Todas las grandes historias, las de ficción, las de verdad y las que son una curiosa amalgama de ambas, empiezan con una hazaña hecha por amor. La de la marca de coches Mercedes-Benz no es diferente. O sí lo fue, pero el tiempo y la sociedad han ido desvaneciendo sus detalles. Quizá por eso hoy el nombre de Bertha Benz (Alemania, 1849-1944) no resuena como el de su marido Carl, y quizá por eso de ella solo se recuerda su legado y no sus decisiones en vida. Alguien dijo una vez que «las mujeres son, casi literalmente, el origen del mundo». Puede que Platón lo asumiese en La República o que Courbet lo reivindicase en su óleo sobre los genitales femeninos; pero la frase no pertenece a ninguno de ellos. En su lugar, es la catedrática de Economía en la Universidad de Cambridge Victoria Bateman (Oldham, 1979) quien, de forma más sutil, pero no por ello menos provocadora, alude a la importancia del género. Y no lo dice por mencionar un eslogan feminista, sino con conocimiento de causa después de una ardua investigación sobre la materia.. La académica británica no duda ni un segundo en recordar que la historia de la civilización está escrita «por y para los hombres». «Por cada Carl Benz, Hernán Cortés, o incluso Gengis Kan, hubo un equivalente femenino mucho más desconocido. Todo eso parte del sexismo, y también de una mala interpretación de la Historia». Lo dice mientras ve discurrir el paisaje a través de la ventanilla de su coche. Se dirige a una ceremonia de premios mientras analiza con exhaustividad los entresijos de su nueva obra: Económica. Una historia global de mujeres, riqueza y poder (Ático de los Libros), una recopilación de testimonios y de perfiles en las sombras que hoy, por fin, ven la luz.. Entre los más de 200 nombres que menciona se halla, impertérrito, el de Bertha Benz. «Tenemos que demostrar que las grandes civilizaciones no se construyeron solo entre hombres. Yo no estaría aquí sin ellas», exclama. Y no se refiere solo a metafóricamente, sino también al lugar en el que se encuentra de forma literal. Mientras avanza por la campiña inglesa a bordo de un Mercedes-Benz, parece imposible no pensar en el origen de la marca de la estrella, y, por supuesto, en el de los vehículos en general.. Una rápida búsqueda en internet da la solución a la pregunta planteada: «El ingeniero alemán Carl Benz inventó el primer automóvil propulsado por un motor de combustión interna en 1886». ¿Quién podría cuestionar lo que dice el navegador en décimas de segundo? Bateman lo hace. Y no solo eso. También lo contradice. «Él tiende a ser visto como el inventor más icónico de Mercedes-Benz cuando realmente fue su mujer Bertha la que trabajó con él y hasta descubrió cosas que su propio marido no sabía». La de la alemana es una historia larga, de esas que tardan tiempo en contarse. Fue hija, esposa y madre de cinco niños, como también fue estudiante, inversora y emprendedora. Pero, por encima de todo, Benz fue la primera persona de la historia en conducir un coche, y la precursora de la que hoy es una empresa líder y referente mundial. Aunque parezca imposible, casi como una utopía para embellecer lo sucedido, realmente todo lo hizo por amor. Para entenderlo hay que conocerla.. El 3 de mayo de 1849 empezó como cualquier otro en Pforzheim, (Alemania) cuando, con su llanto, la pequeña Cäcilie Bertha Ringer hinchó sus pulmones por primera vez. El inicio de su vida se asemeja a la de un millar de niñas de la época, al menos durante sus primeros años. Nacida en el seno de una familia adinerada, la joven alemana pudo gozar de una buena educación a partir de los nueve años, algo atípico en la sociedad del siglo XIX. Durante su adolescencia, los vestidos del romanticismo tardío, los corsés ajustados y los polisones no faltaban en su armario, como tampoco lo hacían los pretendientes. Nada de todo aquello importaba. Para la señorita Ringer, el atractivo estaba en los negocios y en la inversión de capitales.. «Como ahora vemos la banca y las finanzas como algo masculino asumimos que siempre fue así, pero las mujeres también invertían», reivindica Bateman. Ese fue el caso de Bertha, quien al cumplir la veintena decidió destinar parte de su colchón económico a una constructora de hierro. Por aquel momento, su único romance a la vista era con la mecánica y la carpintería de su padre. Pero, como todo termina, también lo hizo su soltería y en 1872, con 23 años, su apellido cambió al de la famosa marca contemporánea de coches, y el amor, por fin, hizo su esperada aparición.. «Bertha Benz fue capaz de diagnosticar y solucionar los fallos. Ella no condujo un coche, condujo una industria». El joven Carl Benz era ingeniero en prácticas. No tenía muchos recursos, ni tampoco seguidores de su trabajo. Lo que sí tenía eran ideas. Estaba convencido de que existía una forma más eficaz de desplazarse que los carruajes a caballo. Creía en el futuro del transporte a gasolina. «Aquí vuelve a entrar Bertha, quien utilizó su herencia al completo para financiar los experimentos de su marido», auspicia la académica británica. Y su aportación no fue solo económica. «Ella a menudo se ponía manos a la obra y trabajaba junto a Carl en el taller», señala Bateman. Y añade: «Ella tenía más fe». Desde luego, la iban a necesitar.. Carl patentó el primer automóvil de la historia en 1886, el Benz