La primera vez fue en el convento de las monjas de la Orden Trinitaria de Suesa, junto a la ribera del rio Cubas. Juan Uslé tenía cinco o seis años y al introducir la cabeza por el torno «Intento dejar la nostalgia atrás, hoy no quiero ser el Juan Uslé de ayer» donde las beatas despachaban se fijó en el retrato de la madre abadesa, una pintura dominada por el color negro donde los ojos dominaban. Unos ojos duros. Unos ojos acechantes. Hasta entonces, aquel arrapiezo de monte desconocía lo que era la pintura, su fuerza, su posibilidad, su infinito, su terror, su alegría. Salió desbocado a la calle, regresó a la casa que había junto al convento, del que los padres eran guardeses, y no pudo quitarse ya más esa mirada de encima. Han pasado casi 70 años y Juan Uslé pinta aún sintiendo un poco aquellas pupilas quietas.. La memoria es su arsenal. La memoria de lo vivido y de lo sospechado. Trabaja entre dos tierras, el taller de Saro (Cantabria), en el centro de un bosque; y el de Nueva York, en el entro del ruido. La obra de Uslé tiene una condición circular. Una pieza conecta con otra por extraños vasos comunicantes, así que pase medio siglo. Los primeros tanteos encuentran su razón en la obra última. Aquel muchacho asombrado por el naufragio del carguero Elorrio frente a las costas de Langre el 21 de diciembre de 1960 es hoy un tipo al que le encuentras aún un rastro de infancia y juventud obsesiva.. Los primeros cuadros de la antológica que despliega en el Museo Reina Sofía del 26 de noviembre al próximo 26 de abril, en tonos duros, en penumbras matéricas, con la escena del barco aquel convertido en eco o en presencia fantasmal sobre el monte, tiene su correspondencia íntima con las telas más recientes de la espléndida serie Soñé que revelabas. Y así ocurre con todo. «Estoy convencido de que en la memoria de la infancia es donde nos cimentamos», dice mientras recorre una de las salas para supervisar la instalación de las piezas que dan forma a Ese barco en la montaña, el título desconcertante y burlón de esta aventura. Más de cuatro décadas de oficio en el arte sintetizadas en un centenar de piezas de distintos formatos, explorando tantas series, tantas familias de telas en las que ha trabajado. «Mi niñez y mi experiencia de los primeros años me ha empapado mucho. La pobreza de mi familia, los años asalvajados, trepar a los árboles, el recuerdo del viento azotando… Hay en mi pintura un trance de aquello».. Braceó en la juventud sin demasiada compañía para alcanzar sitio propio en el perverso y sinuoso territorio del arte. Juan Uslé es un pintor que cree en la pintura. En el calambre de pintar. En Valencia pasó algunos años de estudio en la Escuela de Bellas Artes, conoció a su compañera, la artista Victoria Civera, y se ganó la vida pintando fallas por las noches. Allí tuvo su primer taller. «Mi pintura está muy contaminada de memoria, de presente, de azar», comenta. El azar, bien lo sabe, tiene un orden estricto. Juan Uslé y Victoria Civera decidieron marchar a Nueva York en 1987. «No hablaba inglés, no conocía previamente la ciudad, no tenía ni idea de qué iba buscando, pero nos marchamos. Y allí el primer cuadro que pinté tenía de nuevo el motivo del barco sobre la loma. Esa insistencia en uno de los temas de mi primera etapa era un refugio, un cobijo, un espacio donde sentirme seguro… Tardé algo de tiempo en vaciarme de lo que yo era para dejar paso a quien estaba por llegar en mí». No es un abracadabra, sino una explicación pertinente y de la que ahora ves, con la exposición desplegada, que Juan Uslé no ha dejado de ser él buscando maneras de escapar de sí mismo.. «Ahora que tengo delante tanta obra mía y de tan distintas épocas me doy cuenta de que intento dejar la nostalgia atrás. No quiero ser hoy el Juan Uslé de ayer, pero todo en mí está vinculado». Tira de un convoy de ideas propias y de un humor teñido de sí mismo. Tiene claro el camino. Y lo recorre con esa claridad del que sólo encuentra razón, verdad y sentido en la duda. Ha pasado por el expresionismo casi irremediable de los años 80 (aquel que sumó una escudería contundente de artistas españoles: José María Sicilia, Miguel Ángel Campano, García Sevilla, Menchu Lamas, más a lo lejos Barceló…), pasó después a una abstracción más sosegada (de veta lírica) y a las combinaciones propias de forma y color. En los 90 fue reclutado para la Documenta de Kassel y ahí comenzó otra travesía… «Porque para mí la pintura es travesía, viaje, expedición. Igual que lo es el poema. Lo mismo que sucede en la música», explica. Entonces quería salirse de sí mismo. «Me gustaba que no se me reconociese. Que un cuadro y otro pareciesen de artistas distintos. Necesitaba salir a otros espacios y juega con la herencia de Mondrian en hermandad con Miró. Y las tramas o cuadrículas que son ya naturaleza propia juegan con el gesto suelto. Una pincelada de riqueza y diferencia, conceptos que entendió plenamente en una visita a Nepal.. El recorrido por la exposición da cuenta de que uno de los empeños de Uslé es el de no dejarse encasillar. Si le preguntas: «Pero Juan, ¿quién eres?». Contesta: «El niño que soy». Las últimas salas del recorrido por la senda de Ese barco en la montaña dan cuenta de un pintor sabio y complejo que está en el penúltimo recodo de una madurez de colores más brillantes, de ritmo sinuoso, variaciones infinitas de un mismo tono, de geometrías que evocan fugacidades, de veladuras que convierten la superficie en un rumor líquido, allí donde la luz se hace agua. «En la serie de Soñé que revelabas, que me acompaña desde hace 20 años, me di cuenta de que pintaba siguiendo la constante del flujo de la sangre, del bombeo del corazón».. — ¿Ahora trabajas con más certezas?. — Trabajo con el mismo vértigo. No con miedo, pero sí con sobresalto. Necesito zambullirme en la pintura y robarle a la vida más vida.. Cuando hablas con él encuentras el contorno de ese artista que mantiene una autenticidad hecha de quilates de entusiasmo y penumbras íntimas. La cabeza pelada. La mandíbula fuerte. Los ojos muy fijos. El mentón casi piedra. La senda hecha a solas, sin esquivar el laberinto y sin rechazar a aquel primer pintor de la casita junto al convento que aún sabía que lo era.
La Lectura // elmundo
El pintor cántabro, uno de los referentes de la pintura desde los años 80, despliega la más ambiciosa de sus exposiciones antológicas en el Museo Reina Sofía, donde reúne más de cuatro décadas de oficio en el arte, de viajes, de experimentación y de memoria Leer
El pintor cántabro, uno de los referentes de la pintura desde los años 80, despliega la más ambiciosa de sus exposiciones antológicas en el Museo Reina Sofía, donde reúne más de cuatro décadas de oficio en el arte, de viajes, de experimentación y de memoria Leer
