qué paso con el dinero del premio. Espero que lo recibiera su mujer después de la guerra», dice Wittstock. «Uno de los que se movilizaron con más ahínco para que Ossietzky recibiera el premio fue un exiliado alemán que vivía en Noruega. Se llamaba Herbert Frahm y su nombre de guerra era Willy Brandt. Luego fue canciller federal y él mismo recibió el Premio Nobel de la Paz».. Febrero de 1933 es una crónica de cómo muere una democracia: el desprecio a las leyes, la manipulación, la colonización de instituciones, la propaganda, el control de medios, la exacerbación de los sentimientos, el dogmatismo de los extremos y la miopía y el desconcierto de los moderados. Y la mentira como instrumento político. «Las mentiras, las noticias falsas, tienen mucha influencia y son muy efectivas hoy también, con el efecto multiplicador de las redes sociales», sostiene el periodista. Ciertos rasgos, como el reverdecimiento del nacionalismo, del antisemitismo y del extremismo, y el desapego a la democracia, evocan aquella situación. «Claramente, hay un peligro de que la historia se repita. También hay una gran diferencia, y es la ausencia de violencia. En los años 30, en Alemania, era constante la violencia callejera entre comunistas y nazis. Las SA y las SS sembraban el terror. Afortunadamente hoy no hay nada parecido, pero conviene tener presente lo que puede ocurrir con una democracia tras un error político fatal».. «El daño causado por el nazismo a la vida cultural sigue siendo palpable hoy. Todavía vemos las cicatrices». Al hablar de regímenes dictatoriales, antiintelectuales, y de la diáspora silenciosa de escritores y artistas, es inevitable pensar en la Rusia de Putin. «Sí, se ve claramente un paralelismo. En Alemania, cualquier escritor que criticaba a Hitler tenía que irse. Y en Rusia, tras la invasión de Ucrania, a cualquiera que hable de guerra le esperan diez años de cárcel. Por supuesto, los escritores honestos que hablan de guerra y no de ‘operación militar especial’, como quiere Putin, han tenido que abandonar el país».. Buena parte de los escritores que cita Wittstock en su libro vieron sus carreras truncadas. La efervescencia cultural que había en Alemania antes de 1933, durante la República de Weimar, época de plenitud en el cine, las letras, el teatro y la música, nunca se recuperó. «El daño causado por el nazismo a la vida cultural sigue siendo palpable hoy. Todavía vemos las cicatrices», sostiene Wittstock. «Muchos de los mejores artistas e intelectuales eran judíos y se perdieron para siempre grandes talentos. El enorme vacío que su marcha dejó en las letras y la cultura alemanas no se ha llenado».
La Lectura // elmundo
El periodista germano Uwe Wittstock publica un ensayo sobre el truculento ascenso de Hitler al poder y las inmediatas consecuencias que tuvo para muchos intelectuales: «El país pasó de la democracia a una dictadura brutal en solo un mes y medio» Leer
El periodista germano Uwe Wittstock publica un ensayo sobre el truculento ascenso de Hitler al poder y las inmediatas consecuencias que tuvo para muchos intelectuales: «El país pasó de la democracia a una dictadura brutal en solo un mes y medio» Leer