Patent-Motorwagen. Y lo que hoy es una comodidad garantizada, en el siglo XIX no era más que una atracción sin utilidad. Pero no para Bertha. «Ella quería demostrar al mundo el potencial del motorwagen». Dicho y hecho. Fue su dinero el que propició la construcción de los prototipos y, una vez finalizados, fue ella quien los probó. Desoyendo la prohibición de su marido y con ayuda de dos de sus hijos, Bertha Benz condujo el invento hacia la prosperidad.. «Era una luminosa mañana de verano de 1888…», afirma Bateman en su obra. «El 5 de agosto de aquel año, cuando su marido aún estaba profundamente dormido, Bertha sacó silenciosamente y sin su permiso el prototipo del automóvil del taller», narra, emocionada, la economista británica. ¿La única evidencia de la hazaña? Una escueta nota: «Nos vamos a ver a la abuela», decía. Por aquel entonces los Benz estaban ubicados en Mannheim, a unos 100 kilómetros de la casa familiar. Los informes que analizaron aquella ruta concluyeron que, teniendo en cuenta las condiciones soleadas y el trayecto en línea recta al que se enfrentaba la mujer, el viaje a caballo habría durado unos tres días completos. Setenta y dos horas que quedaron reducidas a 12 tan solo usando un motor de combustión.. La señora Benz llegó a su destino, sí. Que con ello se convirtió en la primera mujer en conducir un coche también es bien sabido. Pero la realidad es que ese viaje de ida y vuelta estuvo repleto de inconveniencias y fallos que la joven alemana tuvo que solucionar en solitario. «Se encaramó encima del modelo número tres y recorrió kilómetros y kilómetros a través de los campos alemanes, sorprendiendo a todos los que la miraban y adelantando carros tirados por caballos, pero por el camino tuvo que resolver todos los problemas que surgieron en esa primera prueba de conducción», señala Bateman. Lo que queda claro, entonces, es que el objetivo de la mujer alemana no era tanto utilizar la ruta más corta, sino probar el invento y demostrar su utilidad de cara al público.. El coche tenía poco que ver con el producto moderno que llena los garajes del siglo XXI. Construido a partir de tubos de acero ligeros y con tres grandes ruedas de madera, el motorwagen era más parecido a un carruaje con volante que a lo que hoy viene a la mente al hablar de un Mercedes. Según quedó recogido en los escritos del ingeniero, el motor tampoco era lo que cabe imaginar. La primera diferencia radicaba, de hecho, en el tipo de carburante que necesitaba el automóvil: la ligroína. Parece lógico pensar que este fue el primer problema que afrontó la empresaria.. «Bertha se quedó sin combustible y tuvo que parar en una farmacia del pequeño pueblo de Wiesloch para llenar el depósito con disolvente de limpieza y poder seguir su viaje», relata Bateman. ¿Eso fue todo? «¡Ojalá! También tuvo que quitarse la ropa interior para arrancar el automóvil». Y lo dice en el sentido más literal posible. El sistema eléctrico estaba sufriendo cortocircuitos, por lo que se quitó la liga para aislar la bujía y reparar el sistema de encendido. También utilizó el alfiler de su sombrero para poder desatascar sin problemas el conducto del combustible.. A medio camino entre la casa «de la abuela» y el inicio del viaje, Bertha Benz encontró otro problema que era preciso solucionar: el frenado. Este prototipo contaba con unos rudimentarios tacos de madera que chocaban con las ruedas y, aunque su utilidad era clara, lo cierto es que su diseño dejaba mucho que desear. Eso revelan, al menos, los documentos de la época. «Le pidió a un zapatero que fabricase una pieza de cuero para solucionar el fallo».. Una hazaña que, años después, la coronaría como la inventora de las pastillas de freno, tal y como reconoce la propia compañía de la estrella. «Siempre fue capaz de diagnosticar y solucionar los fallos con sus propias manos. En palabras de Mercedes-Benz USA: ‘Bertha Benz no condujo solo un coche, condujo una industria’», señala Bateman, al tiempo que asegura que por su trayectoria inigualable, es una de sus figuras favoritas de la Historia.. La pequeña Bertha Ringer cumplió hitos imaginables. Fallecida dos días después de su nonagésimo quinto cumpleaños, su legado y su aportación al automovilismo quedaron intactos. Ya lo dijo Carl Benz: «Mi mujer tiene mucha más valentía que yo y su viaje ha sido decisivo».. La osadía e inteligencia de Benz no son excepcionales. En realidad, miles de mujeres en el mundo han seguido un ejemplo similar. La única diferencia es que sus historias aún no han visto la luz: «En la sociedad actual ha habido un intento de popularizar las versiones del pasado que quieren marginar a las mujeres». Victoria Bateman ha cambiado la narrativa. Donde siempre ha habido un rostro masculino, hoy se alza irreverente la ya no tan desconocida Bertha Benz. Y todo gracias a una historia de amor.
La Lectura // elmundo
En 1888, la joven alemana viajó más de 100 kilómetros en un prototipo primigenio solventando todos los problemas que iban apareciendo. Victoria Bateman reivindica su legado en una gran investigación sobre mujeres relegadas al olvido Leer
En 1888, la joven alemana viajó más de 100 kilómetros en un prototipo primigenio solventando todos los problemas que iban apareciendo. Victoria Bateman reivindica su legado en una gran investigación sobre mujeres relegadas al olvido Leer
