No está claro que al cine español, así en general y con las producciones para las plataforma de la tele dentro, le ocurra lo mismo que a los habitantes del lejano reino de El Dorado que un buen día visitara Cándido para estupefacción del muy optimista Pangloss. Recuérdese, el personaje más célebre de Voltaire cayó en uno de sus viajes en un paraíso destinado a refutar para siempre a los agoreros, los tristes y los enfadados. Es decir, a los primos hermanos de esos que tanto presumen de odiar a, precisamente y por ejemplo, el cine español. Allí todo era, por fin, perfecto; allí, el término escasez había desaparecido de los diccionarios, y allí, el lema omnipresente del eterno y muy leibniziano idealista («Vivimos en el mejor de los mundos posibles») cobraba, ahora sí, sentido pleno. Sin embargo, pronto quedó en evidencia la más triste y pertinaz de las paradojas. De repente, la perfección puede resultar también la más insatisfactoria de las realidades. La imposibilidad de desear algo en un mundo sin carencias hace que Cándido y su compañero Martín vuelvan a demostrar que la abundancia no siempre es sinónimo ni de la felicidad ni de la algo más modesta bondad. No está claro, decíamos, que al cine español le pase lo mismo, pero quizás sí.. De nuevo, el año que se acaba vuelve a arrojar unas cifras, unos resultados y unas sensaciones inmejorables. Un año más, el número de producciones crece en España a un ritmo vertiginoso haciendo bueno aquello de lo que tanto presumen los franceses con sus quesos, pero en el cine. Desde el final de la pandemia, según datos oficiales del Instituto del Cine (ICAA), la manufactura y presentación en sala de películas ha crecido de forma constante desde 222 en 2020 a 375 en 2023 con un ligero descenso el año pasado con cerca de 343 cintas estrenadas. Si los galos pueden vanagloriarse de pasar el año sin repetir un solo día de fromage, nosotros podemos hacerlo sin ver dos días la misma película española. En 2025, y siempre con las tablas del ICAA que van lentas, la cosa ronda a fecha de hoy las 300. Es decir, se puede afirmar que el ritmo, en efecto, no para, pese a que nadie pueda acreditar con certeza haber visto ni la mitad de la mitad de la mitad. Si a esto se le suma el buen papel en los festivales internacionales con Sirat, de Oliver Laxe, y Romería, de Carla Simón, a la cabeza después de ser seleccionadas en la sección oficial de Cannes, la situación se podría ir acercando a la de El Dorado. Pero hay más. Mucho más. Solo dos detalles. Una escuela como la ECAM (Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid) puede presumir y presume de una «empleabilidad» del 73% de su alumnado, un porcentaje que escala al 85% si hablamos de las categorías técnicas como dirección de arte, montaje, sonido, producción o fotografía, las que no son dirección, documental o guion. «Antes llamábamos nosotros a las productoras, ahora nos llaman ellas», dice el director del centro. Pero hay más. Netflix habla de una creación de 20.000 puestos de trabajo creados en España, lo que nos convierte en la primera potencia en lo que a Europa se refiere. Se podría seguir, pero ¿acaso hace falta más?. Y sin embargo…. Sergi Casamitjana, director de la ESCAC (Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya), no duda en hablar de un exceso, de una sobreproducción. «Desde un punto de vista, es bueno que haya tanto. De los errores se aprende y el cine es como el petróleo. Hace falta hacer 20 prospecciones para que de una surja algo. Pero por otro lado, es una auténtica locura lo que ahora mismo está pasando. El máximo de películas interesantes no puede pasar de las 12 o 15 anuales. No se puede llegar el fin de semana y ver cuatro películas españolas compitiendo por el mismo público», dice a modo de exposición razonada de las grietas del paraíso. Y sigue: «Es más, se da el caso de que las recaudaciones apenas alcanzan a cubrir los gastos de la llamada promoción. No hablamos de la producción, de lo que cuesta hacerlas, sino de lo que hay que invertir en hacer que una película se conozca mínimamente y entre en la conversación pública». El que habla, para situarnos, es el director de una escuela fundada en 1994 y que presume de inculcar a su alumnado el valor de abrirse al público. Nombres como Juan Antonio Bayona, Kike Maíllo, Dani de la Orden o Javier Ruiz Caldera al lado de Mar Coll, Elena Trapé o Belén Funes son buena prueba de, otra vez, el éxito, el éxito de la ESCAC muy en particular y el de las propias escuelas que, de alguna manera, tomaron el testigo de la ya mítica Escuela Oficial de Cine de los Bardem, Berlanga y compañía en general.. La ECAM, la réplica madrileña de la escuela de Barcelona (o al revés, para no herir susceptibilidades), creó hace siete años la llamada Incubadora de Proyectos. La idea, de algún modo, no era otra que despejar el terreno, que orientar entre la marabunta de ideas para facilitar una selección previa que no llenara la producción de ruido y de títulos condenados al silencio. Al contrario que la ESCAC que produce directamente a su alumnado, la opción del centro dirigido por Gonzalo Salazar-Simpson, como fundación que es, ha consistido en la creación de un programa de desarrollo de largometrajes dirigido a productores, directores y guionistas emergentes a través de las llamadas mentorías, los talleres colaborativos y, de forma puntual, la financiación directa. «Lo que nos hemos dado cuenta con el tiempo», razona el director, «es que lo más complicado de producir son precisamente a los productores nuevos. Las productoras asentadas llaman a sus directores de confianza porque el cine es esencialmente una cadena de confianza. La forma de que los nuevos creadores tengan oportunidades es crearlas, inventar nuevas oportunidades. Y de ahí, nuestra obsesión: incubar la producción». Que se trata de una fórmula que funciona no solo queda reflejado en las cifras de empleo de arriba sino en el