Un título anterior, y no precisamente el más brillante, de la filmografía de Joachim Trier daba quizá una pista de lo que vendría después. El amor es más fuerte que las bombas (2015) hablaba del duelo, de una familia rota, de la memoria herida y de mil argumentos más, cada uno más profundo y engolado que el anterior, y todos empeñados en resistir, en resistir a la desesperanza, al miedo, al poder castrador de una herencia recibida de los mayores. Ha pasado una década desde entonces y se diría que Valor sentimental, su último trabajo ahora en boca de todos por sus esplendorosas nueve nominaciones a los Premios Oscar, vuelve al mismo lugar, a la misma necesidad de ese amor indestructible e impermeable a las explosiones. Y lo hace, y esto es lo relevante, de manera mucho más sutil, más precisa, infinitamente más brillante. «Llevo tiempo en lo mismo», dice entre irónico y resignado. Y sigue: «Pero quizá ahora que soy padre me veo obligado a adoptar casi una postura política contra algo tan común en la actualidad como el cinismo, el distanciamiento, la racionalización excesiva… Sí, siento que es mi obligación ir hacia un lugar más cálido, más acogedor, sencillamente más agradable. Definitivamente, creo que lo revolucionario, lo punki ahora mismo es la ternura y también creo que la ternura es un asunto político ahora mismo».. Nacido en Copenhage hace 52 años, pero con nacionalidad noruega, Trier ha conseguido en poco menos de dos películas pasar de cineasta escandinavo de gramática clara y precisa (una especie de secreto para iniciados) a referencia del cine contemporáneo. Y lo ha hecho con una concepción de su oficio furiosamente a contracorriente y solo atenta a los movimientos mínimos de la mirada. Sus películas, desde el debut Reprise en 2006 hasta ahora mismo, hablan de hombres y mujeres que se buscan. Hablan de arte (muchos de sus personajes son escritores, fotógrafos o cineastas), hablan de sueños no cumplidos, hablan de traumas y, cuando ya no queda más remedio, hablan de esperanza. «No creo que exista algo así como un trauma oculto que lo explique todo. Demasiadas veces se ha hecho un uso nocivo de esa idea freudiana en el cine. Pero sí que existen los traumas y, con ellos, la necesidad de reconciliarse con la contradicción de la memoria: para liberarse de ella, para no aferrarse al pasado y hundirse con él, es necesario recordar puesto que el olvido no hace más que agrandar la herida», dice, se toma un segundo y acude a su biografía que no a su filmografía: «Mi abuelo fue capturado durante la Segunda Guerra Mundial por los nazis. Formaba parte de la resistencia. Su paso por un campo de concentración le marcó y le hirió para siempre. A él y a toda la familia de generación en generación. Y eso me sitúa en un dilema casi personal. Miro a mis hijos y no quiero que ellos hereden nada de eso, quiero mantenerles a salvo del recuerdo de la guerra. Pero, por otro lado, siento que es mi obligación recordar y transmitir ese recuerdo. Debemos no olvidar ni repetir el pasado. Y por eso digo que muchos de los traumas son consecuencia no de lo presente que está, sino de lo que hemos olvidado. Y hay que reconocer que hemos olvidado demasiado». Queda claro.. En Valor sentimental, dos hermanas se reencuentran a la muerte de la madre con el padre, un afamado cineasta. La forma que arbitra el personaje de Stellan Skarsgard para reiniciar el contacto con sus hijas es idear una película donde una de ellas (Renate Reinsve en el papel de una actriz de teatro) debería ser la protagonista. El cine es, de repente, la herramienta para la reconciliación. «No era mi intención hacer una película de una película, ni siquiera convertir la película en una especie de terapia para averiguar el papel que juega mi oficio en mi vida… pero algo se cuela. Para mi el cine en general y esta película en concreto puede ser un mecanismo para enfrentar desafíos, dificultades o el dolor. Puede servir para integrar sensaciones quizá estancadas. Yo mismo me reflejo cuando entro a ver una película en los conflictos familiares que plantea un cineasta como Yasuhiro Ozu o en el erotismo temperamental de Pedro Almodóvar. Entras a una sala con la esperanza de conectar con otras personas que no necesariamente son como tú, pero te expandes, por así decirlo, a través de la empatía, de la identificación, de la comprensión compartida», dice en una aproximación al cine que se diría entusiasta. Casi febril. Y un apunte más: «Por volver a mi abuelo. Cuando volvió de la guerra, hizo películas. Para él el cine sí que fue una manera de sobrevivir».. Su película está toda ella construida sobre los rostros de sus actores (por cierto, todos ellos sin excepción nominados a los premios de Hollywood) y ahí, se diría, se queda a vivir. «En realidad, lo más interesante siempre es filmar el silencio. Como la tradición teatral moderna, estoy convencido de que hay un lenguaje subyacente a todo, donde lo importante, los traumas que decíamos antes, pueden señalarse y transmitirse de padres a hijos sin acudir siquiera a lo que llamamos el lenguaje. Ese espacio de lo no dicho puede ser a la vez motivo de daño y de sanación». ¿Perdón? «Sí, el espacio no dicho del trauma es muy parecido al espacio no dicho del arte que es lo que motiva lo sublime. Por volver a la película, los personajes del padre y de la hija dicen esencialmente lo mismo, pero son incapaces de comunicarse. La reconciliación debe darse a través de la acción, porque en este territorio un largo parlamento en el guion, el lenguaje social, no sirve para nada. Es en el silencio donde se dirime la profundidad del drama», añade en un intento por aclarar quizá lo que no tiene explicación posible. Lo sublime que decía antes.. Trier bromea sobre la facilidad con la que los críticos desenfundan a Ingmar Bergman delante de cada una de sus películas. «Hay un momento en el que se ve a Renate vestida de blanco y es automático: ¡Gritos y susurros!», comenta entre risas. «Creo de todas formas que mi inspiración procede más de autores como Ozu, Resnais, Tarkovski o Terrence Malick antes que de Bergman, una sombra que pesa demasiado. Desde luego la puesta en escena es más deudora de los primeros que del segundo. Quizá en los primeros planos no quede más remedio», comenta por aquello de zanjar la cuestión y poco antes de extenderse en lo mucho que le interesa el cine de Paul Thomas Anderson, directo rival en los Oscar, u, otra vez, Pedro Almodóvar. «De hecho», sigue, «empecé en esto un poco empujado por la conmoción que producían en mí de joven las películas de Almodóvar, Lars von Trier o Kieslowski». Pausa. «Diré además que pese a tanto catastrofismo que se respira con respecto al futuro de las salas de cine con el empuje de las plataformas, he optado por ser optimista. Me basta contemplar el éxito inesperado que esta película está teniendo en todo el mundo. Definitivamente, vivimos un momento en el que la reconciliación es una obligación moral. Es un deber ser positivo. La revolución es ser agradable». Queda dicho.
La Lectura // elmundo
El director noruego con nueve nominaciones a los Oscar incluida el de mejor película reflexiona sobre el optimismo en tiempos de desesperanza, crispación y extrema derecha Leer
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