tamaño de los títulos que han pasado por la citada Incubadora y que van desde O corno, de Jaione Camborda, ganadora de la Concha de Oro, a 20.000 especies de abejas, Goya a la mejor dirección novel, pasando por Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa.. La cuestión es si éste es el modelo a seguir. Y se diría que la proliferación de los llamados laboratorios con funciones parecidas a la Incubadora por toda España conducen quizá a una respuesta afirmativa. En El Dorado que parece que vive el cine español, los más de 80 labs (así en abreviatura molona) repartidos por fundaciones, festivales de cine sobre todo y escuelas del más diverso pelaje son una prueba más del entusiasmo que provoca que fluya el dinero. En concreto, el dinero de los fondos Next Generation provenientes de Europa para mitigar los estragos de la pandemia y que alcanzarán hasta 2026. Pero, de nuevo, llegan las curvas. Son varias las voces que hablan de uniformización o, más directamente, de circo. «El problema es que los proyectos que recorren estos talleres son casi siempre los mismos y se enfrentan a idénticos o parecidos jurados o mentores. Todos los aspirantes reciben la misma información y ya saben qué es lo que tienen que ofrecer para gustar. Lo que se supone que tiene que favorecer la diversidad frente al algoritmo acaba por caer en su propia trampa», razona crítico Casamitjana. De nuevo, hay demasiado de lo que quiere ser exclusivo y, por definición, minoritario.. Hace ya unos años –no es nuevo–, ciertas voces se levantaron contra lo que amenazaba colapso. El guionista Víctor Alonso-Berbel, por ejemplo, hablaba en un artículo tan oportuno como agudo de los sesgos tanto económicos (hay que poder permitirse escribir sin cobrar para presentar un proyecto) como en los procesos de selección (el consenso prima sobre el riesgo a la hora de evaluar ideas en las residencias artísticas y laboratorios que se han convertido en el primer cribado) y de financiación pública (se elige lo que se parece a éxitos del pasado). Desde este lamento lanzado en 2022, los fondos europeos no han hecho más que crecer y con ellos, los sesgos de marras y de su mano, y paradójicamente, la tan temida como denunciada estandarización.. Bien es cierto que en este panglossiano panorama hay excepciones empeñadas en escapar de los estragos del éxito. La más notable, por su originalidad y novedad, es la Elías Querejeta Zine Eskola de San Sebastián. De ella salieron las dos películas españolas que este año tuvo a bien presentar la Mostra de Venecia. Extraño río, de Jaume Claret Muxart, y Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín, son dos trabajos que nacen de su íntima vocación de excepcionalidad. Creada en 2017, la Eskola lleva a gala ser la única escuela de cine creada en el siglo XXI en España. Carlos Muguiro, su director, la presenta como un «espacio de tradición que quiere crear una continuidad en la historia cinematográfica nacional en la que los profesionales y los aspirantes se reconozcan como iguales». Sería el equivalente a una escuela de posgrado en la que los cineastas desarrollan sus ideas y hasta temores. «Es una escuela de cine no una escuela para hacer películas», dice Muguiro a la vez que amplía el sentido de la voz de creador: «Cineasta no es solo el que hace películas. También lo es el que custodia el patrimonio y el mediador con el espectador; los que restauran el cine y los que, de un modo u otro, determinan lo que se ve y lo que no se ve». Y sigue: «De lo que se trata es de crear un espacio de seguridad para explorar y equivocarse. La importancia de las malas ideas es fundamental. En la escuela no existe el error». Queda claro.. Pero como sea que la realidad es dura e ingrata, y aunque la intención de las películas que se materializan después de pasar por la Eskola no sea la taquilla, las cifras de recaudación descorazonan y vuelven a subrayar la extraña paradoja de la que no se baja el cine o, mejor, los cines españoles, cualquiera de ellos. Seis semanas después de su estreno, la cinta de Jaume Claret ha logrado juntar apenas 65.000 euros tras un coste de producción de alrededor dos millones. De un lado, como explican los propios directores que han pasado por el centro de San Sebastián, ellos son la última prueba de una nueva generación o, al menos, de una nueva concepción de entender la actividad cinematográfica como un ejercicio libre de jerarquías, solidario, humanista y con reconocimiento en los foros internacionales. Y eso está bien, muy bien incluso. Y eso vale tanto para Extraño río y Anoche… como para dos de los milagros del año: Lionel, de Carlos Saiz, y Aro Berria, de Irati Gorostidi; dos películas que tras su paso por la Seminci y el festival de San Sebastián se han convertido en los dos más impresionantes, radicales e inauditos debuts de la temporada. En la cima de esta nueva sensibilidad se encontrarían los dos grandes logros del año en todos los sentidos: la citada Sirat y Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa. Pero, por otro lado, no hay forma de hacer que todo encaje como debe. «Quizá», razona Gabriel Azorín, «uno de los problemas es lo extremadamente difícil que es conseguir financiación para proyectos de autor que, además, aspiran a llegar al público más general. Se invierte en películas extremadamente populares sin ningún valor o se invierte en películas de autor extremadamente pequeñas que básicamente se financian con inversión pública y cuyo objetivo es viajar por festivales exclusivamente». Quizá.. Definitivamente, bien lo sabe Cándido y el cine español, la perfección no es sinónimo de felicidad. También se puede fracasar de puro éxito.
La Lectura // elmundo
Pese al bum de la producción acompañada de una avalancha de estrenos, la uniformización de los proyectos independientes y su limitada taquilla amenazan un sistema a punto de reventar de optimismo Leer
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